Desde Austria con amor (y vergüenza)

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En vivo y a todo color, cuatro jóvenes peinados de salón –versión desmañanada– aparecen en la escena del arte contemporáneo, bajo el nombre de Gelatin, como si tuvieran algo nuevo que decir. Lo importante es que sí tienen algo que decir, pero no es un discurso al que estemos acostumbrados o vayamos a estarlo. La cotidiana vergüenza y el absurdo son los pretextos que se mezclan en los performances de Gelatin, y en primera instancia nos confunden, horrorizan o nos hacen reír.

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Afortunadamente la obra va más allá y cuestiona a nuestro niño interno (incluso su existencia). Su pieza, elevadores humanos, pretende que el público baje por una columna de hombres semidesnudos engrasados o suba por otra formada por cuerpos suficientemente fuertes para sostenerlo.

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En Die totale osmose (Òsmosis total, Bienal de Venecia 49), los cuatro fantásticos pretenden hacerse uno con la ciudad de los dux a través de camuflar sus cuerpos desnudos con colores de la urbe y, como toque final, provocar accidentes cotidianos: caerse de los puentes, resbalarse de un vaporetto o ser comidos vivos, en trajes especiales, por palomas.

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El juego y la inocencia, usualmente encontrados en los niños, son opacados por los sistemas que creamos y que dictan nuestra vida diaria. Van abriendo grietas en nuestra relación con la realidad hacia un mundo del asco, en el que todo nos repele; y justamente son los infantes quienes resienten los primeros síntomas. La vergüenza –por medio de Ali Janka, Tobias Urban, Wolfgang Gantner y Florian Reither– busca ablandarnos y, en última instancia, recapitular al hombre del siglo XXI.

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