Economía con rostro humano

Los organismos financieros internacionales finalmente han descubierto la miseria. Aunque muy tarde,

La miseria es el mayor riesgo sistémico que vivimos. Estas palabras son, créalo o no, de Michel Camdessus, director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI).

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Vaya descubrimiento. Quizá el mayor mal del siglo XX ha sido la pobreza, la desigualdad entre las naciones. Y ocurre que, ya en el umbral del siguiente siglo, los dos organismos financieros más importantes del mundo (el FMI y el Banco Mundial) descubren que el problema debe combatirse e, incluso, se atreven a decir que ellos tienen los ingredientes para que los países menos prósperos eleven la calidad de vida de sus habitantes.

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Lástima que no propongan nada nuevo. En su más reciente foro, llevado a cabo durante la última semana de septiembre, el Banco Mundial y el FMI hicieron hincapié en las medidas que deben llevar a cabo las naciones menos favorecidas: estabilidad macroeconómica, economía eficiente de mercado, estímulos a la inversión extranjera y transparencia en el sistema financiero, todas ellas claramente dirigidas a fomentar el desarrollo sostenible. Ese paquete pretende ser la receta secreta para reducir la miseria. Los países pobres y endeudados que ejerzan esas prácticas serán favorecidos con descuentos y quitas en el servicio de su deuda externa.

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Lo que estos organismos excluyeron de la agenda fue que ellos, precisamente, han incitado a muchos de esos países a realizar ortodoxas jugadas de pizarrón que, más que construir riqueza, han multiplicado la pobreza extrema. Jamás, por ejemplo, han participado en programas de desarrollo de las pequeñas y microempresas, que son las empleadoras más importantes en cualquier país. Y, en este sentido, tendrían mucho que aportar.

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La reacción es increíblemente tardía, pero si en efecto el FMI y el Banco Mundial pretenden, desde ahora, ayudar a combatir a fondo la miseria, bienvenido sea el viraje en sus políticas. Porque está por demás comentar que estos dos organismos tienen una influencia notable en los esquemas de desarrollo de los países más necesitados de recursos.

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Hay que ver la realidad tal cual es: mientras usted lee estas líneas, centenares de personas mueren de hambre. Esto es intolerable. Y, lo más importante, es combatible. Urge una economía con rostro humano. Necesitamos instrumentar, ya, políticas de desarrollo inclusivas.

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Algo grave deben estar atestiguando los organismos financieros internacionales para tomar la bandera del combate a la miseria. Será que existe un riesgo creciente de que la pauperización de millones y millones de personas ponga en jaque a la estabilidad económica mundial. Lo cierto es que habremos fracasado rotundamente si no encontramos la manera de combinar las leyes del mercado con la dignidad humana.

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