Ecoturismo

El ecoturismo le viene muy bien a México: cuenta con diversidad de ecosistemas y tiene un lugar en
María José Martínez Vial

México tiene dos importantes atributos: un territorio diverso en ecosistemas y el reconocimiento como una potencia turística mundial. Dos ingredientes básicos para el fomento del ecoturismo, la nueva manera de viajar que se abre paso en el mundo.

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En efecto, la Organización Mundial del Turismo (OMT) calcula en casi 20 millones el número de turistas internacionales que visitan México cada año, que lo convierten en el octavo destino más importante en el mundo. Esta afluencia se tradujo en ingresos cercanos a $7,500 millones de dólares en 1999, lo que, pese a ser un retroceso de casi 4% respecto de 1998, ubica al país en la undécima posición mundial. Cada viajero gasta entre $300 y $500 dólares en su visita al país, de ahí que esta actividad aporte 5% del PIB nacional. Los viajeros internos, ciudadanos mexicanos y residentes que van de un punto a otro del país, suman unos 10 millones, lo que los convierte en una fuente de recursos significativa.

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Con dos millones de kilómetros cuadrados de superficie y más de 9,000 kilómetros de costa, México es visto como un escenario adecuado para el fomento de las nuevas tendencias de viaje que privilegian el contacto con la naturaleza sobre la comodidad de los grandes hoteles. Sin embargo, también en este sentido el país tiene grandes carencias; su infraestructura física y de servicio es incipiente, por decir lo menos. Ni siquiera hay un acuerdo entre los involucrados en esta actividad sobre qué entender por ecoturismo. Para algunos la prioridad debe ser el respeto a la naturaleza, pero otros lo ven como una fórmula más de hacer negocios. El término se aplica indistintamente a las excursiones al aire libre y al descenso en lancha por ríos caudalosos.

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Hay tres requisitos que, a juicio de Ron Mader, especialista en temas ambientales de la Universidad de Austin, Texas, deben cumplirse para considerar una actividad como ecoturismo: contribuir a la conservación del lugar donde se practica, permitir la participación activa de los habitantes del lugar y ser rentable económicamente. Autor de la única guía especializada en México (Mexico, Adventures in Nature, publicada en 1998), Mader agrega que “un proyecto que no cumple con estas condiciones no se puede considerar de turismo ecológico”, si bien, aclara, no es esta una definición oficial.

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En efecto, no lo es. Un estudio comparativo sobre políticas de ecoturismo en América, realizado para la Organización de Estados Americanos (OEA), reveló que 25 agencias de gobierno de la región definen el término de 21 maneras diferentes.

El cristal con que se mire
En lo que sí hay coincidencias es en considerar que el turismo ecológico representa una opción real en México. En torno a su capital, la populosa  Ciudad de México, se esbozan algunos proyectos que, con las salvedades señaladas respecto al uso del término, promueven el ecoturismo. Uno de ellos es el Parque Acuático Natural Las Estacas. Se creó en lo que fuera un balneario tradicional, a 26 kilómetros de la ciudad de Cuernavaca, Morelos, en el municipio de Tlatizapán. En torno a un río, cuya concesión con fines recreativos le fue otorgada en los años 40 a la familia Saravia, el balneario quedó convertido en una reserva ecológica. “Hace cuatro años empezamos a manejar el parque nosotros (los descendientes de los concesionarios originales) y decidimos que teníamos que construir un lugar donde se cuidara la naturaleza, por un lado, y que ofreciera muy buen servicio, por el otro –dice Enrique Saravia, director general del parque–. Solicitamos que el área se declarara zona de protección ecológica y creamos una asociación con los ejidatarios de la zona y la Universidad del Estado de Morelos, entre otros, para cumplir con la preservación del patrimonio. Contamos con cinco biólogos de la universidad: uno dedicado a los peces, otro a las plantas acuáticas, dos a plantas terrestres, y uno a las aves ornamentales”. El precio normal de entrada al parque, que promueve el buceo entre otras actividades, es de $70 pesos por día, aunque existen descuentos para grupos y escuelas, según la época del año. El parque cuenta con 11 cabañas equipadas cada una con dos camas matrimoniales, a un costo aproximado de $600 pesos por noche. -

Uno de los aciertos de la administración, a decir del propio Enrique Saravia, es la reinversión constante de los ingresos. El arranque no fue sencillo: por un lado, la transformación comenzó en plena crisis de 1995, y por el otro los visitantes no llegan todo el año. Para combatir la estacionalidad que rige la ocupación, los Saravia tienen algunos planes.

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“Un equipo de expertos trabaja en el diseño de un hotel ecológico y, posiblemente, si encontramos la manera de hacerlo, construiremos un campo de golf para ofrecer un servicio todo el año y que el negocio sea rentable”.

