Ejecutivas del siglo XXI. ¿A punto de t

Esposas, gerentes, madres, empleadas, hijas: probablemente las mujeres no imaginaron lo que suceder?
Clauda Aguilar

Es muy factible que entre los planes de las primeras ejecutivas –empeñadas, con toda razón, en gozar los mismos beneficios de su contraparte masculina– no entrara la obligación de cumplir con los deberes adquiridos en virtud de su nueva posición como "mujer que trabaja" y, simultáneamente, llevar a cabo todas las tareas que se consideran inherentes a su condición femenina. Casi todas las mujeres en esta situación afirman que, descubierta ahora la satisfacción laboral, de ningún modo volverían a los hábitos hogareños de sus abuelas y bisabuelas.

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Por supuesto, el escenario actual es muy distinto al de hace 40 o 50 años. Las féminas están mejor preparadas en lo académico y profesional, son perfectamente capaces de alcanzar el éxito en su carrera y lograr una autonomía antes reservada al hombre. Se casan más tarde, se divorcian con mayor frecuencia, deciden vivir en unión libre u optan por permanecer solteras.

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Cada vez son más las que utilizan métodos anticonceptivos para evitar un embarazo no deseado. Algunas retrasan el momento de concebir porque consideran que este hecho interferiría en sus carreras y otras lo previenen al no contar con una pareja estable. Efectivamente, la estructura social cambió, lo mismo que la mecánica de las familias.

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Solteras, divorciadas, casadas, muchas de ellas disfrutan realmente su labor profesional. Lejos de apreciarla por necesidades económicas urgentes, la consideran una vía ideal para desarrollarse y están dispuestas a asumir todas las responsabilidades –de oficina y de casa– aunque resulte agotador. En otros casos, sin embargo, el trabajo es indispensable para sobrevivir.

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Precisamente en esta circunstancia las opciones se reducen: el hecho de que un empleo sea agradable o satisfactorio pasa a segundo plano. Un mal ambiente laboral, el carácter explosivo de un jefe e incluso un salario ínfimo son cuestiones que muchas mujeres deben tolerar en aras de conservar su puesto y con ello asegurar, en lo posible, la estabilidad en sus hogares.

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Necesidad económica o no, lo cierto es que la mujer que trabaja tiene dos o tres empleos simultáneos, un fenómeno que acarrea consecuencias de todo tipo. La satisfacción personal derivada del esfuerzo puede ser muy gratificante, pero igualmente es posible que resulte demasiado extenuante y se convierta en una fuente de ansiedad y desgastes físico y emocional.

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¿Acaso existe un punto medio?, ¿en dónde radica el equilibrio y cómo lograrlo? Tales preguntas obsesionan hoy a muchas féminas que, en la búsqueda de su realización individual, se encuentran de pronto sumergidas en un caos donde imperan la falta de tiempo, energía y paz interna.

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¿Demasiada exigencia?

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"A partir de mi divorcio, la presión económica ha sido enorme. Mi hija tiene cuatro años y es mi prioridad en todos los sentidos", asegura Ana Paula Espinosa, de 29 años y madre de Paula. "Su bienestar depende de mí y me obliga a buscar cierto equilibrio entre trabajo y vida personal. Lo que más me interesa es que su desarrollo sea lo más sano posible dentro de una situación ya de por sí compleja", dice en referencia a su divorcio.

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Ana estudió derecho en la Universidad Iberoamericana, profesión que ejerció durante un tiempo, "pero dejé de trabajar cuando me embaracé y durante los primeros años de mi hija, hasta que me separé. Entonces decidí estudiar nutrición. Sabía que mi elección implicaba un riesgo: necesitaba ganar dinero para sostenernos a mí y a mi hija." Consciente de esta situación, la entrevistada empezó a dar cursos de orientación alimentaria en diversas instituciones. "Gracias a eso, y al apoyo de mis padres, pude sacar el barco a flote. Ahora estoy iniciando mi propio negocio."

