El campo mexicano. Páramo y Vergel

Después de ser idílico, edén de charros apasionados y cuerno de la abundancia, la realidad actual
Mario Guillermo Huacuja

Durante muchos años gracias a las imágenes rústicas del folclore nacional, las canciones rancheras s y las películas de charros enamorados, la idea que el mundo se forjó de México era la de un país agrícola y campesino, cuajado de milpas y nopaleras, en donde una población uniformada con sombreros y huaraches tenía las tortillas y la ociosidad suficientes como para vivir en paz y darle rienda suelta a sus pasiones campiranas.

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Pero a partir de los años 60 todo cambió: la etapa de los caudillos y generales llegó a su fin, la modernización apareció montada en el lomo del desarrollo con estabilidad, y las ciudades establecieron finalmente su imperio. Después de haber sido durante toda su historia un país agrícola con una población mayoritariamente campesina, México se convirtió en una nación industrial izada con población mayoritariamente urbana. En la actualidad, el número de campesinos es de 23.3, millones de personas, que representan 28.6% de todos los mexicanos.

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Más aún: a partir de 1965, los productos del campo iniciaron su descenso en el papel de las gráficas económicas, y el Producto Interno Agrícola empezó a crecer por, debajo del crecimiento de la población. Se acabó el tiempo de la autosuficiencia alimentaría y el país empezó a importar alimentos. Las migraciones a las ciudades y al extranjero se multiplicaron, y los campesinos se sitiaron a la cola del desarrollo. Así, después de haber sido contemplado como un vergel idílico y cuerno de la abundancia, el campo mexicano se convirtió en un paraíso desolado.

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No sólo las mazorcas se reducen. En los últimos 30 años, la agricultura nacional no ha podido levantarse de su estado de postración. Mientras el resto de la economía ha tenido periodos de crecimiento y descalabros cíclicos, la producción agropecuaria ha sufrido un constante declive en términos relativos y se ha movido a la zaga del resto de las actividades productivas. En 1960, la producción agropecuaria representó 15.6% del Producto Interno Bruto (PIB); en 1990, alcanzó técnicamente 7.8%.

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Según estimaciones oficiales, este año el volumen de la producción de los 10 principales cultivos agrícolas será inferior en 13.3% en relación a las cosechas de 1994 (ver cuadro página 135). Los productos más afectados serán el maíz, el fríjol, el trigo, la soya y el sorgo.

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Debido a una funesta combinación de la sequía que azotó a las regiones agrícolas del país con la contracción del crédito y el incremento de los costos en virtud de la crisis económica, en los primeros ocho meses del año el déficit de granos básicos ascendió a seis millones de toneladas, en tanto que se dejaron de sembrar 400,000 hectáreas de maíz. Otro tanto sucederá con la producción de carne y huevo, que registrará una disminución anual de 2.4% y 3%, respectivamente, debido a los estragos causados por la sequía.

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Por otro lado, el aumento de los precios internacionales de ciertos productos y la devaluación del peso propiciaron una mejoría en la producción de frutas y otros productos que tendrán un ligero incremento de 1% con respecto a la producción de 1994. Un mayor impulso fue experimentado por la industria lechera, cuyo volumen de producción se estima que será superior en 3.3% al del año pasado.

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De acuerdo con el Plan Nacional de Desarrollo en materia agropecuaria, el objetivo central de la política aplicada al sector es incrementar el ingreso neto de los productores. Para ello, en el marco del Acuerdo de Unidad para Superar la Emergencia Económica (AUSEE) se acordó elevar los apoyos del Procampo a N$400 nuevos pesos por hectárea para el ciclo otoño-invierno 1994-1995, y a N$440 nuevos pesos para el de primavera-verano de 1995. Con ello, este año se esperan entregar cerca de N$6,500 millones de nuevos pesos a 3.4 millones de productores del campo.

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Sin embargo, en términos generales, la crisis que el campo ha padecido en las últimas tres décadas se esta agudizado en el presente año. Muchos productores se encuentran estrangulados por las deudas y la imposibilidad de pagarlas en los términos acordados originalmente, tal y como lo demuestra el surgimiento del movimiento El Barzón".

