Economía <br>Segundo año de prueba

Luego un año especialmente difícil -en lo económico y en lo político-, la población se muestra

Sin duda, en los momentos de crisis se ponen a prueba la sociedad y las personas, las instituciones y las empresas. A un año de la peor contracción económica del México moderno, ¿qué se puede decir al respecto?

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Como consecuencia de las dificultades que han debido sobrellevar amplios sectores de la sociedad, se percibe un extendido sentimiento de frustración en la población. Es muy difícil permanecer ajeno a circunstancias que fueron muy comunes en 1995 y que acompañan el inicio de 1996. Reflejo de ello fueron los casos de familiares o amigos que perdieron sus trabajos; o aquellos conocidos a quienes les resulta imposible cubrir sus compromisos financieros y no logran las condiciones que les permitan sanear su situación personal o la de sus empresas; a esos se agregan los que pasaron por la experiencia de un asalto y la inseguridad pública.

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Por eso, se podría decir que, de una u otra manera, todos los mexicanos sufrieron en carne propia los efectos de la crisis. De ahí que en muchos sectores de la población se considera demasiado optimista la visión gubernamental, que destaca los avances y las posibilidades de iniciar la recuperación en 1996.

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El escepticismo que se advierte en amplias capas de la población se refleja en las diferentes encuestas realizadas acerca de la percepción que se tiene de la crisis. Por ejemplo, según la Encuesta Semestral del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP), los empresarios opinan que la recuperación tardará 16 meses en llegar, es decir, se presentará hasta mediados de 1997.

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De acuerdo con el CEESP, las empresas encuentran difícil aumentar su producción debido a que no existe demanda para sus artículos o no disponen de recursos financieros para fabricarlos. También resulta interesante destacar que, desde su punto de vista, la opción de exportar no es del todo viable porque, argumentan, no disponen de acceso a financiamiento, no saben si existe demanda externa para sus productos o la subvaluación del peso es insuficiente para propiciar un mejor desempeño del aparato productivo.

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Y dicha encuesta no es, por supuesto, el único testimonio que duda de que las medidas gubernamentales puedan ofrecer beneficios a corto plazo.

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Lo que se esperaba
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Si bien la gravedad de la crisis rebasó las expectativas más pesimistas, al iniciar 1995 se tenía la esperanza de que el sacrificio, independientemente de su magnitud, no sería en vano y permitiría, por lo menos, corregir algunos de los retorcidos excesos en que ha incurrido el sistema político mexicano.

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Desafortunadamente, una vez transcurrido un año de crisis, a la situación económica se agrega la sensación de frustración por la lentitud con que avanzan los cambios hacia un sistema más democrático, en el que no se permita la impunidad y se sienten las bases para evitar que nuevamente se presenten casos de corrupción o se ganen elecciones derrochando recursos de dudoso origen.

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Vale señalar que la persistencia de un sistema político cerrado soslaya la capacidad creativa de la sociedad mexicana, misma que podría ser puesta en acción para superar lo más pronto posible la crisis económica. El problema no se queda ahí: la incapacidad para resolver incuestionables demandas políticas, en medio de una grave crisis económica, sólo añade nuevos motivos para la incertidumbre. Eso ya se ha hecho notar en algunos medios del exterior.

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Uno de los compromisos del actual gobierno es apoyarse en el ahorro interno. El problema consiste en que, en línea con el atraso político mexicano, en el país no existe un esquema que estimule la sana competencia. Antes que complementar esfuerzos en educación, salud, construcción u operación de empresas, con reglas claras, constructivas, desde el gobierno se realizan acciones para eliminar toda posibilidad de inversión pública y privilegiar una inversión privada que ha demostrado no ser más eficiente.

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La decisión de la administración anterior, de promover la conformación de grandes consorcios para competir internacionalmente, no se ha reflejado en una economía más competitiva, aunque sí en desmedidas fortunas personales.

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El problema es que fuera de algunas excepciones que han empezado a desarrollar proyectos de inversión en México, la mayoría de esos consorcios carece de ese sentido de raíz que contribuyó, por ejemplo, al despegue de las economías asiáticas.

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Por poner un ejemplo, ¿qué sucedería si los medios de comunicación tuvieran interés en el país y explotaran sus posibilidades de integrar líneas de producción que, basadas en el diseño de programas con contenidos propios, desembocaran en la elaboración de productos comercializables adicionales que pudieran ser exportables? Pero en cambio, hasta el momento se siguen importando desde programas de concursos hasta de niños jugando futbol.

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Así, en el año de la crisis, estuvo ausente la capacidad de la mayoría de los grandes consorcios favorecidos por el régimen salinista. Exportaron, pero más por necesidad que por capacidad.

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Y sin embargo...
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Relacionar lo que ha fallado no debe llevar a ignorar que existen oportunidades y logros. Por ejemplo, las cifras relativas al comercio exterior siguen dando sorpresas positivas. Según cifras de la Concamin, en 1995 llegó a 21,000 el número de empresas que participan en actividades de exportación, esto es, aumentaron en casi 100% en poco más de un año.

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Por su parte, la Secretaría de Hacienda dio a conocer que hasta diciembre el superávit comercial, considerando maquiladoras, sumó $7,397 millones de dólares, cifra que contrasta con el déficit de $18,463.7 millones de dólares que se registró en 1994. Es importante destacar que en 1995 las exportaciones sin maquila crecieron 40.3%, hasta llegar a $48,578.9 millones de dólares. Esto es, se realizó un esfuerzo sin precedentes.

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Evidentemente, la inmensa mayoría de las empresas permanece ajena a los beneficios de la exportación.

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Sin embargo, como se deduce de los resultados de la encuesta del CEESP, los empresarios tienen claro que no habrá recuperación del mercado interno en el corto plazo. De ahí que, a menos que se resignen a la inacción, deberán emprender el único camino disponible: integrarse a proyectos de exportación o como proveedores de maquiladoras. También existen posibilidades de vender a los centros turísticos o a las poblaciones de la frontera norte. El riesgo que enfrentarán será que, por seguir el camino fácil, las autoridades nuevamente se engolosinen con la inversión especulativa que está llegando al país y permitan que baje la competitividad del tipo de cambio.

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