Diversificación y prudencia

Grupo Bal es un caso insólito en el mundo de negocios de México: muestra una moraleja no moral, si

La vanidad es mala consejera. Alberto Baillères lo tuvo claro en 1991 cuando decidió no presentar una oferta en la privatización de Bancomer. No le faltaban motivos: su padre, Raúl Baillères, fue fundador del banco; él mismo trabajó en los años 60 en una sucursal del Paseo de la Reforma, en uno de sus primeros empleos. Pero bastó un retiro en su rancho de Guanajuato para sacarle la idea de la compra de la cabeza: el precio de salida era excesivo. Finalmente participó como inversionista minoritario, y la historia terminó por darle la razón.

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La moraleja no es moral, sino financiera. Grupo Bal ha seguido un modelo atípico en el mundo de los conglomerados mexicanos. No se ha caracterizado por compras espectaculares, sino por un crecimiento con recursos propios y poco endeudamiento. No se ha capitalizado en Bolsa como consorcio, aunque sí cotizan la minera Peñoles, el Grupo Nacional Provincial y El Palacio de Hierro. También ha eludido la asociación con multinacionales como fórmula para crecer.

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Frente a este conservadurismo financiero, Baillères ha sido un vanguardista en la modernización de la empresa mexicana. Los criterios profesionales de gestión se han aplicado a rajatabla gracias a los cuadros formados en el ITAM, su alma mater, fundada por su padre. No sólo cada firma es autónoma jurídica y económicamente. La sucesión en la dirección del grupo se mantiene abierta al más capaz, independientemente de si es o no familiar. El conglomerado fue la fórmula elegida por muchas compañías mexicanas a partir de los años 70 para contener los efectos de la inestabilidad económica, complementar industrias excesivamente cíclicas o, simplemente, crecer. La estrategia ha tenido algunos aciertos indudables –el inevitable Grupo Carso–, pero en muchos otros casos la euforia compradora ha pagado con un periodo de reestructuración, desinversiones y reenfoque de negocios, cuando no con una declaración de concurso mercantil. Esto es especialmente cierto para quienes vieron en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte una oportunidad de acceder al mayor mercado del mundo y sufrieron el colapso financiero de 1994.

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Un ejemplo de este exceso de optimismo es el de Corporación Durango (Codusa). Entusiasmada por penetrar en otros mercados, Codusa se lanzó a la aventura estadounidense a costa de un fuerte endeudamiento. Finalmente la familia cedió en marzo 17% del capital a sus acreedores. Cydsa, Vitro, Desc, Grupo México, TMM o Alfa pueden contar historias parecidas.

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¿Baillères es demasiado conservador o es un visionario? La globalización, las crisis y los ciclos no han podido nada frente a una estrategia basada en el rigor financiero y la diversificación inteligente. Al final, la prudencia ha probado ser revolucionaria.

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–Los editores

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