El día en que México cambió

El 2 de julio quedará grabado en la memoria de los mexicanos como el histórico día en que la gent

Señoras y señores: la democracia triunfó. Los mexicanos acudieron al llamado de las urnas y, de manera ordenada, transparente y libre, expresaron su veredicto: un contundente sí al cambio.

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El 2 de julio México fue una fiesta. Y con justa razón: la gente participó y creyó en la importancia de su voto, se disipó de un plumazo el fantasma de los fraudes electorales, se comprobó la fortaleza de las instituciones, se dieron muestras fehacientes de madurez política –la intachable actuación del Instituto Federal Electoral, el discurso del presidente Ernesto Zedillo y el reconocimiento de la derrota por parte de Francisco Labastida, entre muchas otras reacciones positivas– y se puso la primera piedra de la construcción de la alternancia en el poder.

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En el umbral del siglo XII los mexicanos optaron por una propuesta distinta, pero sin extender cheques en blanco. Ahí está, finalmente, el muy saludable poder de la democracia: decidir quién nos gobierne y exigir que cumpla. Y aquí cabe señalar que no partimos de un punto cero. En los últimos años México ha vivido una importante transformación económica que, si bien no ha dado suficientes resultados, es el indicado para insertar al país en la corriente global.

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Se hizo la perestroika, pero faltaba la glasnost. La “revolución de terciopelo” del pasado 2 de julio es la prueba fehaciente de que la reforma política ya está en marcha, y no debe tener retorno. Así, México podrá, finalmente, hacer germinar todo su potencial. Para los hombres y mujeres de negocios, lectores de esta revista, esto significa ni más ni menos que la posibilidad real de un escenario estable y prolífico para crear mayor riqueza. Con las reformas económica y política, estamos abriendo la puerta del crecimiento de las empresas y del desarrollo sostenido e incluyente.

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Ahora toca trabajar. Y mucho. Los cambios no operan por la vía milagrosa. Pero las condiciones están dadas. Si en efecto el nuevo presidente gobierna con responsabilidad, comprometido con la legalidad, nos demostraremos a nosotros mismos y al mundo que México es, al fin, mayor de edad, una tierra confiable para sus propios habitantes y para quienes, desde fuera, desean visitarlo o hacer negocios.

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Insistimos: México merece festejar. Más que por el triunfo de un individuo o de un partido, por la victoria ciudadana. En la vida pública de un país, nada es más sano y constructivo que la gente sea la que trace su propio camino. Y así ocurrió en aquel día que será recordado y celebrado. Hoy, vale decirlo, podemos estar orgullosos de nosotros mismos.

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