Economistas y realidad. Senderos que se

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María Hope

Crisis tras crisis, ajuste tras ajuste, México ha pasado del desarrollo estabilizador a la estabilización sin desarrollo.

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En 25 años, los niveles de bienestar social se han deteriorado al punto de convertir al país en una nación de pobres. Cayeron el empleo y la producción; el crecimiento económico, a veces nulo, resultó insuficiente para absorber la demanda de empleo y enfrentar los nuevos retos de la globalización; la deuda externa, abatida breve tiempo, volvió por sus fueros para situar al país como el mayor deudor de América Latina; se redujo la participación de los salarios en el Producto Interno Bruto; se amplió la brecha de las desigualdades y menos gente concentra hoy mayores riquezas.

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Los restos del sueño primer mundista yacen al lado de ese cadáver que aún podría llamarse estatismo desarrollador, y en cada tumba hay enterrados cientos de pronósticos, miles de promesas, millones de expectativas.

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Hoy, se dice, nadie cree en nada. Los propios hacedores de la política económica, los responsables de instrumentar las medidas de ajuste y alentar las esperanzas guardan sus previsiones en el bolsillo de la discreción. La oferta es un futuro mejor. ¿Cuándo? Pronto. ¿Cómo? Ya se verá. Lo primero es salir del agujero y éste es tan hondo como un sexenio: para el año 2000 se remontará el crecimiento a tasas mayores a 5 % y entonces otro gallo cantará.

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Entre tanto, la situación vivida a raíz del colapso devaluatorio de diciembre y el programa de choque iniciado en marzo, ha llevado nuevamente a debate los diversos paradigmas de la economía: marxismo, -keynesianismo, liberalismo, neoliberalismo.

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Economistas que hace dos años aplaudían las políticas salinistas están revisando sus ideas, matizando algunos conceptos relacionados con el libre juego de las fuerzas del mercado, la no intervención estatal en la economía o la indiscriminada apertura comercial, y proponiendo salidas que sorprenden a sus viejos enemigos y asustan a sus correligionarios.

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De igual modo, quienes en su momento promovieron el ensanchamiento del Estado, el control de los mercados y la hiperprotección, están revaluando algunas de las tesis del liberalismo, asumiendo en ambos casos un sentido más pragmático, menos ortodoxo o fundamentalista. Quedan muchos en los extremos, pero el debate parece estar creando un claro consenso en favor de posiciones heterodoxas.

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Y es que al hacer el balance de las políticas económicas seguidas a lo largo de este cuarto de siglo y los paradigmas teóricos en que se sustentaron, se hace patente una realidad: los modelos no se sostienen a capricho, sino porque existen las condiciones para su aplicación. O, como dice Alejandro Espinoza Carvallo, economista, consultor y catedrático: "La política económica es un ámbito de conciliación, de negociación y de confrontación".

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Hay quien dice que la economía es una ciencia exacta. Por complejas que sean las operaciones matemáticas que sustentan los pronósticos, la economía yerra. Y yerra tanto que, aun cuando e los balances las cifras casen con exactitud irrefutable, en la realidad las cosas suelen ocurrir de otra manera. Y como cifras y realidad son interpretables, la economía, además de falible, está siempre sujeta a interpretación.

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Por eso es que el famoso "error" de diciembre ha suscitado tanta discusión: para unos estribó en un equivocado manejo técnico-político de la devaluación; otros lo vieron como la expresión acabada del gran error conceptual del neoliberalismo; algunos más, como un equívoco menor en medio de la difícil reconstitución de un país que vivió 12 años en el error del intervencionismo estatal.

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Isaac Katz, por ejemplo, está convencido de que el error de diciembre fue precisamente eso. Director del área de Economía del ITAM, sostiene que "al término del gobierno de Carlos Salinas, el 30 de noviembre de 1994, el país estaba claramente mejor que en 1988 y que en l982_" El problema vino después, con el manejo de la devaluación: en un clima de incertidumbre, ¿a quién se le ocurre dar señales de devaluación en una reunión del Pacto? ¿A quién se le ocurre anunciar la devaluación un día entre semana? ¿A quién se le ocurre que con información anticipada y los mercados en funciones los inversionistas no iban a proteger sus capitales? ¿A quién se le ocurre hacer una devaluación y esconder la cara?

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Como quiera que haya sido, ese error es apenas uno más en la larga lista que desde la perspectiva de los economistas de uno y otro signo se han cometido a lo largo de la historia reciente del país, tras despertar de ese sueño que se dio en llamar El Milagro Mexicano y que tuvo como modelo al desarrollo estabilizador.

