El arte de invertir

¿Dónde sería mejor invertir? ¿Qué nivel de riesgo es &#34aceptable&#34? A continuación se ofre
Arturo Hanono

Invertir no es sencillo. Para demostrarlo, bastaría con mencionar el primer paso necesario antes de emprender la andanza: el de acumular una cierta cantidad de dinero que permita buscar opciones para acrecentar el patrimonio. ¿Obvio? No del todo, si se piensa que tal posibilidad no está al alcance de cualquier bolsa. Para lanzarse a la aventura en solitario, es decir, sin meterse en un fondo de inversión, y aspirar a tener una cartera mínimamente diversificada es necesario contar, por lo menos, con $100,000 dólares disponibles.

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Una vez superado este escollo, quien se decida a obtener ganancias a partir de la compra y venta de valores debe saber que está iniciando una especie de empresa propia que deberá manejarse de acuerdo con los principios aceptados dentro del mundo de los negocios.

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El primero y más obvio de estos principios es: “Saber lo que se está haciendo, es decir, conocer su negocio”.

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El segundo: “No permita a nadie manejar su empresa a menos de que pueda supervisar su desempeño con cuidado y sea de su plena confianza”.

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El tercer principio: “No inicie una operación si no cuenta con previsiones confiables acerca de la existencia de una oportunidad o ganancia razonable. En particular, aléjese de operaciones de alto riesgo”.

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El cuarto es más positivo: “Tenga el valor que le da su conocimiento y experiencia”. Si usted ha formulado una conclusión sobre ciertos hechos y sabe que su juicio es sólido, actúe conforme a ella aunque otras personas no estén de acuerdo.

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En el mundo de los valores, la valentía se convierte en la virtud suprema después del conocimiento y el juicio probado. Lograr resultados satisfactorios en una inversión es más sencillo de lo que la gente cree, pero lograr resultados superiores es más difícil de lo que parece.

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¿Quién soy?
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En el proceso de formación de un patrimonio existen diversas actitudes personales —conservadora, agresiva, etcétera—, que llevan a escalar —y también a retroceder— los peldaños de la rentabilidad de una forma más lenta o más rápida. Cada quien deberá adaptarse a un perfil de inversionista de acuerdo con sus experiencias previas o su grado de aversión al riesgo.

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En lo que se refiere a la experiencia, ya sea propia o ajena, no existe frase más cierta y aplicable a la bolsa que la famosa advertencia de: “Aquellos que no recuerden el pasado estarán condenados a repetirlo”. Por ello, en el libro -El inversionista inteligente (The Intelligent Investor, Harper & Row Publishers, 1973), Benjamin Graham asegura que para invertir de manera inteligente en valores es necesario contar con un conocimiento adecuado del comportamiento que los bonos y acciones han tenido bajo las condiciones anteriores más variadas.

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De acuerdo con Graham, existen dos tipos de inversionistas: los que están siempre “a la defensiva” y los “emprendedores”. Los primeros, es decir, los inversionistas pasivos, centran toda su atención en evitar graves errores o pérdidas y buscan a toda costa liberarse del esfuerzo, malestar y necesidad de tomar decisiones frecuentes.

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En el lado opuesto, la característica determinante del “emprendedor” es su deseo por dedicar tiempo y cuidado a la selección de valores más sólidos y atractivos que el promedio. Esta clase de inversionista puede esperar una valiosa recompensa por su esfuerzo que se traducirá en mejores ganancias que las obtenidas por el inversionista pasivo.

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Es bien conocido el viejo principio de que las personas que no pueden correr riesgos deben contentarse con ganancias relativamente bajas. Pero no conviene dejarse engañar por ello y pretender ser alguien “agresivo” si esto no corresponde con la realidad: al final, el criterio que prevalece para realizar una inversión exitosa es el de elegir aquellos sectores y empresas con mayor probabilidad de crecimiento en el futuro.

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La necesaria especulación
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El “factor especulativo” existe y el inversionista deberá saber reconocer su existencia, por lo que deberá encontrarse financiera y psicológicamente preparado para enfrentar resultados adversos tanto en el corto como en el largo plazo.

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La diferencia más importante entre un inversionista y un especulador es su actitud hacia los movimientos del mercado. El interés primordial del especulador recae en anticiparse y obtener ganancias a partir de las fluctuaciones, en tanto que el inversionista se interesa en adquirir y poseer valores adecuados a precios convenientes.

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La especulación es siempre fascinante y puede resultar divertida cuando se está a la cabeza, pero si lo que se quiere es probar suerte, siempre será necesario reservar una pequeña parte del capital en un fondo separado para este propósito. Nunca hay que añadir más dinero a este fondo sólo porque el mercado haya ido al alza y las ganancias aumenten, ni mezclar sus operaciones especulativas y de inversión en la misma cuenta. A la larga, eso resulta contraproducente.

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Cuidado con los mareos
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En virtud de que las acciones están sujetas a amplias y recurrentes fluctuaciones, el inversionista inteligente se mostrará interesado en las posibilidades de obtener ganancias a partir de estos cambios en el mercado. Quien se sumerja en ellos debe estar preparado emocional y financieramente para beneficiarse de un aumento en el precio de sus valores o realizar compras y ventas a precios ventajosos. Este interés es inevitable y legítimo, aunque conlleva el peligro real de dejarse llevar a la deriva por actitudes y actividades especulativas.

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Es imposible que el inversionista tome en consideración todas las predicciones que aparecen todos los días. No obstante, es muy importante formarse alguna opinión acerca del curso futuro del mercado de valores y, para ello, nada mejor que recurrir a las casas de bolsa. Los pronósticos de estas instituciones son, cuando menos, mucho más confiables que los que pudiera generar él mismo.

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El formar una patrimonio en bolsa trae consigo la responsabilidad de defenderlo y acrecentarlo. Está en usted elegir que esto sea gracias a las reglas y consejos de quienes van más adelantados en el arte de invertir o madurando con base en recibir golpes. Pero, para quien opte por la segunda opción, es mejor recordar que, como siempre ocurre en cuestiones de mercado, no hay golpe que salga gratis.

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