El arte de cacarear los huevos. Viva yo

Crónica de una comida... o working lunch, como le dicen los yuppies generación NAFTA.
Max Clip

El mundo de la alta dirección a veces me parece un laberinto de espejos: todo se vuelve imagen y cada director parece estar en una constante campaña de auto-promoción; una campaña tan enérgica, por cierto, que haría ruborizar de vergüenza –por anticuados, incompetentes o de plano por faltos de imaginación– a varios de nuestros políticos. Esta conducta, que hasta hace no muchos años era despreciada y calificada como "grilla", se ha vuelto ya una práctica cotidiana durante la jornada de muchos de los ejecutivos mexicanos que trabajan para corporaciones en el país.

- - Por ejemplo, observen el caso de Ricardo, nuestro recién promovido director junior de operaciones (zona centro), que hace no mucho gastaba sus energías en justificar su ausentismo con el argumento de que preparaba los exámenes finales para su maestría (que, por cierto, fue financiada por la empresa).

- - Relativamente joven (apenas rebasa los 30 años), Ricardo no pierde ocasión para "cacarear sus huevos" a quien se descuide y le dé oportunidad. Según su versión de los hechos, ha sido gracias a su esfuerzo y a las estrategias que ha diseñado que la compañía ganó una importante participación de mercado en la zona bajo su responsabilidad.

- - Claro, Ricardo se cuida bien de no mencionar que, al tiempo que nuestras ventas crecían, la competencia enfrentaba graves problemas para distribuir sus productos, debido a que una de sus más importantes bodegas fue clausurada por cierto ayuntamiento, cuyo nombre nadie recuerda. Y tampoco aclara que, en términos de estrategia, él ha hecho lo mismo que su antecesor, ni más ni menos. Como pueden ver, Ricardo es un artista de eso que llaman "llevar agua a su molino".

- - O consideren a Adolfo, el casi flamante gerente de publicidad que se llena de orgullo cuando habla de la nueva campaña. ¿Pues cuál campaña, si todo lo realizó la agencia de publicidad? Además, para colmo, se trata del refrito de otra campaña que se ejecutó en Estados Unidos. A pesar de ello, este cuate camina por los pasillos del edificio corporativo como si ni siquiera la alfombra que pisa lo mereciera.

- - No se confundan, Adolfo –cuyas tendencias amorosas rayan, digamos, en lo "exótico" y que, además, es vegetariano– me cae bien, de verdad: es divertido, ocurrente, pero honestamente no es un hombre de ideas. Tendrá, si acaso, arranques de genialidad, pero es como si el motor se le ahogara. Y una campaña es algo serio: para diseñarla y ejecutarla se requieren ideas.

- - En fin, que voy llegando de una comida –working lunch, le dicen los yuppies generación nafta– a la que asistimos los dos arriba mencionados y quien esto escribe. Se supone que el objetivo de la reunión, celebrada a iniciativa de Ricardo, era intercambiar propuestas para aprovechar los resultados de la zona centro y mejorar la imagen de la empresa en otras regiones. Bueno, el caso es que aquello degeneró en una feria de vanidades, que a su vez se convirtió en una sesión de chismes corporativos.

- - Me duele la cabeza. Los chismes eran viejos, muy viejos –gracias a los buenos oficios de mi ex jefe y de la Chiquis, estoy mejor enterado que ellos–, pero esta manera de levantarse el cuello y "hacer caravana con sombrero ajeno" no creo que tenga parangón, sobre todo por la cantidad de palabras que utilizaron para decir lo mismo.

- - Mientras uno me explicaba las complejas estructuras del comercio ambulante en el Bajío, el otro comparaba el impacto publicitario con un fuerte golpe, "como un violento accidente de autos", debido a la impresión imperecedera que deja. Y luego, de regreso a León, Guanajuato, donde al parecer se fragua una revolución comercial que hará que todos se olviden del internet y la "nueva economía", para rematar con la distinción entre mensaje publicitario y mensaje propagandístico.

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- - Yo me quedé callado. ¿De quién podría hablar?

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