Ebrard contra la inseguridad

&#3450,000 delincuentes no pueden arrebatarle todo a 8.5 millones de personas.&#34
Javier Peñalosa

Marcelo Ebrard no se considera un político tradicional. Por ello, no espera resultados de un día para otro. Sabe que todo lo que tiene que hacer en la policía es conflictivo y lleva tiempo. ¿El problema de la seguridad en la ciudad de México tiene solución? Dice que puede subsanarse 60% antes de 2006.

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El secretario de Seguridad Pública del Distrito Federal es egresado del Colegio de México y se especializó en la Escuela Nacional de Administración Pública de Francia. Tal vez a ello se debe que sus planteamientos suenen diferente: se refiere a la policía como a una organización, habla de sistemas avanzados de información, de medir el desempeño y de estímulos a la productividad. Hace un recuento de los problemas que enfrenta para alcanzar resultados: la baja autoestima de la policía, las limitaciones al combate de la delincuencia impuestas por el marco legal, la prevalencia de los derechos humanos de los maleantes por encima de los de las víctimas y el exceso de atribuciones que tiene el Ministerio Público.

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Es partidario de la política del ex alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani –fundada en la importancia de atender a los pequeños problemas cotidianos a la par que se resuelven los grandes temas de la inseguridad–, y en ella basa parte importante de su actuación. Habla de las primeras medidas que ha tomado para cambiar la calidad de vida en el Distrito Federal.

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En esta lucha, el funcionario cuenta con el respaldo de importantes grupos empresariales que pagarán los $4 millones de dólares que costará la asesoría de Giuliani.

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¿Qué lo decidió a ser secretario de Seguridad Pública del Distrito Federal?
Principalmente dos cuestiones. Primero: aquí vivo, nací aquí, como mi familia, mis hijos, mis amigos; tengo toda mi vida aquí. El día que me hablaron me dije: “Bueno, este es un cargo muy difícil, pero si no acepto, qué autoridad moral tengo para opinar sobre los problemas de la ciudad –y este es el número uno–”. Segundo: en el Distrito Federal, el número de delincuentes habituales, en mi opinión, no rebasa 50,000. ¿Por qué ocho y medio millones de personas vamos a permitir que nos arrebaten todo?

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¿Cuál era la situación que encontró al asumir el cargo?
A grandes rasgos, podría definir a la policía que encontré de la siguiente manera: autoestima muy baja, tácticas fijas –heredadas de la práctica, más que de la eficacia–, carencia de indicadores de desempeño y de una estrategia para incentivar la productividad; una policía estática en número y en tecnología.

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¿Cuáles fueron los pasos para cambiar esta situación?
En primer lugar, establecer un sistema de indicadores de desempeño. Sabemos cuál es la eficiencia relativa por sector, cuáles cuerpos policíacos están trabajando y cuáles no. Me parece que es un punto medular en cualquier organización. Otro aspecto importante es que estamos por introducir la evaluación ciudadana, mediante la cual, por primera vez, la opinión de la población tendrá impacto en la carrera policíaca. Deseamos regirnos por la mentalidad del usuario –aquí hay una mentalidad monopólica típica–. Tenemos que crear el concepto de que hay un cliente que incide en la carrera del agente, en sus ingresos. Un tercer punto es la modernización de la infraestructura, fundamentalmente a través de la introducción de sistemas de información en tiempo real. También nos hemos empeñado en crear policías que nos permitan diferenciar nuestra acción en la ciudad. No podemos actuar igual en todos lados, eso es una falacia. No quiere decir que sean distintas corporaciones: significa que tienen diferente especialidad.

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¿Qué se ha hecho por la autoestima del policía?
Se trata de un problema muy complejo, un problema de motivación, como en cualquier organización de esta magnitud. Lo primero que estamos haciendo es desplegar una actividad muy importante de reconocimiento a los policías que sí están haciendo su trabajo. Aquel agente que pone a disposición del Ministerio Público a dos delincuentes en un mes, duplica su salario. Al que recibe un incentivo le tiene que quedar claro que si trabaja, si cumple con su comunidad, le va a ir mejor cada vez, y que si le entra al cohecho, a la extorsión, le puede ir muy mal.

