Dilemas

¿El combate a la inflación debe realmente ser la prioridad, aun a costa todo lo demás? He ahí el

Desde que la generación tecnocrática asumió las riendas del poder en México, el sello indiscutible de las políticas económicas ha sido su orientación hacia la estabilidad. Esta es una visión muy limitada, que pretende que la realidad del país entero se ajuste a las cuentas trazadas en un pizarrón.

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Hasta hoy, el combate a la inflación se iza como bandera fundamental de la estrategia económica. Y, evidentemente, la lucha abierta contra la misma (el impuesto más caro y más injusto que existe) debe ser prioritaria. No cabe la menor duda. Lo que no se vale es que se transforme en una mera táctica unidimensional, que hace de lado todo lo demás.

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La economía es multidimensional y, hasta donde nosotros sabemos, dista mucho de ser una ciencia exacta. Los modelos que se aplican a un país deben considerar los diversos rostros que lo componen. El énfasis en la sola estabilidad nos aleja del círculo virtuoso de un crecimiento sostenido y de la competitividad de todos los agentes económicos. Ahí está el dilema: cómo generar un clima de estabilidad no ficticia que conduzca hacia un desarrollo sin paréntesis, sin pausas costosas.

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En unos días más termina su ciclo un gobierno que sustentó su modelo en la apertura comercial y la desregulación económica, que se obsesionó por el equilibrio macroeconómico. Concentrado en ese objetivo, el gobierno se distrajo de la realización de reformas estructurales de fondo.

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Para balancear las finanzas públicas persistió en obtener buena parte de sus ingresos de Petróleos Mexicanos, sacrificando recursos que servirían en el futuro, en lugar de impulsar una reforma fiscal de fondo. Además, postergó un cambio en el sector eléctrico, que garantizaría el abasto de energía en años venideros.

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Es incuestionable que los indicadores que deja el presidente Zedillo son mucho mejores que los de sus predecesores, aun cuando debió hacer frente, al inicio de su mandato, a la crisis más aguda de la historia moderna de México. Al final,  incluso, sus metas de incrementar las exportaciones y de terminar su sexenio con una tasa de inflación de un solo dígito estarán cumplidas. Lástima que los éxitos en las grandes cuentas nacionales no se tradujeron en competitividad de la planta productiva y mayor bienestar social.

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En efecto, la estabilidad no lo es todo. Asumimos que Vicente Fox y su equipo, quienes gobernarán a partir del 1 de diciembre, conocen el tamaño de los retos que tienen enfrente, más grandes que las profundas esperanzas de la gente que depositó su confianza en las urnas en las pasadas elecciones. Sin hacer a un lado la lucha por el equilibrio macro, parece ya impostergable que trabajen, con responsabilidad y eficacia, en las otras dimensiones de la economía.

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Que la estabilidad, ahora sí, venga acompañada de desarrollo económico, competitividad empresarial y mejores ingresos para todas las familias del país.

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