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Como les sucede a muchas madres divorciadas, la vida de Ana es sumamente activa, en ocasiones caótica. "Mi día empieza a las 5:30 de la mañana y no paro hasta la media noche o una de la madrugada, quizá más tarde." Entre el cuidado de Paula, su trabajo y sus estudios, el tiempo que puede dedicar a sí misma es mínimo. "Creo que estoy bien organizada, pero con frecuencia me siento muy agobiada, como si me asfixiara. Debo hacer milagros con el tiempo y a veces me siento culpable con mi hija, por no atenderla lo suficiente; con el trabajo, al dejar algo inconcluso; conmigo misma, por descuidarme."

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Justificado o no, el sentimiento de culpa es muy común entre las mujeres que trabajan. En el caso específico de Ana, la soledad fue una constante durante toda su infancia. "Mis padres trabajaban todo el día, pasaban mucho tiempo fuera de casa. En parte, sentía que me abandonaban. Y eso es lo que no deseo para mi hija –enfatiza–. Sin embargo, considero que en la medida que una madre sea feliz, también lo serán sus hijos. Si permaneciera todo el día junto a Paula, sin más propósito en la vida que cuidarla, me convertiría en una mamá histérica."

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El deseo de cumplir al máximo en todas las áreas se topa con la realidad que implican la falta de tiempo y el desgaste de energía. "Cierto que la sociedad exige demasiado a las mujeres. Debemos ser perfectas amas de casa, madres, esposas y ejecutivas; estar delgadas, guapas y nunca descuidar nuestro desarrollo personal –dice sonriente–, pero el problema es más grave para las perfeccionistas que queremos ser siempre las mejores. Es necesario que nos relajemos. La búsqueda de la excelencia en todos los ámbitos, además de inútil, es destructiva. Acaba con tu energía".

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A diferencia de lo que ocurre en muchos países, las mujeres mexicanas que trabajan carecen de alternativas suficientes para administrar mejor su tiempo, ahorrar energía y atender con mayor facilidad las diversas esferas de su vida. "Vivimos en una ciudad muy complicada; las distancias son excesivas, la inseguridad está en todas partes. Tampoco tenemos los servicios que necesitamos. Existen muy pocas guarderías, por ejemplo, y la mayoría son demasiado caras –explica–. No contamos con un sistema correctamente diseñado que nos permita trabajar tranquilamente, a sabiendas de que nuestros hijos están bien cuidados. Necesitamos que las empresas modifiquen sus políticas. Deberían flexibilizar los horarios y otorgar mayores apoyos a las mujeres que trabajan y tienen una familia."

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Ana reconoce que su estilo de vida puede resultar abrumador, "aunque me siento satisfecha. Si no tuviera la obligación de mantener una familia, es probable que trabajara menos horas." No obstante, asegura que jamás dejaría de hacerlo. "Necesito el trabajo para desarrollarme y tener independencia económica. Incluso si decido rehacer mi vida con una pareja, de ninguna manera renunciaría a la autonomía monetaria y mucho menos a ocupar mi tiempo en actividades que no satisfagan mis intereses."

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Madre con humor

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Hace 12 años, Isabelle Beraud empezó a dirigir Minouche Servicios Gastronómicos, empresa dedicada a la atención de banquetes y comida a domicilio: "Originalmente el negocio era sólo de mi hermana, pero más tarde me invitó a participar." Casada y con tres hijos pequeños, la entrevistada asegura que los más indicados para calificarla como madre y esposa son ellos. "Son los únicos que podrían decir si he descuidado mi vida familiar o no. Creo que no."

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Beraud goza de una posición privilegiada. A diferencia de la mayoría de las mujeres que trabajan, tiene un horario que le permite hacerse cargo de sus obligaciones con mayor tranquilidad. "Trabajo de 9:00 a 13:00 horas y tengo las tardes libres. Claro, cuando debo supervisar algún banquete, por ejemplo, regreso a mi casa hasta muy tarde –expresa–. Por fortuna cuento con el apoyo de mi esposo, mi madre y algunas amigas que me echan una mano si algo se complica o estoy demasiado ocupada."

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Indudablemente, las ventajas de manejar un negocio propio son enormes. A diferencia de lo que sucede en el caso de una empleada, la dueña de su empresa disfruta de mayor independencia, flexibilidad y poder de decisión. "Nunca he dejado de trabajar, ni cuando estaba embarazada o mis hijos eran bebés." En un principio, Isabelle y su hermana llevaban a cabo todo el trabajo, pero la firma creció rápidamente y ahora cuentan con varias personas a su cargo.