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¿Por qué se decidió contratar los servicios de Rudolph Giuliani?
Porque de todas las ciudades del mundo –y no hay muchas del tamaño de la que nosotros tenemos– la que ha tenido los mejores resultados en seguridad, sin lugar a dudas, ha sido Nueva York. Estamos hablando de promedios de 60% en reducción del índice delictivo en rubros como robo. Por eso dijimos “Vamos a hablar con ese equipo para saber quién hizo esto, cómo lo hizo, por qué lo logró.” Luego lo comparamos con lo que nosotros hemos hecho en México.

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¿Hay ya algún avance?
Sí. Llevamos trabajando desde octubre y ellos entregaron su evaluación en febrero, según se había pactado. Es un estudio muy profesional e incluye dos grandes aspectos: cómo está organizada la policía, sus problemas, y cómo funcionan en México las reglas del juego, entendiendo por éstas todo el marco legal y la capacidad de sanción frente a un trasgresor de la ley. El equipo de Giuliani se plantea una pregunta muy elemental, pero muy importante: “¿Cuál es el costo de ser delincuente en la ciudad de México, en comparación con otras urbes del mundo?”

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¿El marco legal tiene lagunas y ambigüedades?
Tenemos fallas estructurales o sistémicas. Una de ellas es separar investigación de prevención. En Nueva York la policía tiene 7,000 detectives y aquí no tenemos esa figura. Un caso muy sencillo: ayer [19 de febrero] capturamos a un individuo con un arsenal en una camioneta. No pudimos investigar nada. Lo tuvimos que entregar a otra instancia y ya no sabemos qué pasó. Esa división entre prevención e investigación evidentemente es una falla de nuestro sistema. Otra es el enorme margen discrecional del Ministerio Público. Por ejemplo: para integrar la información que necesita, el juez depende de esta figura. Otra deficiencia muy importante es que existen demasiadas puertas para el maleante: caución, multa, suspensión o compurgación de la pena, preliberación. Todo el sistema legal, que va desde la prevención hasta la reclusión, es ineficaz para sancionar al delincuente. El nivel de impunidad es muy alto. Y hay una fuerte correlación entre éste y el índice delictivo. A mayor eficiencia en la sanción, menor incidencia. Esa es una ley como las de la física.

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¿Hay alguna estrategia que se haya desprendido del trabajo de Giuliani?
No todavía. Tendremos sus recomendaciones en mayo. Aunque sí respecto a que tenemos una coincidencia en filosofía, teoría, doctrina y, en consecuencia, muchas medidas que nosotros hemos tomado seguramente van a ser refrendadas en esas recomendaciones. A lo mejor algunas no, otras serán nuevas.

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Hace poco un ciudadano y un mordelón fueron captados por una cámara y se les sancionó. ¿Por ahí va la política a seguir?
Va en el sentido siguiente: tú tienes una imagen de desorden en la ciudad, que es demasiado amplia, y significa que ya no estamos siguiendo las normas. Cada vez se cumplen menos. Todas, empezando por las de tránsito. Lo que estamos tratando de hacer es ir -acortando, reduciendo ese margen lo más que podemos. Uno de los desórdenes principales es que la autoridad no sea respetada y que tú te sientas en la confianza de ofrecerle dinero a un agente. Eso no puede ser. Otros ejemplos son el operativo de Insurgentes, no permitir que nos tomen monumentos históricos, no consentir vandalismo en los juegos de futbol. Todas esas medidas obedecen a la misma lógica.

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Me sorprendió mucho lo que se logró en Insurgentes...
Lo cual te demuestra que se puede conseguir en el resto de la ciudad. En ese caso tienes la comprobación de esta tesis. El 8% de la gente no cumplía las reglas de tránsito –se estacionaba en doble fila, daba vuelta en lugar prohibido, etcétera–. Otro 10% siempre las sigue y le va pésimo. El 82% restante tendía a imitar al 8%, porque a quienes respetaban el reglamento les iba muy mal.

