Divertimento trágico

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Ricardo Medina Macías

Resultaría pretencioso citar una fecha específica que marque la ruptura del llamado pacto revolucionario. Algunos autores (como Basurto, Chao y Villela) ubican el inicio de las luchas facciosas en 1988, cuando se celebraron los comicios federales más disputados. Ciertamente, los hitos más álgidos y violentos de las disputas intestinas se habrían de dar años más tarde (1994 y 1995), pero como bien señala Basurto: ...los episodios de violencia entre facciones serían inexplicables sin las rupturas en el partido dominante verificadas años atrás. La más sonada de estas fracturas fue la salida del hijo del caudillo de oriente, quien usufructuó por cierto tiempo la prestigiosa leyenda revolucionaria de su padre, pero el célebre éxodo de los tatitas sólo fue el síntoma de un deterioro más profundo (en The conclusive years , Basurto C. Aníbal, Black cowboy Inc. Publishers, Cambridge, 2009, página 78 y siguientes).

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"Otros historiadores, empero, prefieren ubicar el parteaguas 20 años atrás, en 1968, cuando un vasto movimiento de protesta estudiantil y la posterior represión conmovieron la capital del país (por ejemplo, Arrazola, Córdoba y Flores Vega son partidarios de esta hipótesis), aunque como ha hecho notar Orozco en su célebre Alegato contra los pseudomarxianos, esa interpretación está marcada por una fuerte carga ideológica. Sea lo que fuere, los acontecimientos del periodo 1994-2000 parecían inexplicables a los ojos de sus propios protagonistas. Basta ver las descabelladas hipótesis que corrieron en la época y la propensión de los comentaristas de entonces a encontrar conjuras detrás de hechos que el tiempo revelaría como meras casualidades o trágicas coincidencias."

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Tal vez, dice el Gordo Basurto, párrafos como los anteriores se encuentren en los libros de historia que leerán nuestros nietos. Si así sucede, quedaría demostrada la tesis de Martín Romaña: Nadie sabe para quién trabaja.

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O la frase bíblica de que no hay nada nuevo bajo el sol, anota el Chango Sarabia.

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Esta plácida conversación tuvo lugar hace unos días en casa de Clotilde. Los contertulios habituales comentábamos el más reciente crimen de carácter político que perturbó a los mexicanos.

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No recuerdo quién apuntó que el Presidente había demorado su condena un par de días y que ello se le hacía casi tan perturbador como el asesinato. Por el contrario, Clotilde elogió la aparente tardanza como signo de prudencia.

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La Pilarica, cuya cultura abreva en los best-sellers y en las páginas de algún tabloide de izquierda, citó el lugar común: "Se trata de la crónica de una muerte anunciada".

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Por su parte, el Chango Sarabia recordó algunas de las tramas de Leonardo Sciascia, pero el Gordo acotó que parte de la similitud obedecía al hecho de que comentábamos el asesinato de un juez y las muy sicilianas historias de Sciascia se desarrollan en Italia, donde la importancia de jueces y magistrados en la vida política es mayor que en ningún otro país.

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Clotilde trazó un arriesgado símil: alguien ha abierto la jaula de los dinosaurios y éstos retozan, sin recato alguno, por toda la casa. Cuando Clotilde estaba a punto de resbalar hacia la descripción escatológica de las cochinadas que daban señal del libertinaje de los dinosaurios, fue discretamente interrumpida por el Gordo, quien hizo un austero elogio del vino tinto nacional que tornábamos y que la devaluación nos ha hecho recobrar.

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Apenas regresé a mí casa busqué, picado por la curiosidad, alguna novela de Sciascia. Encontré Il contesto (El contexto) y, como debe ser, empecé por las últimas páginas. Sciascia, en una nota al final de la novela, explica que el relato se inició como una parodia con el homicidio de un fiscal y los asesinatos posteriores de tres jueces:

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"...a partir de un determinado momento la historia empezó a moverse en un país totalmente imaginario; un país donde las ideas carecían de valor, donde los principios -todavía proclamados y reclamados- eran objeto de cotidiana befa, donde las ideologías se reducían en política a las puras denominaciones en el juego de los diferentes papeles que el poder se atribuía, donde lo único que contaba era el poder por el poder. Un país imaginario, repito."

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Parodia, concluye Sciascia, "que empecé a escribirla con divertimento, y la terminé sin ya divertirme".

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El autor es periodista especializado en economía y finanzas y director editorial del diario El Economista.

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