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"Las dos decidimos que el negocio no debía convertirse en el centro de nuestras vidas y lo estructuramos de modo que pudiéramos equilibrar el aspecto profesional y el personal –continúa–. Tengo muy claras mis prioridades. Antes que cualquier cosa están mis hijos, marido y tranquilidad. Les siguen, aunque muy de cerca, el trabajo y la realización profesional."

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En las oficinas de Minouche existe un espacio donde los hijos de Isabelle y su hermana pueden jugar. "Procuro que participen conmigo en el trabajo. A los niños les encanta colaborar, sentirse útiles. Creo que es muy formativo para ellos el hecho de que yo trabaje. Además, gracias a eso, tienen una mamá con buen humor", dice convencida.

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"Jamás dejaría de trabajar, salvo que se tratara de alguna emergencia. Para mí es indispensable estar activa, ocuparme en algo que me gusta. Más allá del dinero, creo que es esencial sentir que haces algo provechoso y productivo como persona. Hace unos años, cuando el negocio todavía no remontaba y los contratos eran esporádicos, me sentía como león enjaulado. Tengo mucha energía, pero en ese momento no podía canalizarla adecuadamente. Estaba insoportable y mi familia fue la primera en resentirlo."

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A sus 37 años, Isabelle tiene opiniones muy claras con respecto a la posición de las féminas en el trabajo y fuera de él. "No comprendo a las mujeres que se niegan a tener un hijo porque lo consideran un obstáculo en su carrera, tampoco a las que no quieren trabajar. Todo es complementario en la vida. Dudo mucho que una mujer dedicada por completo a su hogar se sienta realizada, lo mismo que la que se entrega en cuerpo y alma a su profesión."

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Un gran número de féminas piensan como Isabelle e intentan conjugar lo laboral y personal con la mayor eficacia posible, a pesar del cansancio o el esfuerzo que requiere hacerlo. "Así debería ser, pero no siempre sucede. Muchas prefieren abandonar a los hijos –en una guardería, con los abuelos o la nana– con tal de ascender en la escalera laboral. Me parece totalmente irresponsable, salvo que hablemos de una necesidad económica real, caso en el que las mujeres no tienen otro camino. A ellas las respeto mucho y, personalmente, intento apoyarlas."

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Trabajar para vivir

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Karla Noriega tiene 32 años, es soltera y vive sola, "lo cual implica mayores presiones económicas. Dependo mucho más del trabajo que una mujer casada, cuyo marido la apoye, o que viva con sus padres. No puedo renunciar a un empleo así como así, aunque no me guste. Sólo lo haría en tanto contara con una alternativa mejor y más segura", explica. Pero, según dice, ésta no es su situación. Como directora de arte de Editorial Planeta, la ejecutiva asegura que disfruta enormemente su labor. "Mi trabajo actual me satisface y gracias a él puedo pagar mis gastos. Nadie sabe qué pasará mañana, pero tengo muy claras mis necesidades y la cuestión económica ocupa un lugar primordial entre ellas. Incluso podría decir que constituye mi principal miedo."

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Contrariamente a lo que sucedía hace algunas décadas, actualmente muchas mujeres se resisten a la idea de un matrimonio basado en intereses de tipo económico o social. La posibilidad de sostenerse con los propios medios, junto con la satisfacción derivada del desarrollo profesional, hace que posterguen el matrimonio hasta encontrar una pareja adecuada. "No tengo prisa. Me gustaría, sí, casarme algún día y hacer una familia. Pero las cosas llegan en su momento; la clave radica en vivir el presente, sin apresurarte."

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No obstante, ¿cuál es la respuesta de los hombres frente a una mujer soltera, totalmente independiente y muy capaz? Noriega responde sin titubear: "El hecho de trabajar, tener éxito, lograr un gran puesto y un buen salario, sí cambia la reacción con los hombres a tu alrededor. Muchos no soportan que la mujer sea autónoma y se las arregle sola. Me parece que el problema, en el fondo, es la lucha de poderes."

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