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Lo que estamos haciendo es someter a ese porcentaje, con lo que la mayor parte de los automovilistas empieza a respetar las normas. Ya saben que darse vuelta en U puede salir muy caro. Ayer un señor que conducía en estado de ebriedad lo hizo. Lo detuvo un policía, le ofreció dinero al agente y éste lo denunció. Lo remitimos al Ministerio Público. Eso casi nunca había pasado. Ahí la llevamos. Eso no quiere decir que ya no hay mordida. Yo sé que existe –hay lugares donde no tengo cámaras–, pero vamos hacia una cultura diferente.

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¿Cuánto cuesta Giuliani y por cuánto tiempo se contrató su orientación?
La asesoría dura un año; el monto total es de $4 millones de dólares. Incluye no sólo al ex alcalde, sino a todo el equipo que trae. Sus servicios los paga la iniciativa privada, a través de un fideicomiso que no maneja el gobierno.

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¿Habrá más fondos privados para darle seguimiento al programa?
En principio es probable que no la necesitemos más, porque tendremos los elementos para aplicar su propuesta: el diagnóstico y las recomendaciones.

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¿Cuál fue la participación de los empresarios en la contratación de Giuliani?
El financiamiento de esta consultoría ha sido por aportaciones privadas, lo cual me parece muy importante. Otra cosa destacable es que estamos trabajando con el sector empresarial en varios campos, que van desde donaciones que nos están haciendo para Insurgentes –alguna firma contribuyó con las casetas– hasta trabajo conjunto para combatir la delincuencia, como en el caso del transporte de mercancías en la ciudad de México y en el de las empresas de tecnología de seguridad. Otro ejemplo es Santa Fe, donde trabajamos en un sistema de resguardo en cooperación con las compañías que ahí se ubican. La filosofía consiste en plantear cómo logramos las cosas, no cómo inventamos más pretextos para no hacerlas. Cuando se actúa así, el sector privado participa.

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El sistema de información del que habla, ¿está emparentado con el de Giuliani?
Una de las primeras cosas que hizo el ex alcalde fue contar con un buen sistema de información –eso yo no lo sabía, hasta que lo contratamos–. Lo mismo hicimos nosotros, y aunque aún se puede mejorar mucho y no es precisamente el Compsat de Giuliani, yo diría que ya pasamos la mitad del camino.

Nuestro sistema permite conocer el desempeño por cada una de las zonas de la ciudad. Hay sectores de policía en el Distrito Federal que capturan a 40% de los responsables de los delitos cometidos en ese perímetro. Es un porcentaje muy alto en términos internacionales. Otros andan abajo de 10%. Antes nadie se los reclamaba, ahora sí. Tenemos una reunión cada semana y decimos: “¿Por qué estás abajo? Quiere decir que tu personal no está trabajando.”

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¿Habrá complementos a la propuesta de Giuliani?
Hemos contactado a varios países sobre temas muy específicos. Nuestra pregunta ha sido: “¿en qué tuviste éxito y en qué me puedes ayudar?” Trabajamos con un grupo en Santiago de Chile, donde instrumentaron un Plan Cuadrante. Los franceses tienen un puesto de mando mucho menos caro que el de los demás países y es muy eficaz. Depende más del entrenamiento del personal que de la inversión en infraestructura tecnológica. Con los ingleses nos concentramos en cómo han manejado el centro de Londres. Son temas muy específicos, a diferencia de Giuliani, que brinda una consultoría general.

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¿Cómo son las relaciones con las otras policías que hay en la ciudad de México?
Con la Judicial del DF estamos cooperando muy estrechamente, sobre todo en materia de secuestros, tráfico de armas, narcotráfico y bandas de robos de vehículos. No siempre es fácil, pero ya tenemos una buena base de datos común. Lo mismo con la Procuraduría General de la República. Con la Federal Preventiva cada vez tenemos mejores relaciones. Actualmente estamos haciendo junto con ellos un operativo para vehículos robados.

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¿Cómo se está combatiendo la inseguridad en el transporte público?
Esta es una parte crucial de la estrategia de seguridad. Estamos revisando placas, antecedentes de los conductores, y hemos propuesto varias medidas para reducir la informalidad en el sector, pues a menor control mayor inseguridad, es una norma.

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Nuestro esquema contempla un patrullaje fijo. Hoy estamos inspeccionando el transporte público en 157 puntos de la ciudad, y a quienes realizan esta tarea los movemos todo el tiempo.