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En términos relativos, los apoyos crediticios al campo se han encogido notablemente en la última década: mientras que en 1990 los créditos otorgados por el sistema bancario al sector representaban 8.6% de los créditos otorgados a la economía en su conjunto, para este año se estima que esa proporción alcance 6.6%.

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Todo parece indicar que, en el arisco terreno del campo Mexicano, no sólo las mazorcas se reducen.

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Las rectificaciones con el exterior. En materia de producción agropecuaria, las comparaciones y los vínculos con el exterior siempre ubican a México en desventaja. De ahí la necesidad de liberar sus aranceles gradualmente en el marco del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos y Canadá, y de ahí también la necesidad de incrementar la productividad si el país realmente quiere ser competitivo.

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Esto se dice fácil, pero la solución no está aún a la vista. Considerando únicamente al maíz, que constituye una de las raíces más profundas de la agricultura nacional y el alimento primordial del pueblo, resulta que la productividad en México se ha elevado de 1,858 kilogramos que se producían por hectárea en 1985 a 2,028 que se producen en la actualidad. Sin embargo, aún se está muy lejos de los 6,150 y 7,840 kilogramos por hectárea que se producen en Canadá y en Estados Unidos, respectivamente.

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Aunque parezca mentira -y muchos aún se resisten a creerlo-, en medio de la crisis que azota a la nación existen islotes de la economía que están en auge, favorecidos por el incremento de los precios de sus productos y el pago en dólares (ver "Riqueza con aroma de café", en la página 136). Y algunos de esos islotes están en el campo, localizados en el sector exportador de la agricultura.

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Los números reflejan su buena estrella: durante el primer semestre de 1995, las exportaciones más dinámicas de la economía fueron las agropecuarias, cuyo valor significó un crecimiento de 63.4% con respecto al mismo periodo del año pasado. Entre ellas destaca el aumento de las ventas del café crudo en grano, jitomate, ganado vacuno, legumbres y hortalizas frescas, fresas, melón y sandía. Por su parte, las importaciones agropecuarias descendieron en 28% debido al encarecimiento del dólar. Con ello, el saldo de la balanza comercial agropecuaria mostró un superávit de $1,586 millones de dólares, cifra muy superior a los $67.9 millones de dólares de superávit en el primer semestre de 1994 (ver cuadro página 133).

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Proletarización campesina, ¿la solución? En las últimas décadas, dos de los más brillantes y rigurosos investigadores del campo mexicano han sido Arturo Warman y Gustavo Esteva. Desde 1960 hasta 1990 ambos publicaron una vasta bibliografía sobre el tema, dictaron una serie de cursos y conferencias, y sus nombres aparecieron indisolublemente ligados a la defensa de los campesinos y a los diagnósticos de la crisis que desde aquel entonces atormentaba al campo.

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Hoy en día, a pesar de que ambos especialistas salieron de los estrechos muros de sus cubículos académicos, los dos siguen vinculados a su tema de estudios, pero desde espacios radicalmente diferentes. Warman ha tenido una carrera rápida y en ascenso como funcionario público, primero a cargo de los Tribunales Agrarios y después como secretario de Agricultura, Ganadería y Desarrollo Rural y titular de la Secretaría de la Reforma Agraria (SRA). Esteva ha trabajado con Organismos No Gubernamentales (ONGs), grupos indígenas y campesinos, y en la actualidad ha decidido convertirse en campesino minifundista, para lo cual compró una pequeña parcela que cultiva con otras cinco familias en un paraje a 11 kilómetros de la ciudad de Oaxaca, tratando de demostrar que la forma de vida de los campesinos es una alternativa viable a las pesadillas de la modernización. EXPANSIÓN conversó con ambos sobre el tema que sigue siendo su pasión: los campesinos.

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"Además de la crisis que experimenta la producción agropecuaria en las últimas décadas -señala Warman-, el problema ancestral del campo nacional es la pobreza. Las dos terceras partes de los mexicanos que viven en condiciones de extrema pobreza se encuentran en el campo; 55% de la población rural está debajo de la línea de pobreza, y la cuarta parte de esa población vive en condiciones de extrema pobreza. Ese es nuestro principal desafío, porque la realidad nos dice que habrá 25 millones de mexicanos que permanecerán en el campo en el futuro."

