Dos años de gobierno

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Transcurrido el primer tercio, cabría hacer un breve balance del actual sexenio.

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En la columna de los haberes del gobierno hay que apuntar la contención de la crisis en sus aspectos macroeconómicos, el mayor respeto mostrado hacia la oposición y los adelantos en las negociaciones con el EZLN en Chiapas (si bien ahí también habría que incluir a los zapatistas). Pero la cuenta de los deberes pesa más: en primer lugar, la devaluación y su catastrófica secuela, incluyendo el inepto manejo que caracterizó a algunos funcionarios en los días inmediatamente posteriores. Además, siguen presentes la violencia y la inseguridad generalizadas, los crímenes políticos continúan irresueltos, las recientes privatizaciones fracasaron y la reforma política abortó.

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Este último aspecto llama poderosamente la atención, pues pudo haber sido uno de los grandes logros del sexenio. Ante la desgastada coyuntura social, lo que más preocupa es la insensibilidad política del régimen. Sólo desde las alturas magisteriales de la teoría cabe que el presidente Ernesto Zedillo se arriesgue a calificar como “definitiva” la reforma política, mientras que su diligente secretario de Hacienda, Guillermo Ortiz, minimiza las críticas a la política económica y rechaza el camino de la alternancia en el poder como condición de la democracia.

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¿Ha considerado el Presidente qué pasaría con la actual reforma si la siguiente legislatura se compone mayoritariamente por diputados de la oposición? ¿Qué puesto de elección popular ha ganado el titular de Hacienda para descalificar el camino de la pluralidad política elegido por los mexicanos? ¿Se han olvidado ya que, a pesar de haber ganado las elecciones de 1988, Zedillo no contó con el voto de amplios sectores de la sociedad mexicana, incluyendo sobre todo a las capas más educadas?

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Aunque no sea consciente de ello, al apoyarse sobre el sistema tradicional el régimen zedillista eligió caminar sobre un sendero que se estrecha. El “mayoriteo” en las Cámaras —que hace unos años era todavía práctica común— hoy representa un escándalo y una franca burla para quienes aún confían en la vía pacífica y civilizada para la solución de diferencias. No son pocos los inversionistas y empresarios de México y del extranjero que entienden que la mejor prueba de estabilidad no está en las pizarras de la bolsa, ni en la alevosa imposición de medidas de espaldas a la ciudadanía, sino que comienza en el deseable establecimiento de consensos. Con el “mayoriteo”, el sistema ha dado prueba una vez más de su falta de voluntad para el cambio.

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Si bien en el nivel declarativo a veces parece negar lo que sucede, la actual administración debería tener claro que no hay marcha hacia atrás en el camino que los mexicanos han elegido. En ese sentido, la mejor función política que puede cumplir el gobierno federal no es “ponerle todo sobre la mesa” y “entregar el poder” a la oposición, sino estrechar distancias para que la irrefrenable transición se dé por la vía pacífica y en las urnas. Todavía hay tiempo.

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Emilio Zebadúa y Alonso Lujambio se han distinguido como articulistas de la sección “Controversia”. Politólogos con juventud, sensibilidad e imaginación —además de ser dueños de una sólida formación académica— ambos son, desde hace unas semanas, Consejeros Ciudadanos del Instituto Federal Electoral (IFE). Nos congratulamos de ello y les deseamos el mayor de los éxitos en tan importante responsabilidad. EXPANSIÓN seguirá siendo su casa.

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