El desaire de Fidel

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Ricardo Medina Macías

El año pasado un nutrido grupo de “sensibilidades progresistas” mexicanas, encabezadas por el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas y su señora madre, doña Amalia, viajaron a Cuba para rendir homenaje (en el “suelo progresista” de la isla caribeña) al extinto general Lázaro Cárdenas.

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Lo relevante de la excursión, según han contado varios de sus protagonistas, es que el comandante Fidel, amo y señor de la isla, no los acompañó en las celebraciones, ni los recibió como --creían- debiera ser recibida tan “progresista” delegación.

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Algunos conjeturaron que Fidel los desairó porque en Cuba radica ahora, tan campante, el ex presidente Carlos Salinas de Gortari y que éste, avieso y terco, advirtió al ex héroe de la Sierra Maestra: “Mire don Fidel: a estos ‘progres’ es mejor no verlos, ni oírlos. No hay cosa que más les duela”.

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El caso podría equipararse al de un grupo de devotos (señoras y señores) que hacen peregrinación a Roma con el exclusivo objeto de ver y escuchar al Papa, y éste, contra todo pronóstico, no se deja ver ni escuchar, tal vez porque ha viajado a paganas tierras de África a convivir con hombres y mujeres infieles que aún viven en pecado. O mejor: con el de una excursión de niños y niñas a Disney World, tras la cual los infantes regresan a México llorosos y decepcionados al no ver a Mickey Mouse, porque andaba de francachela con Bart Simpson.

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A pesar de que Fidel Castro nunca ha sido santo de mi devoción (lo que desde la juventud me ganó el mote despectivo de “la derecha ilustrada”), debo admitir que tuvo razón en desairar a -la troupé de “progres” mexicanos.

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Bastantes problemas debe tener el comandante para además “soplarse” --como dice el vulgo- la anticlimática presencia del ingeniero Cárdenas, con su cara de permanente dolor de estómago y retórica de hace 25 años. Por si fuera poco, en la abigarrada comitiva no faltarían los y las “progres” deseosos de tomarse la foto del recuerdo con Fidel, intercambiar unas palabritas con el último bastión de la izquierda en el mundo (eso se suponía ¿no?) y grabarlas en la memoria o en la cinta magnética para envidia de compañeros y compañeras que, “progresitos”, se quedaron en México. Hasta Castro debe sentirse fatigado de ser una especie de Rey Elvis o de “Luismi” de las mentalidades progresistas. Como ellos, él ha comprendido que si se trata de dar reliquias y recuerdos, hay que recibir algo tangible y valioso a cambio.

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Por si fuera poco, y suponiendo que sea cierta la versión que ubica al villano de moda, Carlos Salinas, como una especie de socio de Fidel (al que habría prometido inversiones cuantiosas en la isla caribeña y hasta algunos consejos para negociar con los gringos), no le habrán faltado razones pragmáticas al comandante para complacer a un ex presidente de nuestro país. Después de todo, además de tener también un hermano Raúl, Castro debe recordar con agradecimiento el yate que le obsequió otro generoso ex presidente, Luis Echeverría, aquél mismo en el que se paseó con Felipe González (cuando aún eran amigos), Gabriel García Márquez y el divertidamente indiscreto Alfredo Bryce Echenique, quien contó la historia. No le ha ido mal, pues, en su trato con los mandatarios mexicanos.

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Por todo esto, me permito de la manera más atenta reiterar mi sugerencia de que se funde, con recursos gubernamentales, el Fondo para la Conservación de las Sensibilidades Progresistas (Fonconsenpro), cuya existencia evitaría tantas decepciones y desaguisados.

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Si se me hubiera hecho caso y ya existiera el Fonconsenpro, éste sin duda habría sufragado los gastos de la gira a Cuba y habría permitido, por ejemplo, que el “Cuau” y compañía llegaran con algún buen obsequio por delante que ablandara el corazón del comandante Castro y le permitiera recobrar la vista, el oído y, por supuesto, el habla (que la tiene larga y tendida). El obsequio podría haber sido un yate (por ejemplo, el mismo en el que se divertía Raulito Salinas con la sevillana, decomisado a favor del Fonconsenpro), mejor equipado y conservado que el que recibió Castro de Echeverría (todo por servir se acaba y es probable que el yate de Raulito supere con creces al viejo yate del señor de San Jerónimo y anexas). Entonces, como por arte de magia, habría habido abrazos revolucionarios, brindis con buen ron, mojitos, fotos del recuerdo, sentidas palabras ante la estatua de don Lázaro, apapachos al “Cuau” y su mamá. Todo un éxito progresista. Pero nada, no me hacen caso.

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