Deportes riesgosos

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Julieta Maldonado

Habrá quien suponga que el espíritu aventurero es propio de la juventud despreocupada. Pero hay ejemplos que desmienten tal creencia, y que demuestran que la osadía la pueden poseer personas de todas las edades y profesiones. Tal es el caso de quienes practican el raffting (descenso en lancha), buceo, alpinismo, espeleología (exploración de cavernas), motociclismo, ascenso en globo, aviación y paracaidismo. Ante esto la pregunta que surge puntual es: ¿por qué esta gente arriesga su vida?

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Hay quien afirma que es por moda; otros aseguran que la búsqueda de experiencias peligrosas ayuda a combatir el hastío. Lo cierto es que algunos de estos aficionados juran que estas actividades los libera del enmohecimiento de la sedentaria vida citadina.

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Alfredo Careaga Pardavé, guía desde 1943 del Club de Exploración en México, opina que “al escalar una pequeña aguja o una gran pared –peligrosas formaciones rocosas– se experimenta una emoción singular. Hay placer al investigar las rutas más alpinas, que desafían a la gravedad y al miedo; se disfruta el reto de vencer los obstáculos naturales y gozar la conquista de la cumbre luego de complejos ascensos”.

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Sus compañeros saben del riesgo de un desplome, piso repelente, rotura o chicoteo de sus cables debido al viento que priva en las montañas, así que no son imprudentes. Ya han visto morir a varios. Por eso, hay que poseer intuición, suerte y un atento “ángel de la guarda”, aseguran por consenso Raymundo Solís, Manuel Torre de la Rosa, Manuel Torres Rivera, José Bernal, Víctor Rivera Grijalba y Francisco Jiménez Valdevieso, todos ellos profesionistas.

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Saber de las técnicas y los instrumentos modernos, más las aptitudes innatas y la templanza de cada individuo, es necesario para la espeleología. Por lo menos eso asegura Gerhard E. Schmitt, quien suele descender por estrechas franjas en la oscuridad cargando 30 kilogramos de equipo o navegar en un bote neumático bajo miles de toneladas de roca. Este aventurero describe como una “inquietante sensación” el peligro de ser arrasado por un gigantesco salto de agua o de caer en el abismo.

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De acuerdo con otros, no hay nada más excitante que el mar, tan lleno de sorpresas especialmente si uno está suspendido –sin visibilidad– justo antes de caer a 600 metros de profundidad en La Pared del Cañón del Diablo, en Los Arcos, Baja California. Ahí y dentro de las cavernas de Palancar, Jorge Perales, abogado, siente “correr la adrenalina por el cuerpo”.

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Algunos más prefieren las excitantes sensaciones del surf (sortear la resaca marítima ayudándose de una tabla), donde se alcanzan grandes velocidades al intentar domar la ola más grande. Sólo los avezados salen airosos de algunos trances, en los que fallar implica golpearse contra el fondo o las formaciones rocosas. “Las olas son complejos seres vivos y hay que saber reconocerlas”, dicen los surfers, no sin un dejo de poético dramatismo.

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Según el psicoanalista Bolívar Hernández, dichas emociones son buscadas, paradójicamente, para aminorar el “estrés del ocio”. El síntoma lo padecen muchos profesionales y empresarios quienes, habituados a la adrenalina de los negocios, no soportan la calma finsemanera. “Es muy fácil distinguir a éstos –dice Hernández–, andan como leones enjaulados cuando tienen momentos de ocio.”

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En algunos casos la tensión es mayor cuando alguien, en el descanso, se siente despojado de sus cargos laborales; volver a ser un sencillo ser humano no se acepta con facilidad, por lo que busca otros liderazgos realizando hazañas, como volar sobre un acantilado en un deslizador, dar piruetas en un aeroplano o sobrevolar con globos aerostáticos de fuego abierto.

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Sólo el salvarse de un naufragio, rodar sobre la nieve con todo y esquíes o bucear entre tiburones les devuelve la autoestima. Al parecer esta es la visión de Ramón González Récamier –dueño de un taller especializado en arquitectura de madera– cuando conduce su motocicleta Harley Davidson. Para él, viajar en carretera, cuidarse de cualquier inesperado peligro y ver el paisaje es “una forma de terapia”.

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Para Enrique Gómez, gerente de la empresa 100% Adrenalina, dedicada a organizar descensos en ríos, la gente se aventura a los deportes de alto riesgo para retar a su “yo temeroso”, probar sus propias capacidades y desarrollar su instinto de sobrevivencia. El también paracaidista asegura: “Eso nos coloca en una situación que exige toda nuestra entereza para arriesgar, intentar y afrontar la vida”.

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No es condición infranqueable tener una situación económica desahogada para desarrollar estas actividades. Es imprescindible, sí, una constitución física de alto rendimiento, concentración y nervios bien templados para mantener la lucidez.

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