Detrás del Frente

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-Verónica Escalante

–¡No quiero que te vayas a tu oficina!– me ordenaba mi pequeño individuo de tres años. Parecía orden, y ahí estaba yo decidiendo qué era lo más importante: mi enano o mi junta. Los niños suelen ser muy buenos chantajistas, ¿si realmente le hacía falta?  –¡Me duele la panza!– ¡Ajá, es chantaje! ¿Y si en realidad le duele? El reloj corría. ¿Qué debo hacer? Abrazaba al terrorista adolorido mientras mi cerebro hacía conjeturas: los niños primero, la chamba después, pero de ahí comemos. ¿Qué es lo más importante? Tengo que ir, por fin pude programar la junta, pero, ¿y si de verdad se siente mal? ¡Muy bien, te vas conmigo! El llanto cesó. ¡Rápido que ya es muy tarde!

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Lo que siguió pasó en cuestión de segundos: cambia al niño, péinalo, límpiale la cara, súbelo al coche, arrancamos, llegamos a la oficina, ya esperaban.  –Disculpen, un imprevisto–  (tú te portas bien, sentadito y calladito).

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Comienza la junta, discusiones. –Mami me duele la panza– (te dije que calladito). Más discusiones –Mami, de verdad me duele la panza– (permíteme un segundo). La discusión en lo más álgido, ya casi resolviendo las cosas. Y en una centésima de segundo, mesa, papeles y laptop quedaron llenos de la sopa que comimos en casa. –Mami, vomité–. –Sí, ya lo noté–. Lo demás es historia pero una frase saltó en la mesa: -Me ha pasado – dijo una de las vendedoras– es difícil decidir entre lo importante y lo importante con este sentimiento de culpa que cargamos las madres. ¿Será?

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