El costo de la estabilidad

Cuidado con caer en la tentación del modelo de la estabilidad artificial, el cual genera un &#34cí
Alejandro Castillo

A pesar del alto precio que pagó México como resultado de una experiencia de “estabilización” artificial, persisten posiciones que suponen que ése es el único camino a seguir. Frente a eso, valga insistir en la inconveniencia de buscar una estabilidad a toda costa como condición indispensable para vivir, y en cambio destacar la necesidad de explorar caminos alternos para alcanzar el desarrollo y la satisfacción de las necesidades de los mexicanos.

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El “círculo virtuoso” de la estabilidad
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Cuando se afirma que la economía mexicana debe funcionar con estabilidad —con un peso “fuerte”que elimine la inflación y contribuya a bajar las tasas de interés—, el problema es decidir cómo alcanzar ese entorno.

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Un camino sería instrumentar medidas que propicien el fortalecimiento de la planta productiva nacional y su productividad. La forma de lograrlo: la acción coordinada de todos los sectores y, ante la ausencia de una política arancelaria, se podría utilizar la subvaluación, acompañada de otras medidas, para propiciar una mayor inversión y ahorro en el país.

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Otro camino es el que se aplicó en el sexenio pasado, el cual, de hecho, es parte de un “modelo” — si se le puede llamar así— que en forma casi esquemática se sigue en varios países de América Latina, excepto en Chile, y que en México aún tiene muchos adeptos.

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La receta afirma que sin estabilidad no hay crecimiento o competitividad y por eso el combate a la inflación se convierte en un objetivo prioritario.

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Para lograrlo, los administradores gubernamentales limitan las variaciones en el tipo de cambio, mediante la obtención de flujos crecientes de capital externo que se dirigen a los mercados especulativos, donde logran elevadas tasas de interés, o a inversiones directas en áreas recién abiertas al capital privado.

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Con los recursos así generados, los gobiernos pueden cubrir el déficit comercial provocado por una importación creciente de mercancías utilizadas para deprimir los precios internos.

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Finalmente, como ese mecanismo permite reducir la tasa de inflación, se produce una baja en las tasas de interés nominal. Así, se cumple lo que se ha pretendido vender como el “círculo virtuoso” de la estabilidad.

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La otra cara: el “círculo perverso” de la estabilidad -artificial
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Interesados en que prevalezcan sus posiciones, a los “estabilizadores” no les importa proponer la fijación del tipo de cambio y el aumento artificial del poder adquisitivo, basados en un financiamiento cuyo costo podría exceder, como sucedió en 1994, la capacidad de pago del país. Asimismo, rechazan mantener un tipo de cambio subvaluado porque eso representa un subsidio a los -exportadores, pero, en sentido inverso, no reconocen que uno sobrevaluado subsidia a los productores del exterior, perjudicando a los locales.

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Lo cierto es que imponer una estrategia de estabilidad artificial, a cualquier costo, tiene graves repercusiones para las economías nacionales.

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Contener la inflación interna mediante la importación de bienes con un tipo de cambio fijo no tiene mayor magia: los productos importados provienen de países que ya tienen una estructura económica eficiente y por esa razón sus precios tienen variaciones mínimas. Además, al fijar el tipo de cambio, un gobierno que quiere reducir la inflación regularmente sobrevalúa su moneda, otorgando un subsidio implícito a las importaciones. Por si fuera poco, en ocasiones, dada la urgencia por demostrar resultados espectaculares de los programas “estabilizadores”, permite prácticas -desleales de comercio en contra de los productores nacionales.

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Eso impacta en las unidades productivas del país receptor, muchas de las cuales se ven obligadas a cerrar. Las que pueden sobrevivir, lo hacen mediante drásticos ajustes: aumentan su productividad mediante cargas de trabajo más intensas y también con un fuerte incremento del desempleo. Aparentemente, el poder adquisitivo mejora, porque el manejo de la paridad cambiaria da la idea de fortaleza, reflejada en el consumo de mercancías importadas. Esto repercute en el abandono de actividades básicas, lo que aumenta la dependencia de la producción externa.

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Como se reduce el margen de utilidad en los sectores de bienes comerciables, la inversión productiva se dirige al sector servicios. Pero dicho sector, proporcionalmente, es el que genera menos fuentes de empleo y además, su desarrollo y -salud dependen del desempeño de la agricultura y de la industria.

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Para financiar el déficit comercial generado por la importación de mercancías, se recurre a captar divisas. Así, los gobiernos incrementan su deuda externa documentada y abren sus mercados financieros, lo que también hace aumentar dicha deuda, mediante el ofrecimiento de elevadas tasas de interés. Por supuesto, aprovechando la ola “privatizadora”, además obtienen recursos con la venta de activos nacionales. Y vale insistir en que los capitales foráneos no ingresan a los países del área en función de la “confianza” en ellos; llegan en pos de utilidades extraordinarias o, en el mejor de los casos, en la búsqueda de posiciones en mercados clave. Cuando ya no puedan obtener esos beneficios, incursionarán en otros horizontes.

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Así, se cierra el “círculo perverso”. Por lo tanto, el modelo estabilizador es, en realidad, profundamente desestabilizador.

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Sin embargo, existen opciones
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El virtuosismo del “modelo” predominante en América Latina, en realidad, pinta mejor para los países industrializados. Gracias a éste, dichas naciones abren espacios para su capital, el cual destinan a financiar la venta de sus mercancías a sociedades que se vuelven consumidoras de productos importados, lo que a su vez aumenta su dependencia tanto productiva como de capital. Quienes apoyan la “estabilización” dicen que lo hacen por el bien de la población, pero, como se puede observar en Argentina, lo cierto es que conduce a una grosera concentración del ingreso y a elevadas tasas de desempleo.

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México no debe perder de vista el riesgo de verse en similar situación, de modo que está obligado a buscar otras opciones que le permitan generar empleo y frenar la emigración. El modelo alterno, que podría basarse en la subvaluación, permitiría aprovechar la excepcional posición del país para atraer capitales foráneos hacia campos que propicien una mayor integración y desarrollo tecnológico. El margen de subvaluación deberá considerar que un país con los rezagos de México no sólo deberá estar en condiciones de competir, sino de generar excedentes para la inversión y la investigación.

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