Dígame licenciado

Será un lugar común, pero lo único cierto es el cambio.
Max Clip

No recuerdo su nombre, pero en uno de sus libros cierto intelectual aseguró que los mexicanos amamos las cosas quietas y, por extensión, le tenemos cierto miedo al cambio. Mala época nos ha tocado vivir, entonces, en un mundo en el que nada parece quedarse inmóvil y, al contrario, todo da la impresión de ser llevado por una tolvanera imposible de sofocar.

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Quizá sea este quietismo lo que explica que censuremos tan agriamente a los que modifican sus opiniones sin que justifiquen –al menos mínimamente– estos vaivenes. Admito que algunos días creo que lo único cierto es la novedad. Sin embargo, debo aclarar que hay de cambios a cambios; por ejemplo el de nuestro terco director legal, don Ernesto Valle, que exige a quienes se dirigen a él –sobre todo cuando el otro es uno de sus subalternos– que le digan "licenciado". Nada de "lic", nada de "señor" o "don Ernesto" "licenciado" y ya.

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Perfumado casi hasta la náusea, de camisa blanca, con las infaltables mancuernillas y perennemente de traje oscuro, a sus casi 60 años el licenciado Valle inspira entre los empleados y en algunos de sus pares un terror que no exagero al calificar de cósmico. Las mujeres, en especial, le huyen, pues fue uno de los que más abogó porque se prohibiera el uso de minifaldas en las oficinas. Cuando entra a cualquier habitación, casi todos los demás callan y le saludan con una leve y ceremoniosa inclinación de cabeza. Abogado hasta la coronilla y protocolario, al hablar gusta emplear formulismos y frases atiborradas de pleonasmos.

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Tal vez lo que más llama la atención en él –y lo que más discusiones provoca a su alrededor– es su tenaz rechazo a modificar procedimientos y una defensa pareja del "estado de cosas". Si la empresa necesita cerrar rápidamente un acuerdo de cooperación, el proceso invariablemente se atora en el departamento legal y el dedo acusador termina por señalarlo a él. Sus "consejos" –dichos siempre en tono paternal y condescendiente, que terminan con la eterna frasecita "yo sé lo que te digo"– colman la paciencia del más santo. Huelga decir que no es, obviamente, uno de los personajes predilectos en la compañía y que ahora son los nuevos socios estadounidenses los que ya lo tienen alucinado.

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Pero don Ernesto –como el resto de los mortales– tiene su pasado y ¡cuántas sorpresas guarda! En efecto, ¿quién se habría de imaginar que este hombre tan conservador, fiero defensor del sistema y de las buenas costumbres, fue en su juventud un fanático miembro de las juventudes maoístas, que era dueño de una larga melena, que cantó canciones de paz y amor, y que andaba en moto (y, aseguran los que lo conocieron, bien moto)? Suena a típico escándalo de candidato presidencial del otro lado de la frontera, ¿no les parece?

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Sería muy laborioso explicar cómo fue que me enteré; baste decir que los anuarios de algunos colegios y los comentarios marginales de ciertas viejas amistades del licenciado Valle proporcionaron el material básico para desentrañar el misterio.

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Luego de la sorpresa, me di cuenta que mi descubrimiento –analizado con cierta dosis de elemental psicología– era casi una obviedad. Hijo de los agitados años 50 y 60, don Ernesto vivió de acuerdo a sus tiempos. Acaso fue víctima de ciertos excesos, pero ha evolucionado comme il faut. Lo que sorprende es que, de pronto, este hombre que pretende ser casi de piedra se vuelva tan humano.

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Es el caso contrario al de nuestro director legal el que no me cabe en la cabeza; es decir, el que encarnan estos pseudoejecutivos veinteañeros, dignos descendientes del reaganismo más radical, que llevados por el ansia de ganar dinero utilizan "ideas revolucionarias" para justificar sus modelos de negocio (y, por supuesto, sus ganas de enriquecerse). Los yuppies casabolseros de los años 80, al menos, no tenían que disfrazarse de otra cosa; pero con estos nunca se sabe. Quizá tantas teorías los hicieron envejecer prematuramente.

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