El daño de devaluar

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Sergio Sarmiento

Las devaluaciones bruscas rompen la confianza: son una verdadera traición a los inversionistas. Este aspecto psicológico es lo que las distingue de otros instrumentos de política financiera, como, pueden ser la emisión de circulante y las tasas de interés

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Las autoridades no midieron lo suficiente este costo psicológico al decidir devaluar el peso ante el dólar el pasado diciembre. Las consecuencias de la medida han sido tan dramáticas que hay motivos para pensar que se debió haber resistido más y mejor ante la presión.

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Un ex secretario de Hacienda me decía hace poco que una devaluación tiene consecuencias perversas en una economía porque "castiga a quien tuvo confianza y premia al especulador". En un país como México, en el cual las devaluaciones bruscas han sido una pesadilla recurrente desde 1976, la depreciación de diciembre último ha hecho renacer la convicción entre inversionistas y ahorradores de que sólo las divisas extranjeras son un verdadero vehículo para conservar el valor del dinero. En este sentido, la última devaluación rompió con una confianza construida con muchos problemas desde diciembre de 1987, última fecha de una devaluación abrupta.

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Son de sobra conocidas las presiones sobre el peso a lo largo de 1994 y especialmente en noviembre y diciembre. La Secretaría de Hacienda y el Banco de México habían establecido un nivel de reservas que se consideraba mínimo y éste se alcanzó poco antes de la devaluación. En un país sin la historia de las traiciones devaluatorias, el ajuste cambiario habría sido suficiente para tranquilizar los mercados. Pero, aquí, la reacción de los mercados fue terrible y se ha mantenido a lo largo de meses.

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¿Habría sido posible resistirse a la medida? Es difícil saberlo, pero hay indicaciones de que las autoridades no tomaron las medidas financieras necesarias para resistir o cuando menos para hacer la devaluación más ordenada. Las tasas de interés, por ejemplo, no se elevaron en los meses cruciales de noviembre y diciembre, a pesar de la fuga de capitales, en tanto que la base monetaria creció a niveles muy fuertes durante todo 1994. Estas dos decisiones son exactamente las contrarias que habría que aplicar para impedir una devaluación brusca.

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Las tasas de interés se encontraban en noviembre y diciembre a niveles cercanos a 14% (seis a siete puntos porcentuales por arriba de la inflación). El Banco de México se resistió a elevarlas más porque la banca comercial enfrentaba ya serios problemas en su cartera vencida, que se agravarían con un incremento en el costo del dinero. Pero quizá estaba también el deseo político de hacer de 1995 el año del bienestar para la familia.

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Hay razones para pensar que una elevación de entre cuatro y cinco puntos porcentuales en los intereses antes de la devaluación de diciembre habría tranquilizado los mercados cambiarios. Después de la medida, sin embargo, hubo que recurrir a un alza en los créditos. Ya con la confianza hecha pedazos, los ascensos de hasta 40 y 50 puntos no bastaron para calmar el pánico.

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El Banco de México tenia aproximadamente $12,500 millones de dólares en reservas al término del sexenio de Carlos Salinas de Gortari y $10,500 millones de dólares antes de la devaluación. Las cifras son muy inferiores a los $29,000 millones de febrero, pero no despreciables. Por otra parte, México no había utilizado hasta ese momento ni un centavo de los $7,000 millones de dólares aprobados entonces por la Reserva Federal de Estados Unidos y el Banco de Canadá para estabilizar a la divisa mexicana. Es claro que un país no quiere quedarse sin reservas, por lo que no se puede resistir indefinidamente ante una presión devaluatoria. Pero no podemos olvidar que fue la devaluación la que nos dejó finalmente sin reservas (sólo el primer día se perdieron $5,000 millones de dólares). En retrospectiva, habría valido más la pena luchar con las reservas que se tenían, antes que perderlas sin perspectivas después del desplome del peso.

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A veces es necesario devaluar, como en febrero de l982, cuando el exceso de gasto público provocó el primer gran desplome económico mexicano. Pero la situación era distinta en diciembre de 1994. En este caso, la medicina resultó mucho más dañina que la enfermedad que pretendió curar.

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El autor, director editorial de Encyclopaedia Británica Publishers, Inc. (Iberoamérica), es también columnista en varios periódicos nacionales, entre ellos Reforma y El Norte.

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