Dueños desilusionados

Hay empleados que confunden el sentido de pertenencia con la ilusión de la propiedad.

Tengo un amigo que ha llevado el sentido de pertenencia a dimensiones insospechadas en la compañía para la que labora. Si hablas con él, te darás cuenta de que su lenguaje se apodera de todo: objetos y sujetos por igual. Te habla de “mis contadores”, “mis vendedores”, “mis promotores”, “mis mensajeros” y, por supuesto, “mi empresa”. No importa que cada quincena sea un recordatorio de que no es más que un integrante (peso completo, es cierto) de la nómina; al día siguiente él recobra la ilusión de la propiedad.

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Mi amigo, por supuesto, es un perfecto inconsciente de sus ansias de atesoramiento de personas y activos. Vive una especie de revoloteo eterno entre el delirio de grandeza y la frustración de no haber sido tan audaz –y precoz– como Carlos Slim. ¡Qué más da! A fin de cuentas, él entra a su gran oficina y se convierte en una especie de señor feudal posmoderno, marqués de su propia área, que disfruta como nadie más de los gastos de representación, viáticos y el headcount que le reporta. Se refugia en la dicha que supone contar con una secretaria mejor adiestrada que un tacle defensivo y que, por si fuera poco, termina compartiendo esta misma confusión de roles: es tal el orgullo de pertenecer a la compañía que, de repente, un buen día aparece ese sutil espejismo que le hace mirarse a sí misma como dueña.

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Como este amigo, sobra decirlo, deambulan centenas de emperadores sin corona en los edificios corporativos. Aclamados por los imitadores junior de la firma (los wannabes de siempre), que replican cada uno de sus movimientos, son vistos con sospecha por los escépticos y con recelo por los gendarmes de las políticas y procedimientos de la organización. Hay que admitirlo: los dueños que no son dueños suelen armar tremendos desastres, porque las políticas de la empresa son reglas creadas para quebrantarse cuando su necesidad entra en conflicto con las normas. A fin de cuentas, ¡él es el amo y señor de la corporación! Evidentemente, esta actitud desquicia a los perros guardianes del reglamento interno de trabajo (motivo indudable de otra columna), quienes no toleran las constantes excepciones que promulgan los practicantes del sentido de pertenencia extremo.

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Si adentro provocan la aparición de detractores, afuera actúan como esos extraordinarios embajadores organizacionales que toda agrupación quisiera tener: caudillos de la imagen, soberanos de las relaciones públicas, vendedores de éxito, enganchan a cualquiera con tal vehemencia que lo transforman en un leal admirador de la firma. Por supuesto, ello conlleva sus costos, porque a estos personajes les gusta gastar, y en grande. Quizás aquí se genera la mayor contradicción de su ser: si fuesen realmente los dueños, de ningún modo abrirían con tal generosidad la cartera.

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Pero hay algo triste en toda esta historia: como podrán suponer, mi amigo no tiene acciones de la compañía.

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*El autor es director editorial de Grupo Expansión y a veces amanece muy confundido, sobre todo si no es quincena. Comentarios: jstaines@expansion.com.mx.

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