El año de la prudencia

Siete principios económicos que pueden ayudarle a usted y a su empresa a sobrevivir.
Roberto Aguilar y Roberto Morán

Imagine un año completamente diferente: su compañía le aumenta el salario. O, como empresario, decide premiar la paciencia de sus empleados con un incremento en el sueldo. De cumplirse ese sueño, terminaría pronto. Los aumentos salariales serían rápidamente contrarrestados por una de dos malas noticias o, peor, por las dos combinadas: el ascenso de la inflación y la caída en el empleo.

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Esta es una de las conclusiones del foro celebrado en diciembre por Expansión con expertos en economía, para quienes la prudencia deberá ser la máxima de este año. Sin el crecimiento de la economía de Estados Unidos, es impensable un gran avance en la producción de México.

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¿Por qué tan pesimistas? Las principales razones se encuentran en el estancamiento de la unión americana, pero también en la falta de un cambio estructural de la economía mexicana, necesario para potenciar la productividad que impulsaría la recuperación del poder adquisitivo de los trabajadores.

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En el foro se discutió asimismo sobre qué se puede hacer para que empiece, ahora sí, la recuperación del ingreso de los mexicanos. Y estos son siete principios que difícilmente cambiarán.

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1. El peso no tiene la culpa.

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Quienes han criticado el fortalecimiento del peso frente al dólar en el último año son, muchas veces, los mismos que urgen a un aumento salarial generalizado. Ambos argumentos son incompatibles. Si el mayor valor de la moneda frente a la divisa estadounidense ha restado competitividad a las exportaciones mexicanas –argumentan quienes critican su fortaleza–, lo lógico podría ser devaluarla. Ahora bien, este fenómeno bajaría de golpe los precios de los bienes exportados y aumentaría los de los importados.

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El salario sería uno de los precios que se colapsarían de inmediato en términos de dólares. Mientras que el valor de otros artículos se ajustaría hacia arriba casi automáticamente, los salarios permanecerían abajo durante un tiempo mayor, porque dependen de negociaciones entre empresas y sindicatos.

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2. Un aumento generalizado de sueldos repercutiría en mayor inflación.

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Esto puede ser cierto si todo lo demás se mantiene igual. Si un sector de la población demanda más bienes y éstos no se producen a menores costos, entonces la presión hará que los precios se incrementen. Algo podría cambiar en este esquema. Que los aumentos salariales correspondan a incrementos en la productividad de los trabajadores. Cuando eso sucede, como ocurrió en Estados Unidos en la última década, los empleados pueden disponer de más cosas a precios más bajos.

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3. Un salario mayor incidiría en una menor contratación de trabajadores.

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Sucede con todos los bienes sujetos a la ley de la oferta y la demanda, y el trabajo no es la excepción. Si su precio aumenta, se demanda menos. Como dijo uno de los participantes en el foro: "No entiendo cómo sería posible que a precios más altos una empresa contrate más trabajadores."

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4. El gobierno puede hacer su parte para aumentar los sueldos.

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Sí se puede recuperar el poder adquisitivo de los trabajadores, pero se precisan reformas estructurales de fondo para lograrlo. Por lo pronto, gran parte del costo de contratar empleados se va en impuestos y en contribuciones al Seguro Social y a otras instituciones, que no necesariamente se traducen en su beneficio.

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El gobierno federal tendría que lograr que las contribuciones que pagan los empresarios por contratar personal efectivamente les sirvan a aquéllos. O, si no puede hacer más productivas esas aportaciones, entonces tendría que encontrar la manera de reducir el costo de cada contratación. Eso permitiría acortar la brecha entre lo que paga el empresario por contratar a un trabajador y lo que éste se lleva a su casa como ingreso.

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5. El gobierno puede contribuir a que las empresas sean más productivas.

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A tal efecto, los bienes producidos por el gobierno tendrían que ser más baratos para las empresas, lo cual obligaría a efectuar reformas estructurales. Uno de los sectores que, según los participantes en el foro, requiere ser reformado con mayor urgencia es el de la energía. Mientras los impuestos que se cobran a Petróleos Mexicanos figuren como una de las mayores fuentes de ingresos del gobierno federal, será difícil que bajen los precios que las empresas deben pagar por la energía. La reforma fiscal promete reducir la carga sobre Pemex, pero serán necesarios cambios de fondo para hacer más transparentes los costos de gas, petróleo y electricidad.

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6. La recesión en Estados Unidos será el mayor problema para la economía mexicana.

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Estas son malas y buenas noticias. Malas, porque en tanto el consumidor estadounidense no recobre la confianza –vapuleada por la recesión y por los ataques terroristas– será difícil prever el inicio de la recuperación económica, y eso significará una menor demanda para las exportaciones mexicanas. Los expertos señalan que la gráfica de la evolución de la economía tendrá la forma de una u achatada en el fondo, muy parecida a una tina de baño: una caída primero, un largo periodo sin crecimiento luego y una recuperación, muy probablemente a finales del año. Y en cierta forma son buenas noticias, porque, con todo lo grave que se ve la situación en Argentina, tal parece que México no se verá tan golpeado como en crisis internacionales anteriores; por ejemplo, la asiática de 1998. "Los inversionistas que apostaron contra el peso perdieron un dineral", comenta uno de los economistas participantes en el foro. Como ya quedó demostrado a finales de 2001, cuando la crisis en Argentina provocó la caída del gobierno de esa nación, los capitales internacionales ya diferencian a México del resto de los mercados emergentes. Sin embargo, la crisis argentina todavía puede tener repercusiones aquí, porque puede reducir el flujo de capitales hacia los países en desarrollo.

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7. Habrá que trabajar más para controlar la inflación.

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Hasta ahora las autoridades de México han tenido suerte. Primero, en el año 2000 se logró un crecimiento de 7% en el producto interno bruto sin que aumentara la inflación. Al año siguiente bajaron las tasas de interés y al mismo tiempo el peso se fortaleció –según la teoría económica, cuando las tasas de interés bajan, la moneda disminuye su valor, si todo lo demás permanece constante–. Pero en 2002, la suerte del Banco de México y de la Secretaría de Hacienda se pondrá a prueba. Primero, no habrá crecimiento como en 2000, y segundo, se esperan algunos brotes inflacionarios al principio del año –sobre todo por el aumento en el precio del Metro de la ciudad de México– y no se descartan presiones para que esta tendencia se extienda. Ya no pueden esperarse bajas en las tasas de interés tan grandes como las que se dieron en 2001, porque el banco central considera que la inflación aún no está completamente bajo control.

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