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Las crisis sexenales. En la perspectiva de Roberto Salinas, director del Centro de Investigaciones Sobre la Libre Empresa (CISLE), los últimos 25 años se han caracterizado por periodos estaciónales (casi sexenales) de crisis, que son "el resultado de la masiva expansión en el aparato burocrático, de la intervención estatal y de toda una serie de ingredientes que están sustentados en la idea de que el Estado benefactor debe administrar la abundancia o redistribuir la riqueza: más impuestos, propiedades estatales, nacionalismo económico, proteccionismo...

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Con él coinciden, en términos generales, el propio Katz y un viejo lobo de la economía: Josué Sáenz. Ambos sitúan la raíz en la perseverancia de una política de sustitución de importaciones que, si bien resultó ser funcional para alentar el crecimiento de la industria en las medianías del XX, hacia finales de los años 60 había dado muestras de su agotamiento.

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Enfrentado, dice Katz, a la disyuntiva de abrir la economía alentando un modelo de promoción de exportaciones o proseguir por el camino de la sustitución incentivando el crecimiento a través del gasto público, Luis Echeverría optó por lo segundo.

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La economía creció, en efecto, pero el costo fue excesivo: el agotamiento de los recursos propios, la inflación y el endeudamiento acompañaron al debilitamiento de una industria que, acotada en su expansión por el limitado crecimiento de la demanda interna, resultaba incapaz de absorber toda la mano de obra expulsada de las actividades primarias.

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Agazapada tras un hiperproteccionismo que favoreció márgenes extranormales de rentabilidad, pero desalentó la renovación tecnológica, la economía mexicana no creó las condiciones de competitividad internacional que el modelo debía crear.

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Desde la óptica de este economista, el modelo sustitutivo de Echeverría tenía, además, un agravante: "influido mucho por esa versión neomarxista de las cosas" que predominaba en Cambridge y en otras universidades inglesas, se asignaba al Estado un papel preponderante: era el Gran Benefactor, destinado a intervenir directa y profundamente en la economía y a satisfacer las necesidades de la población.

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La intervención estatal. Hoy existe un consenso, aun entre quienes en su momento lo defendieron, en el sentido de que el esquema se prolongó por demasiado tiempo, alentando ineficiencias, corrupción y contubernios entre funcionarios y empresarios e inhibiendo el verdadero espíritu empresarial.

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Sin embargo, tal consenso no implica interpretaciones semejantes. Por el contrario, dentro de las corrientes neokeynesiana, estructuralista y marxista, la crítica a la intervención del Estado no es de principio.

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David Márquez Ayala, economista independiente y gerente del diario La Jornada, afirma que el intervencionismo estatal en México no surge tanto de una filiación doctrinaria, como de la necesidad de contar con un Estado rector que, sin frenar el desarrollo de la empresa privada, fuera capaz de contrarrestar la concentración de riqueza a que el modelo porfirista de acumulación privada de capital había dado lugar.

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A partir de los 40, esta versión criolla ,,adopta muchos de los criterios keynesianos, reorientando la economía con un sentido más capitalista, pero con características de beneficio social. Y de aquí nace el populismo, como una forma de paliar la pobreza, transfiriendo recursos vía subsidios, sin sentido productivo” .

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Márquez, quien reconoce en el modelo de sustitución de importaciones los mismos límites que Katz mencionara, advierte, sin embargo, que el modo como se implantó este modelo y los efectos negativos que tuvo sobre la actividad económica nacional, tienen mucho que ver con "un sistema político sui generis, corporativo, que prodigaba dádivas lo mismo a campesinos, que a obreros o empresarios..."

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Lejos de la satanización que ha llevado a sentenciar a Echeverría como el culpable de todos los males, Márquez recuerda dos situaciones que, minimizadas por otros, jugaron un papel fundamental en el desenlace trágico del periodo Echeverrista: por un lado, lo que podríamos llamar la privatización del sistema monetario y financiero internacional" por el otro, la pugna entre el Estado y el sector privado por el control de la economía en el país, que significó una suerte de boicot a la inversión", factores ambos que, conjugados, treparon al país en el ascensor de la deuda externa. La ferocidad con la que Katz critica las políticas de lo que llama la docena trágica", sólo tiene paralelo con la defensa que hace del modelo salinista.