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Pese a que estos proyectos implican el riesgo de quedar fuera del alcance de sus visitantes habituales, los Saravia se dicen convencidos de que su oferta no deja de ser ecoturística. Pero esta condición de rentabilidad puede entrar en crisis con la de la preservación. La cantidad de visitantes que puede recibir Las Estacas sin afectar sus recursos naturales, es, cuando menos, incierta. Los Saravia se dicen conscientes de ello. “Todavía no existe en México un estudio serio en este sentido, por lo que no sabemos cuánta gente puede entrar al día sin causar algún tipo de problema, pero lo estamos investigando.” Mader tiene sus dudas a este respecto. “Me cuesta trabajo convencerme de que se pueda construir un hotel que no dañe a la naturaleza, pero también es verdad –acepta– que tengo prejuicios”. Es la vuelta al mismo punto: “las definiciones de ecoturismo son ambiguas”. En el tema de la participación local, ejemplifica, hay distintos niveles de involucramiento. Las Estacas da empleo fijo a 120 personas, lo que lo convierte en el centro de trabajo más importante de Tlatizapán; sin embargo, conforme a la definición de Mader, eso no parece suficiente para acreditarse como ecoturismo. “Es todo demasiado subjetivo”, dice el especialista.

Las reglas del juego
Otra de las coincidencias entre observadores y empresarios es la falta de regulación. En mayo de 1994 se constituyó la Asociación Mexicana de Turismo de Aventura y Ecoturismo AC (AMTAVE), que hoy cuenta entre sus miembros con cerca de 50 operadores de viajes y coincide, en sus objetivos, con los tres puntos señalados por Mader. Se propone “promover los destinos ecoturísticos y de aventura, protegerlos y contribuir al desarrollo sustentable de las regiones donde se practica, involucrando activamente a los diferentes sectores”. Antes de aceptar un nuevo miembro en la asociación se evalúa su desempeño de manera “muy estricta”, asegura su presidenta, Marlene Ehrenberg, de ahí que no todos los aspirantes logran el ingreso. -

Pero ni la propia AMTAVE supera todos los exámenes. “La asociación es un desastre –explica un operador que prefiere mantener el anonimato–. Yo diría que ahí no hay más de dos o tres compañías que realmente se interesan por la ecología. A las demás simplemente les da igual. Por otra parte –prosigue–, tampoco me parece que cumpla con la tarea de promoción que debería hacer. A nosotros nos propusieron entrar y no aceptamos porque no nos pareció que se tratase de algo serio”. Moderado, Mader opina que el problema proviene de la mezcla de dos conceptos, el de turismo de aventura y el de ecoturismo, dos disciplinas distintas entre sí.

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En el medio oficial lo que impera es el desconocimiento. Si bien existe desde hace dos años un departamento dedicado al turismo alternativo en la Secretaría de Turismo, carece de datos sólidos acerca de lo que esta actividad representa para el país. “La ignorancia es otro gran enemigo del turismo ecológico –opina Mader–. Da la impresión de que nadie sabe nada, todavía son muy pocas las oficinas de turismo en las que de verdad se puede obtener información.” El especialista afirma que en el país el número de agencias de viajes con oferta de turismo ecológico no supera las 20.

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En la búsqueda de una definición gubernamental, en abril del año pasado el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) envió a la Cámara de Diputados una propuesta de reforma a la Ley Federal de Turismo, ya modificada un año antes. “Pretendemos que quede regulado de una vez por todas el concepto de ecoturismo, y la única manera de hacerlo es marcando límites –afirma Aarón Gallego, integrante de la Comisión de ecología y medio ambiente–. Las fuerzas políticas lo aceptan, pero habrá que ver qué ocurre en la práctica, pues es un hecho que el sector oficial sigue privilegiando el turismo convencional y los megaproyectos”. Jorge Emilio González Martínez, diputado federal de esa fuerza política, asegura que destinará $250 millones de pesos del presupuesto de este año a promover el turismo ecológico.

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Por lo demás, persisten las dudas acerca de si el ecoturismo da para pensar en negocios rentables. “Uno de los grandes errores consiste en convertir el turismo en un tema político, en lugar de considerarlo como lo que es: una industria –apunta Mader–. Durante la realización de mi libro estuve en contacto con más de 10 personas diferentes en Sectur, que se iban turnando el mismo puesto.” Por otro lado, añade, las cifras oficiales del turismo en general, y las del turismo ecológico, están “infladas”, lo que impide hacerse una idea realista acerca de lo que representa económicamente. “Me parece demasiado arriesgado calificar como ecoturismo a una persona que visita un parque un domingo”, advierte.

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Por otra parte, señala, entre quienes se inclinan por la conservación de la naturaleza no siempre piensan en generar divisas.

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Asimismo “abundan los operadores que prefieren dedicarse a esta actividad sólo los fines de semana, cobrando precios elevados a los turistas.” Cuando menos para este y otros casos, la frase: a río revuelto, ganancia de pescadores, les viene bien.

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