El costo social del ajuste económico

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Arturo Damm Arnal

A estas alturas de la crisis, y del programa de ajuste, no tiene mucho sentido hablar de lo que el gobierno podría haber hecho para evitar, hasta donde esto es posible, los llamados costos sociales de la estabilización, es decir, del programa de ajuste. Pero de lo que sí tiene sentido hablar, y reflexionar, es sobre la lección que todo esto nos deja.

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Y ésta es muy clara: el poder destructivo de las malas políticas económicas gubernamentales es enorme. Por ello hay que evitarlas, consistiendo en ello una de las principales responsabilidades del gobierno. Si a los hechos vamos, el gobierno mexicano, desde hace veinte años, no la ha cumplido. Ya va siendo hora. ¿Será?

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Muy probablemente el gobierno no tenía, a principio de año, otra opción que la que puso en práctica: una política fiscal superavitaria y una política monetaria contraccionista que acabaron por restarle, de una manera considerable, liquidez a la economía. El resultado ha sido, en primer lugar, una cierta estabilización de los mercados financieros (tasas de interés y tipo de cambio) y una considerable reducción en el índice de inflación mensual.

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Desafortunadamente, no han sido éstos los únicos resultados del programa de ajuste. La recesión y el desempleo no se hicieron esperar. Al segundo trimestre del año la tasa de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) tuvo una contracción de 10.5%, la mayor para cualquier trimestre, de cualquier año, en lo que va del siglo. Antes, la mayor contracción del PIB había sido en el cuarto trimestre de 1929, en plena Gran Depresión, cuando la economía mexicana decreció a 7.5%. Resultado inevitable de la recesión ha sido el desempleo, mismo que, en lo que va del año, se ha duplicado. Terminamos 1994 con una tasa de desempleo abierto de 3.2%; en estos momentos la misma ya es mayor a 7%. Ello es una muestra del costo social, y el mismo es el producto, no de la devaluación ni de la crisis que ésta desató, sino del programa de ajuste, es decir, de la política fiscal superavitaria y de la política monetaria contraccionista, las cuales han dado como resultado una menor liquidez en la economía.

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Lo dicho: muy probablemente el gobierno no tuvo otra opción que, ya devaluado el peso y ya desatada la crisis, aplicar un programa de ajuste esencialmente recesivo como el que aplicó. Muy probablemente no la tuvo, sobre todo si lo que se quería (tal y como fue) era conseguir el paquete de rescate financiero que le permitiera solucionar el problema de los Tesobonos. Dado que el programa de ajuste ya se aplicó, y que la recesión y sus efectos (destacadamente el desempleo) ya se dieron, y que palo dado ni Dios lo quita, lo importante es que no se vuelvan a cometer los mismos errores de política económica en el futuro. Porque una cosa debe quedar clara: la crisis es el resultado de las malas políticas económicas del gobierno; en concreto, de la mala política cambiaria. Y es ése tipo de política el que a la larga acaba por crear una situación económica insostenible, que exige el ajuste que trae consigo un elevado costo social. Botón de muestra lo somos nosotros mismos. ¿Y cómo evitar las malas políticas económicas gubernamentales? Respuesta: dejando que el mercado funcione, no distorsionando sus procesos, no manipulándolo. Mientras no lo hagamos seguiremos como hasta ahora: de crisis en crisis, sin crecimiento elevado, general y sostenido, sin empleos productivos y suficientes en el sector formal de la economía, sin estabilidad de precios.

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Los costos sociales, desde el repunte inflacionario hasta la recesión y el desempleo, son el resultado del programa de ajuste con el cual se pretende estabilizar el comportamiento de algunas variables financieras, comportamiento que no es estable debido a la devaluación y a sus efectos sobre el resto de la economía. Y la devaluación, hay que repetirlo para no volver a cometer el mismo error en el futuro, fue el resultado, tal y como lo viene siendo desde hace veinte años, de las malas políticas económicas del gobierno, políticas cuyos efectos destructivos son enormes. Muestra de ello son los costos sociales. ¿Lo podemos dudar?

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El autor es profesor en le Escuela de Economía y en la Facultad de Filosofía de la Universidad Panamericana.

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