El año en que (otra vez) vivimos apreta

Las multinacionales recortan empleos en México. ¿Será sólo un problema temporal? O, tal vez, el

Malas noticias para quien no se enteró: el año 2000 fue excepcionalmente bueno. Y peores para todos: ahora está claro que será difícil que se repita. El informe de multinacionales, que publica Expansión, comprueba que México vivió una fiesta económica.

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Las grandes empresas internacionales vieron crecer en el país sus ventas y su empleo a tasas más rápidas que en otros mercados. Tal vez esa euforia reciente hizo que se notaran tanto los efectos de la desaceleración en 2001. El año pasado, la ocupación generada por las 100 multinacionales aumentó 22% en México, contra un avance de 3% en el promedio mundial. A la hora de recortar puestos de trabajo, las compañías también incluyeron al país.

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Hay quienes discuten si la economía nacional entró o no en una recesión. También quienes se molestan porque el gobierno se ha resistido a utilizar esa palabra. Son cuestiones semánticas, que tal vez no cambien nada la manera en que puede tratarse el problema. Porque sí hay uno: el país no marcha al mismo ritmo que antes.

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Más que pelearse por el uso del lenguaje, habría que llevar la discusión a otro asunto más urgente: definir cómo se llegó a este "atorón" y qué formas hay para salir de él, o cuando menos aliviarlo e impedir que sea más profundo.

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Existen dos interpretaciones sobre las causas de la desaceleración de la economía mexicana. Una, que es la consecuencia directa de la pérdida de dinamismo de Estados Unidos. La otra, que el peso –supuestamente sobrevaluado– ha sacado de la competencia a las exportaciones mexicanas.

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Si se acepta la primera explicación, entonces habría que adoptar medidas para mantener la estabilidad y esperar a que pase la tormenta en el vecino del norte. Con esta definición, no estaría de más iniciar los esfuerzos para incrementar la productividad de las firmas mexicanas y evitar que el atractivo del país se base sólo en la mano de obra barata –algo que no es viable en el largo plazo y además es poco digno–.

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En cambio, si se opta por la otra interpretación, la solución es más sencilla: de alguna manera devaluar y así vender más en el extranjero. Quienes abrazan esta idea dejan muchas lagunas. La primera, más evidente, es cómo saben cuánto debería valer el peso, si su precio está fijado por el mercado. La segunda, consecuencia de la anterior, es cómo harían para depreciar la moneda. Debido a que el tipo de cambio ya no lo fijan las autoridades, para influir en el valor del peso es necesario mover las tasas de interés. Si todo lo demás permanece igual, cuando éstas bajan, disminuye su cotización. Pero en México, la divisa ha seguido fuerte, a pesar de que han bajado los rendimientos. La tercera laguna en su alegato es por qué se habrían de beneficiar los trabajadores con que, por decreto, su moneda valga menos y por tanto puedan comprar menos cosas.

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Si resulta que la primera descripción es la correcta, que gran parte de la desaceleración viene de fuera, sería muy arriesgado devaluar para salir del atorón. Hacerlo tal vez abarate las exportaciones. Pero lo más probable es que Estados Unidos no quiera comprar, aún a precios más bajos. Entonces México se quedaría en el peor de los mundos posibles: una población con menor poder adquisitivo y sin posibilidades de recuperarse pronto.

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Si se analiza con cuidado el informe de multinacionales, se tienen más argumentos en favor de esta hipótesis. En tales condiciones, poner a México a vender baratijas está lejos de ser la solución.

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