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¿La inseguridad tiene solución de fondo?
Yo creo que 40% del problema en el Distrito Federal tiene que ver con factores que nos va a tomar tiempo resolver. Tenemos demasiados jóvenes sin empleo, una economía con un crecimiento menor al que debía tener, cambios en los valores, en la institución de la familia. Eso tarda en solucionarse, pero sí se puede corregir o mejorar. Sobre el restante 60% podemos actuar en el corto plazo. Antes de que termine esta administración es factible contar con una mejor policía, leyes más coherentes, menos discrecionales y una capacidad mayor de sanción.

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¿La Asamblea Legislativa tiene facultades para corregir esto?
En una medida importante. Hay un buen paquete de iniciativas que hemos mandado y esperamos que se resuelvan a más tardar en abril. De hecho, tiene la propuesta de Ley Orgánica de la Secretaría de Seguridad Pública, que ya está dictaminada; la de Convivencia Ciudadana; la de Justicia Cívica, la cual aborda faltas menores, que muchas veces son las que más preocupan al ciudadano; e iniciativas de reformas al Código Penal y al de Procedimientos Penales.

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¿Existe un mapa de la delincuencia en la ciudad de México?
El atlas territorial lo tenemos al día. Sabemos todos los delitos que se cometen, en dónde, a qué hora y quién fue. Ahora lo que falta es un paso cualitativamente superior: terminar la red de vínculos entre todos los detenidos. Estamos trabajando en esa información, que es mucho más elaborada. La idea es tener una sola base de datos.

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Pero tener toda la información no necesariamente permite actuar...
Muchas veces existen restricciones de ley. Por ejemplo, no podemos contar con elementos de civil, lo cual es increíble, porque todo uniformado es predecible y visible. Esa es una limitación importante que planteamos que se revise. Hay serias cortapisas para actuar frente a la delincuencia organizada. Por otra parte, los organismos de Derechos Humanos deben dar un peso mucho mayor a las víctimas. Otro punto relevante es el parte -policiaco. Cuando un agente detiene a un delincuente, su decir vale lo mismo que el de éste. El nuestro es uno de los pocos países del mundo en donde sucede eso. Generalmente lo que afirma el policía se considera de un peso superior a que lo que asevera el trasgresor de la ley.

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Algunos de sus operativos, como los de revisión, son ilegales en sentido estricto...
No tenemos la facultad expresa para hacerlos. Por ejemplo, no podemos pedir a un individuo que nos dé su credencial y ver quién es. Increíble. Muchas veces al franelero o el huacalero las personas le dejan las llaves de su auto y él saca copia en un jabón; por eso buena parte del robo de vehículos es con llave. Eso quiere decir que ahí hay connivencia, pero no podemos, como policía, pedirle a ese señor que nos dé su credencial y si lo remitimos, Derechos Humanos nos dice: “¿Por qué actúas así con un ciudadano por cuidar un coche?” Esas ambigüedades de nuestro marco legal limitan mucho la acción de la policía.

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¿Qué tanto afecta el clima electoral a la lucha contra la inseguridad?
Puede tener dos repercusiones: una, inevitable, es que la seguridad se vuelva tema político. Otra posible afectación es que se retarden decisiones importantes en la Asamblea Legislativa por objetivos electorales. Eso me parece mucho peor. Por ejemplo, podrían no aprobarse las reformas de las que hemos hablado hasta diciembre, y en seguridad pública el tiempo cuesta mucho.

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¿Alcanza el presupuesto para todo lo que se tiene que hacer?
Veámoslo así: la ciudad de Nueva York tiene este año $3,300 millones de dólares de presupuesto para su Departamento de Policía. Nosotros tenemos $550 millones de dólares. Yo creo que es preciso invertir cada vez más en esto. En 2003 vamos a tener un aumento, pero los próximos cuatro años necesitamos lograr incrementos consecutivos, porque en materia de seguridad es muy difícil obtener logros en el corto plazo. El político tradicional quiere resultados mañana, cuando menos aparentes, y siempre pospone o descuida lo que sea conflictivo y lleva tiempo. Casi todo lo que hay que hacer aquí es conflictivo y lleva tiempo. Casi todo.

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