El arte de elegir

Todos los inversionistas sabemos que hay que diversificar, pero escoger cómo, se convierte en un arte.
Adina Chelminsky

En bienes raíces se dice que las claves para comprar la propiedad perfecta son tres: localización, localización y localización. De la misma manera, para construir un portafolio exitoso de inversiones las claves son tres: alocación, alocación y alocación.

La alocación de activos (assett allocation) es quizás uno de los conceptos más simples pero menos sencillos en la construcción de la riqueza personal. Todos los inversionistas sabemos que debemos tener un portafolio diversificado, léase en el que existan diferentes instrumentos financieros que permitan minimizar el riesgo y aumentar el rendimiento. Pero la importancia de elegir a detalle precisamente cuáles son esos instrumentos financieros es muchas  veces obviada o minimizada.

No se trata sólo de saber que 40% de mis inversiones tiene que estar en renta variable o 20% en activos alternativos, sino de elegir dentro de esas clases cuáles son justamente los instrumentos más adecuados.

A fin de cuentas, un portafolio perfectamente diversificado, pero de activos mal elegidos, no sirve para nada.

El assett allocation es cada vez más complicado, no por las condiciones inciertas de los mercados o por la indefinición de la situación económica mundial, sino por una razón mucho más simple: la enorme y creciente cantidad de instrumentos que cada día se diseñan, se construyen y se venden en el mercado.

Por poner un ejemplo, en los últimos 10 años el número de fondos de inversión en el mundo ha crecido en casi 40%. Hoy existen más de 65,000  fondos de inversión diferentes y, dada la globalización y la tecnologización de los mercados, casi todos son candidatos a pertenecer a tu portafolio personal.

Tan sólo en México hay más de 400 fondos diferentes, por no hablar de la infinidad de instrumentos financieros innovadores que aparecen cada día.

El elegir los activos correctos es en parte una ciencia y en parte un arte.

Por un lado, existen los elementos matemáticos y analíticos para acotar y respaldar las opciones, pero, más allá de éstos, está el hilado fino de saber exactamente cuál es el instrumento correcto. Esta elección se complica aún más para los inversionistas privados que no contamos con las herramientas analíticas que tienen a la mano los grandes o los institucionales.

También se vuelve más complicado porque  no siempre entendemos los conceptos y cálculos matemáticos que los asesores explican, como las varianzas, correlaciones y betas.

La manera para elegir si un instrumento financiero es el adecuado o no y si encaja dentro de la diversificación buscada es analizarlo bajo tres lentes distintos. El primero es su evaluación como activo; la clase a la que pertenece; el rendimiento pasado y el esperado; y su correlación con otros elementos que ya se tienen en el portafolio.

El segundo, es la evaluación del instrumento como parte del mercado; cómo los riesgos y los escenarios probables en el ambiente financiero golpearían o beneficiarían a este activo en particular. Y tercero, la evaluación del activo como parte del portafolio personal.

Aun el mejor instrumento del mundo es inadecuado si no empalma con los propios objetivos el perfil de riesgo, las necesidades particulares y el horizonte de inversión de la persona que lo va a comprar.

El invertir tiempo en elegir los activos correctos, aun cuando éstos sean sólo un pequeño porcentaje dentro del total, es fundamental. Así como Lao Tzu, el gran filósofo chino, dijo que “el viaje de las 1,000 millas empieza con dar un solo paso”, el portafolio de los grandes rendimientos comienza con elegir un solo instrumento.

Adina Chelminsky es especialista en finanzas e inversiones personales. Su Twitter: @CayMILL
consultas: elexperto@expansion.com.mx

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