Diálogo sin dialogar

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Sergio Sarmiento

Quizá haya usted notado, amigo lector, que las conversaciones de paz en Chiapas han adquirido un ritmo desesperadamente lento. Ninguna de las dos partes parece interesada ya en el logro de un acuerdo de paz. Si esta situación continúa, bien puede usted preguntarse, ¿cuáles son las perspectivas políticas del país y, por supuesto, del propio estado de Chiapas?

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Las cosas no siempre fueron así. En 1994, el impulso para negociar un acuerdo de paz en Chiapas fue impresionante. A los 12 días de haberse iniciado la rebelión del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), ya el gobierno de Carlos Salinas de Gortari había decretado un cese al fuego y se había iniciado el proceso que llevaría a las conversaciones de paz de febrero. Estas se llevaron a cabo en dos semanas y concluyeron con el acuerdo de paz del 2 de marzo, quizá el momento culminante en la carrera política de Manuel Camacho Solís.

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Nunca antes en la historia se había registrado una solución pacífica tan rápida a una rebelión. Usualmente, un resultado así de expedito sólo podía ser consecuencia del aplastamiento militar de una de las partes en el conflicto, por la otra.

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Infortunadamente, la esperanza de paz del 2 de marzo se desvaneció como resultado de las circunstancias políticas nacionales. El asesinato de Luis Donaldo Colosio, tres semanas después de la firma del acuerdo, colocó al país cerca del abismo político y económico. Los dirigentes del EZLN entendieron que no tenía sentido respetar un acuerdo con un gobierno que podía desplomarse en cualquier momento: Por ello optaron por repudiar el documento firmado.

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Los acontecimientos del resto del año, como las disputas políticas y electorales, la renuncia retirada de Jorge Carpizo, el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu, la incertidumbre del cambio de gobierno y la brusca devaluación del peso de diciembre, demostraron que, desde un punto de vista estratégico, los zapatistas realizaron una apuesta correcta. El sistema político mexicano estuvo a punto de desfallecer.

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Las circunstancias han cambiado y, por ello, las negociaciones se han reanudado. Pero la falta de entusiasmo de ambas partes para ceder en algún punto importante se manifiesta en el marasmo de las pláticas. Los dos contendientes están convencidos de que el paso del tiempo los beneficia, por lo que ambos se muestran dispuestos a permitir que las discusiones se prolonguen sin fin.

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Para el gobierno de la república, la verdadera amenaza militar de los zapatistas terminó en el momento en que las tropas del ejército mexicano pudieron avanzar sin problemas y tomar las rutas de comunicación y cabeceras municipales. Desde esa posición, consideran tener el control estratégico del estado. Especialmente importante ha sido el corte de la presunta línea de abastecimiento de armas a lo largo de la frontera guatemalteca.

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Los zapatistas, a su vez, siguen esperando que el gobierno de Zedillo termine por desplomarse, al calor de la crisis económica. Cuando esto ocurra, están convencidos de que podrán entrar a la ciudad de México sin disparar un solo tiro, como lo hizo en su momento Fidel Castro en Cuba, gracias a que el régimen de Fulgencio Batista se autodestruyó.

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Es difícil saber cuál de los dos grupos ha medido mejor las consecuencias del paso del tiempo. Pero de lo que no cabe ninguna duda es que quienes sufren verdaderamente por la indecisión, son los chiapanecos. Y entre ellos, las principales víctimas son los más pobres, las comunidades indígenas que, en el conflicto sin solución, ven esfumarse sus posibilidades de acceder a una mejor situación económica y social.

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Quizá las dos partes, que hoy negocian con tanta displicencia y desinterés, deberían entender que el país y Chiapas necesitan que abandonen este absurdo juego táctico y se sienten a negociar con ánimo de llegar finalmente a una solución. Los burócratas y los guerrilleros, por igual, piensan que pueden esperar indefinidamente, hasta el colapso del enemigo.

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Pero tal vez no han tomado en consideración que la propia población mexicana quiere ver ya una solución a este conflicto: una solución que acepte las demandas justas de los indígenas, marginados de la vida nacional durante siglos, pero sin dejar que el grupo de dirigentes del EZLN tenga éxito en aprovechar estos justos reclamos para imponer su ideología sobre todo el país.

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El autor es director  editorial de Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. (Iberoamericana), y también  columnista del periódico Reforma

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