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Para él, lo que hizo López Portillo "es todavía más complicado y más perverso; desde el punto de vista del futuro del país fue un sexenio maldito por el petróleo. Otra cosa sería hoy si no hubiéramos tenido petróleo. Después de dos años de una política fiscal y monetaria coleccionistas, cuando ya la inflación tendía naturalmente a bajar, México empezó a explotar los recursos petroleros" y a gastar las ganancias que de ello derivaba.

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Ciego a los signos que anunciaban una probable caída en los precios del petróleo, mareado por la fiebre del oro negro, el gobierno agotó sus recursos y recurrió al endeudamiento, dice Katz, y desempolva las cifras: para 1982 los subsidios y transferencias del gobierno al sector paraestatal representaron casi 13% del PIB y explicaron casi 75 u 80% del déficit financiero total. ¿Los culpables? "Una muy mala asesoría, nuevamente, de este grupo de Cambridge, encabezado por José Andrés de Oteyza. Son ellos quienes continuamente le están diciendo al presidente que el gobierno tiene que intervenir más, ser el planificador central, proteger el empleo..."

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Con Miguel de la Madrid empezó el ascenso hacia el paraíso de la libertad. Fue el suyo un modelo de transición donde si bien la estabilización de las variables macroeconómicas no pudo lograrse pese a los éxitos iniciales, "desde el punto de vista del desarrollo, significó el comienzo de un cambio estructural en torno a la apertura y la privatización", cambio que, sin embargo, nunca se planteó como una propuesta explícita a la nación.

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La reforma neoliberal. Si De la Madrid desbrozó el camino, Salinas profundizó la reforma. En él sí hay "claramente un planteamiento de filosofía económica": el famoso "Decálogo de José Córdoba Montoya" que Katz resume en un breve párrafo: Tamos a permitir que los agentes económicos, como sujetos libres, decidan por sí mismos cómo maximizar su propio bienestar a nivel de consumidores, y sus utilidades a nivel de las empresas. Yo lo que hago es fijar las reglas claras y estabilizar la economía".

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Fueron cuatro los ejes de este cambio: desregulación, privatización, estabilización y apertura. Sus resultados: un éxito. México, que había podido sacarse del cuello la soga de la deuda, recibía ahora más flujos de inversión extranjera que cualquier otro país de Latinoamérica. En los balances financieros, las cifras cuadraban con precisión micrométrica. "Las cosas iban muy bien", pero llegó el recambio, con toda la secuela de asesinatos, sublevaciones y reclamos políticos que acompañaron 1994 y...

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Katz no se desanima. Después de todo, aún se sigue esa línea. No hay razón aún para dictar condena: en realidad México no tiene más de tres o cuatro años de ser realmente una economía abierta: un periodo muy breve para aliviar la cruda de los 70". En todo caso, para él no hay más que dos caminos y uno de ellos ya está agotado.

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Para Sáenz, economista anterior a la generación de Antonio Ortiz Mena y funcionario público en varias ocasiones, no existen absolutos. Cada política ha tenido su momento y sus yerros, pero uno de los fundamentales ha sido la incapacidad de hacer las cosas a su tiempo. 0, como el lo dice: el -timing.

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Y si de Echeverría a Salinas de Gortari muchas cosas se hicieron a destiempo, o simplemente no se hicieron, con Ernesto Zedillo se está corriendo el riesgo de no parar a tiempo una medicina que podría llevar al país a la quiebra.

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Al insistir en la misma política restrictiva, el gobierno -dice Sáenz- parece estarle proponiendo a México la misma solución que su confesor propuso a Santa Rosa de Lima: una religiosa enclaustrada que comenzó a ver espantos y demonios en el claustro, a quien su confesor ordenó: -"Hija mía, lo que tienes que hacer es caminar sobre vidrios rotos. Así verás como estos demonios se desaparecen. Y sí, efectivamente dejó de ver los fantasmas; se puso a caminar sobre vidrios rotos, se cortó los pies, se le infectaron y poco después murió".

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Con esta conciencia del peligro que significa enamorarse de las propias ideas y no saber cambiara tiempo, Sáenz, alguna vez crítico severo de las políticas intervencionistas del Estado, que encontraron sustento teórico en las ideas de John Maynard Keynes, piensa (y así cuenta que le dijo a Pedro Aspe) que "ya es el momento de que al señor Milton Friediman, ganador del Premio Nobel de Economía, con todo respeto lo vuelvan a poner en los estantes y desempolven a Keynes, cuyas teorías podrían sacarnos tal vez del atolladero".

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