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Hace algunos años, como consecuencia del avance tecnológico y la industrialización del planeta entero, se puso en duda la sobrevivencia de los campesinos. En las aulas y las oficinas se discutieron las probables vías de su extinción. Muchos libros pronosticaron la "proletarización" de los campesinos y la desaparición de sus formas de vida.

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Dice Esteva: "Mi opinión de antes es la misma que tengo actualmente: pienso que por razones ideológicas, tanto desde la izquierda como desde la derecha se ha pronosticado la desaparición de los campesinos. Y lo peor es que no fue simplemente un pronóstico de consideración ideológica, sino también parte de una política: el secretario de Agricultura de la pasada administración declaró que era parte de su obligación sacar del campo a 10 millones de campesinos. Eso significa que un aspecto de la política económica sostenía que lo mejor para los campesinos era que dejaran de serlo, para convertirse en otra cosa. Yo estoy absolutamente convencido de que tanto los campesinos como el país necesitan exactamente lo contrario. Creo que los campesinos no sólo no están condenados a desaparecer, sino que son nuestras mejores esperanzas como nación. Desde un punto de vista concreto y realista para el país, pienso que los campesinos representan la opción opuesta pero válida a la forma de vida que no ofrece la modernidad.”

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Grupos emergentes y minifundios. Después de 80 años de un tortuoso proceso de reforma agraria (la primera Ley Agraria fue expedida por Venustiano Carranza el 6 de enero de 1915), el reparto de tierras está finalmente llegando a su término. Warman afirma que el rezago agrario consta ya de sólo 6,473 expedientes y que en los próximos dos años este problema quedará resuelto de manera definitiva.

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Mientras tanto, se avanza en el proceso abierto por las reformas al Artículo 27 Constitucional en 1991, y que establecen las condiciones para que el ejidatario pueda ejercer el dominio de su parcela. "En la mayoría de los ejidos y comunidades se ha abierto una discusión al respecto -señala Warman-, y hasta el 30 de junio del presente año se habían titulado 27% de los ejidos. Eso significa que casi la tercera parte de los 3.5 millones de ejidatarios que existen en el país ya pueden disponer de su parcela individualmente."

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No obstante, es prematuro aún decir si los ejidatarios van a producir individualmente en sus parcelas, si se van a asociar apoyándose en las facilidades de la reforma, o si van a vender sus propiedades para emplearse en otras actividades. Según Esteva, ésa no es la tendencia: "La reforma introdujo un elemento de temor entre mucha gente, porque se pensó que los campesinos iban a vender masivamente sus tierras. En el caso de Oaxaca esto no ha ocurrido, y creo que a nivel nacional tampoco. Me consta que el asunto ha sido discutido en muchas comunidades aquí en Oaxaca, pero la decisión general ha sido la de no vender las tierras bajo ninguna circunstancia."

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Para el titular de la SRA, muchas son las cosas que han cambiado en el campo en los años recientes, y el propio desarrollo agropecuario ha creado nuevos escenarios: "En las últimas décadas -indica-, los conflictos estructurales de la agricultura mexicana han generado el surgimiento de varios grupos emergentes, entre los que se encuentran los grupos indígenas, las mujeres trabajadoras del campo, los jornaleros y los migrantes, que aún no encuentran un lugar en la legislación ni en las instituciones del país."

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Para enfrentar esos desafíos, la SRA afirma que se deben tomar medidas tendientes a transformar a las instituciones del medio rural para que presten mejor sus servicios a la población que vive en el campo, y se propone acabar con el rezago agrario en el corto plazo, continuar la titulación de las parcelas ejidales de acuerdo con las reformas al Artículo 27 Constitucional, combatir el minifundismo improductivo con políticas de capacitación y asociación entre los productores, fomentar la inversión productiva y seguir impulsando la industrialización del campo.

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Esteva, por su parte, está convencido de que el minifundismo productivo puede ser una alternativa no sólo para los campesinos sino para la sociedad en su conjunto, y exhorta a todos los mexicanos a abandonar el camino de una modernidad concebida como el -american way of life, que sólo ha conducido al país a una espiral de crisis económicas y sociales. "En virtud de la propia crisis, y por el fracaso de muchas visiones desarrollistas, existe hoy en día la posibilidad de una regeneración de la agricultura campesina que puede ser muy promisoria. Ojalá que le allanemos el camino en lugar de obstaculizarlo, tal y como lo hemos venido haciendo en los últimos años."

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