Do you me entiendes? Se hablo espaniol

Aventuras lingüísticas en una multinacional
Max Clip

Supongo que algún día tenía que pasar: la globalización económica, la apertura de los mercados y un largo etcétera lo justifican.

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El caso es que nuestros socios en Estados Unidos, con los que se había mantenido una alianza que permitía cierta independencia, decidieron aumentar su participación en esta empresa y de unos meses a la fecha hemos pasado a formar parte de una corporación multinacional, lo que incluye la modificación del nombre de la compañía por un par palabras de pronunciación incierta y que van unidas con un guión.

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Claro que eso de "multinacional" quizá no describe con fidelidad los singulares cambios de actitud que este hecho provocó en varios de los empleados –especialmente entre los ejecutivos más jóvenes–, ya que parece que, de ahora en adelante, el inglés será el idioma oficial de nuestros negocios. Bueno, no es exactamente inglés, pero es algo que se le parece.

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Una de las peculiaridades más curiosas de esta modificación es que, a veces, me da la impresión de que llegó sola, sin mayores cuestionamientos, y que rápidamente pasó a formar parte de nuestra rutina de trabajo. Nadie, que yo sepa, dio órdenes específicas de que –luego de la fusión y cambio de nombre de la empresa– todos utilizaran la lengua de Shakespeare en sus conversaciones de trabajo y comunicaciones escritas. Cierto: al momento de dar el anuncio, en una reunión breve y sencilla, el ex presidente de la firma –hoy, presidente de la filial mexicana– nos habló en inglés. Pero la ocasión lo justificaba, pues a su lado estaban dos altos directivos de las oficinas centrales, que no hablaban ni jota de español.

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Hasta el más despistado comprende que se trató de una cortesía. Sin embargo, lo que varios de los presentes entendieron es que, durante las horas laborales, hay que hablar en inglés y usar el castellano sólo en caso de emergencia.

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Lo más chistoso es que esta transformación únicamente acontece dentro de los perímetros de la oficina. Unos comienzan a hablar en inglés desde el lobby; otros lo hacen apenas entran al elevador; los más reservados se limitan a mudar de idioma en su piso. Pero afuera, en la calle, casi todos recuperan su memoria mexicana y vuelven a utilizar el español para comunicarse entre ellos. Vayan a saber cuál es la secreta razón que lo explica: será efecto de la contaminación o quizá sea culpa de los infaltables puestos de tacos en las esquinas.

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Dije "casi todos", ya que siempre se da el caso extremo de unos cuantos que, sin importar el lugar donde estén, apenas se ven rodeados de compañeros de trabajo, dan rienda suelta a su don de lenguas. A veces, se producen situaciones auténticamente surreales; como esta, tan frecuente, en la que uno de nuestros jóvenes ejecutivos pide algo en inglés y otro le contesta en castellano o, peor aún, en una mezcla de los dos idiomas, como para que no quede duda de sus habilidades idiomáticas y de que, si en su currículo asegura que es bilingüe al ciento por ciento, está dispuesto a hacer cualquier ridículo para demostrarlo.

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Adolfo y el nuevo se cuentan entre los más entusiastas usufructuarios de esta nueva moda. Prácticamente no existe una conversación o un memorando en el que no escupan sus toscas frases inglesas, con una pronunciación y un uso de la gramática que harían sonrojar al bardo inmortal. No obstante, a nadie parece molestarle el hecho, ni siquiera a los ejecutivos estadounidenses que de tarde en tarde visitan la empresa y conocen a sus pares mexicanos. Inglés-de-negocios, le llaman; falta de atención, me digo.

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En esos momentos, en los que me veo obligado a escuchar tanta salvajada, me pasa algo curioso: extraño a mi temida profesora de segundo año, que con furia azotaba su regla de madera sobre el escritorio cuando pronunciábamos mal una palabra.

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He considerado la posibilidad de enviar un correo para criticar la nueva moda. Pero tengo una duda: ¿lo mando en inglés o en español?

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