Dislates cultos y de los otros

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Ricardo Medina

La lectura es una experiencia deliciosa. Aun la lectura cotidiana de los periódicos depara un placer, tal vez perverso.

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Un día aparece este texto en el periódico: “Luis García se retracta”. Como a García se le paga por meter goles, el lector es indulgente y recibe con una sonrisa la novedad de lo que dijo antier el futbolista (que un tal señor Burillo es el mandamás en la selección mexicana de fútbol) no fue lo que en fondo de su corazón deseaba decir. El disfrute llega a cotas insospechadas cuando nos informan que esta candorosa rectificación la hizo el futbolista tras conversar con un directivo de su equipo de fútbol, quien le hizo ver su error. Lo que en realidad debí haber dicho, dice ahora García, es que el señor Burillo es alguien que ha hecho y hace mucho por el fútbol mexicano. ¿Cómo se llamó la obra?, podría ser “el retracto del futbolista adolescente” o algo así.

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El asunto no tiene mayor importancia ante temas tan solemnes e importantes como la discusión sobre el presupuesto de egresos o las sesudas reflexiones de los editorialistas acerca de la transición mexicana a la democracia, y eso nos permite reír inocentemente con las dificultades de un futbolista a quien no sólo se le exigen goles, sino también dilucidar qué es “políticamente correcto” y qué no, en materia de dichos ante la prensa.

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Y hablando de lo “políticamente correcto”, don Porfirio, el contemporáneo, envía una larga misiva a un diario para aclarar que aquella célebre frase que acuñó en una reunión de correligionarios (algo así como que el IVA es una daga clavada en el cuello de los priístas y ahora hay que hundirla hasta el fondo) sólo fue un exceso retórico comprensible al calor de los discursos partidarios. Así pues que no sólo los futbolistas, también los políticos célebres, con fama pública de astutos y brillantes se “retractan”.

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Otro día y otra página de periódico. Un esforzado columnista comenta con simpatía la entrevista que concedió a la prensa un conductor de noticiarios de televisión. Escribe: “No hay ninguna duda de que se trata de un hombre de amplia cultura, de una redacción impecable y de un colmillo político.” Dejando a un lado la irregularidad de un solo colmillo, y además político, en una persona, cuando lo normal es tener dos colmillos más o menos afilados pero sin filiación política, el elogio no se conduele con una de las declaraciones textuales del conductor de noticiarios que -cita el mismo columnista. “Tratábamos de hacer lo mejor posible dentro de lo que se podía” (Jacobo Zabludovsky). ¿Cómo es eso?, ¿acaso se puede hacer lo mejor posible dentro de lo que no se puede? Por supuesto, son admirables tanto el columnista como el conductor de noticiarios y por lo general no incurren en dislates, pero si estos ocurren no hay como disfrutarlos con un sentimiento parecido al de la buena señora que lee con morbo la “nota roja” para comprobar que ella sigue siendo, a pesar de todo, “una buena persona”, si se le compara con esa galería de criminales desalmados que aparecen en los periódicos y hasta hace poco en las pantallas de la televisión.

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Un político de mediano calado satisface sus ansias de notoriedad publicando artículos en la prensa. Digo publicando porque se sospecha que el señor político no es el autor original de los escritos. Como diría don Carlos González Peña, al hablar de un autor fallido: “Era otro su camino, no el de las letras”. Lo delicioso no es leer los sesudos artículos editoriales del señor político, basta para el gozo perverso con el encabezado: “Reflexiones en torno al problema de la asignación del gasto público a estados y municipios”. Horror, ojalá el anónimo autor (o autora) de esos artículos sea bien recompensado; si es tarea sobrehumana leerlos, ¿qué sufrimientos supondrá el escribirlos?

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Cuentan que en un futuro próximo podremos ver y escuchar por la televisión las sesiones de la Cámara de Diputados. ¡Qué dicha!, ¡cuántas horas de deliciosa diversión nos esperan!

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El autor es colaborador de TV Azteca y de El Economista.

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