DF y zona conurbada

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José Ramón Huerta

LA CIUDAD-REGIÓN
La capital. Imposible ignorar el peso que por tradición este imán económico ejerce cuando se piensa en negocios, inversiones, expansión. Pero el “centro" ya no puede ceñirse a los límites geográficos del mero Distrito Federal. La zona conurbada de la Ciudad de México trasciende su influencia hacia muchos municipios del Estado de México que han sido hogar desde hace rato de industrias cuya matriz formalmente se ubica en el DF. Porque, ¿cómo desvincular a Naucalpan, Tlalnepantla o Ecatepec de la dinámica que se centrifuga desde la capital? Estos y otros municipios –como Texcoco, Nezahualcóyotl y Chalco– ya no caben en la restringida definición de "ciudades dormitorio". Y, del mismo modo, ¿cómo soslayar la interacción que ahora existe entre el pujante valle de Toluca (que acapara más de la mitad de la inversión en territorio mexiquense) y el inmenso mercado central?

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Esta sola razón, la masa humana formada por el DF y sus poblaciones aledañas, la más grande de Latinoamérica en términos de población y quizá también en términos de potencia como mercado –18 millones de consumidores–, sería suficiente para atraer, como hasta la fecha, el mayor volumen de inversión en el país. No por nada en el DF se genera la cuarta parte de la riqueza manufacturera del país y en su vecino estado hay 22,500 industrias (en Nuevo León, por ejemplo, no llegan a 10,000). Ambas entidades acaparan conjuntamente más de 50% de la inversión extranjera que llega al país. Pero el magnetismo de esta megalópolis está en franca transformación debido principalmente a la saturación del uso de suelo para actividades fabriles en el DF y a la urgencia de dotar de empleo a la creciente población de –sobre todo– los municipios orientales del Estado de México. Por un lado, a la capital le quedan relativamente pocas opciones para permitir el crecimiento manufacturero: los controles ambientales y de uso de suelo derivados de la altísima contaminación así lo exigen. Aunque se trata de promover parques industriales (no tanto en Azcapotzalco, que a pesar de su excelente infraestructura ya está repleto), las únicas fábricas viables –cuyo destino será la delegación Iztapalapa– son aquellas que no contaminan y usan poca agua.

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El camino del sector terciario –o sea, comercio y servicios– empieza a ser la vocación alternativa, y en un futuro definitiva, de esta región-ciudad. Si bien en los municipios mexiquenses hay espacio para empresas que, según las autoridades de ese estado "tienen una altísima integración nacional y están buscando proveduría local" que se da en abundancia por su cercanía con la diversificada capital del país, en la estructura económica de la Ciudad de México se avizora el predominio del comercio, hoteles y restaurantes (21.4% del PIB capitalino) y el de servicios comunales, sociales y personales (28.7%), seguido de un cada vez más atenuado sector industrial (21.6%). La importancia del sector financiero y bienes inmuebles (16.7% del PIB local), más el de transportes y comunicaciones 10.8%, terminará por afinar el perfil globalizado de esta ciudad. Aquel que no se imagine en alguna de estas ramas, tendrá problemas para que su inversión florezca.

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Los niveles de calidad de vida de quienes se asientan en esta región se ven seriamente afectados por la contaminación ambiental y, desde 1995 a la fecha, por los altos índices delictivos, factores que a menudo han repercutido en proyectos de inversión, sobre todo extranjeros.

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