El camino más barato hacia la democraci

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Ricardo Medina Macías

Tomó 21 meses convencer al gobierno y a los priístas de que los órganos electorales deben ser autónomos. Esto, considerando que los partidos de oposición y las personas activamente interesadas en la reforma democrática negociaban con un gobierno “decidido” a lograr los cambios hacia una reforma del Estado. Por este camino, ¿cuánto tiempo nos va a tomar arribar hacia una democracia plena?

- Todavía en 1986, cuando al gobierno federal encabezado por Miguel de la Madrid le produjo terror la posibilidad de un gobernador de oposición (Chihuahua) y echó mano de todos los medios legales e ilegales, justificados e inmorales, para cambiar el resultado de las elecciones estatales, se argumentaba que era una necedad hacer depender la democracia de la derrota del PRI. Se conjeturaba que gradualmente el partido en el poder se iría reformando al tiempo que los órganos y procesos electorales, así como los distintos poderes de gobierno, emprendían sus respectivas reformas impuestas por los tiempos. La alternancia, decía el argumento, no es garantía de democracia. El entonces presidente mexicano invocó los casos de Japón e Italia como ejemplos de países modernos y democráticos en los que por décadas había gobernado un solo partido político (poco tiempo después los electores japoneses e italianos, insumisos, desmintieron a De la Madrid).

- Más tarde, en 1988, hasta intelectuales rabiosamente independientes y de aguda inteligencia como Gabriel Zaid escribieron que anular las elecciones fraudulentas en ese momento (como proponía Manuel Clouthier) habría sido peligrosísimo; sería tanto como “rebasar en curva”, arriesgando con ello la estabilidad del país y la viabilidad misma de los cambios democráticos. Nueva llamada a la paciencia y al gradua­lismo.

- Hoy, en el segundo semestre de 1996, nos sale más caro seguir esperando la democracia y la reforma gradual que recurrir al expediente más eficaz e incontrovertible: la derrota contundente del partido oficial en las urnas, aun con una legislación imperfecta y con prácticas viciadas e inequitativas en la competencia.

- Ese, la alternancia en el poder, es el camino más barato hacia la democracia para México en estos momentos. Ese es el camino menos costoso y más seguro para reformar al PRI: lanzarlo a la intemperie de la competencia electoral desde la oposición para ver si sobrevive. No se trata de matar al PRI, sino de quitarle la costosísima y cada vez menos eficaz respiración artificial, desconectarle los aparatos que, con cargo a los contribuyentes, parecen mantenerlo con vida y ver si vive o muere como partido político desvinculado en serio del gobierno.

- Es un camino más seguro, porque el gradualismo reformista, en el que el gobierno y el PRI no ceden más que el mínimo indispensable, a regañadientes y hasta el último momento, le está dando visos de justificación social a movimientos fanáticos y terroristas, como el del llamado Ejército Popular Revolucionario (EPR), de clara matriz autoritaria y antidemocrática.

- Por otra parte, analizando la coyuntura específica en la que se encuentra México, no cabe duda que sería una pésima receta esperar todo de la buena voluntad del Presidente en turno.

- La democracia no será una dádiva que repentinamente nos obsequiará el Primer Mandatario, a pesar de que éste, en el caso de Ernesto Zedillo, sea de un talante menos autoritario que sus antecesores y abrigue ciertas convicciones liberales.

- Todavía en la víspera de que se concretara el acuerdo consensuado entre los partidos políticos para la reforma electoral que discutirá el Congreso, los priístas avanzaban arrastrando los pies, echando para atrás lo acordado antes, dilatando hasta el último momento la negociación con la esperanza de frustrar las reformas. Con su primitivismo característico, algún priísta notable comentó entonces que si la reforma no se concretaba no sucedería nada grave: “El Presidente estará disgustado un par de semanas, pero ya se le pasará...”, confiaba.

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- De esta forma, parece ser tiempo ya de abandonar la vía del regateo negociador para los avances democráticos. Preparémonos, mejor, para recuperar en las urnas la libertad que se nos ha arrebatado en las últimas décadas.

- Tal libertad política no será una dádiva que debamos agradecer a la infinita sabiduría de nuestros gobernantes, sino una conquista irreversible con la mejor arma de los países libres: el voto libre, individual, secreto, razonado. El voto de la esperanza, no el del temor.

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