“El desorden urbano arrastra al comerci

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Zacarías Ramírez Tamayo

Los padecimientos de la Ciudad de México lastiman el comercio establecido, una de sus actividades esenciales. Cada vez más, la ilegalidad impone sus métodos en el sector que podría darle viabilidad económica a la capital del país, señala en entrevista José Alfredo Santos Asséo, presidente de la Cámara Nacional de Comercio (Canaco) de la Ciudad de México y estratega empresarial en la guerra interminable contra los ambulantes.

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¿Cuál es el panorama actual para los comerciantes de su organización?
A pesar de que en estos momentos está deprimido, el mercado interno es muy grande: esta ciudad sigue siendo la entidad del país que más turismo nacional y extranjero recibe. El comercio que representamos es el que le puede dar viabilidad a la Ciudad de México. Pero esta urbe tiene también severos problemas, debido a que se le ha dejado crecer en forma inmoderada; la inseguridad y el creciente ambulantaje en las calles son los principales.

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La ciudad tiene gran relevancia en la economía del país, pero ¿existe la infraestructura que debe corresponder a esa importancia y a la proyección internacional que se le quiere dar?
Sí. La oferta comercial es rica y tiene la calidad necesaria para hacer frente al reto de proveer a una ciudad que, con la zona conurbada y la afluencia de visitantes que recibe, debe atender a cerca de 19 millones de consumidores potenciales. Existen comercios con las especificaciones que se pueden encontrar en los mejores lugares del mundo y comercios tradicionales –de barrio y en la calle– que cumplen la labor de satisfacer a la población en sus áreas de residencia.

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Pero hay inconsistencias. El centro comercial Santa Fe, por ejemplo, tiene serios problemas de vialidad y transporte, mientras que el Centro Histórico, donde hay plena cobertura de servicios, buena ubicación y un flujo extraordinario de personas, está semiabandonado.
Eso ciertamente es un problema, porque se ha creado un turismo compuesto por toda esa gente que viene de los anillos exteriores al centro de la ciudad, donde se sigue concentrando la actividad económica. Sin embargo, la vivienda se ha desalentado. Hemos propuesto volver a dar viabilidad a esas zonas para que la gente regrese a vivir en el centro de la ciudad. En el mundo está comprobado que cuando se vuelven a habitar esas áreas, automáticamente empiezan a dignificarse por el cuidado de la gente allí instalada.

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El crecimiento de la ciudad ha sido desordenado y expansivo, con flujos y reflujos demográficos. ¿El comercio ha sido arrastrado por ese fenómeno?
El comercio ha sido una respuesta a este crecimiento silvestre, sin planeación, con una velocidad a veces superior a la capacidad para darle respuesta, por lo que ésta ha sido asistemática, ni siquiera caótica. En esto influyó la falta de un plan rector de crecimiento y el hecho de que, cuando en 1982 se intentó dar cierto orden a través de un plan de uso del suelo, éste fue rebasado por la corrupción, pues se dejaba a la discrecionalidad de las autoridades otorgar o no cualquier permiso.

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¿Qué consecuencias directas tuvo esto en el comercio?
Impactó a la ciudadanía más que al comercio, porque se ha reflejado en mayores costos en la operación de la ciudad, que finalmente pagamos todos... bueno, casi todos. Hay todavía una actividad que se mueve al margen de la ley, que no contribuye al desarrollo de la ciudad, sino que, por el contrario, ha contribuido a encarecer esos costos: el ambulantaje. Fuera de este grupo privilegiado, todos estamos pagando las consecuencias de este crecimiento caótico.

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El problema del comercio ambulante, que con el paso del tiempo se ha acrecentado en lugar de resolverse, al parecer requiere de un planteamiento de fondo.
Ya existe. El ambulantaje se ha planteado como un falso dilema para hacer creer que la gente que se dedica a esta actividad lo hace porque no existen otras alternativas. Nuestra postura parte del reconocimiento de que no se debe ir en contra de la fuente de trabajo de toda esta gente, ni de la vocación empresarial de algunas de ellas. De hecho, muchos empresarios empezaron en las calles y después pasaron a la economía formal. Si esto no ha seguido ocurriendo es porque no les conviene a las autoridades ni a los líderes, que yo llamo caciques. Pero la idea de que quienes se han dedicado al comercio ambulante lo sigan haciendo de una forma coordinada es perfectamente factible. El desorden no es una condición inherente a esta actividad, aunque sí contribuye a que a algunos les resulte rentable.

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Se dice que el ambulantaje es la solución a la crisis y al desempleo; nosotros pensamos que, al revés, perpetúa estos problemas. Para que sea legal, lo único que se requiere es voluntad política y terminar con la enorme corrupción entre líderes y autoridades. Se trata de una situación perversa de prestaciones y contraprestaciones: “Admito tu actividad, aunque sea ilegal, siempre y cuando me apoyes en manifestaciones políticas.”

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Proponemos tres soluciones. Primero, la reubicación del comercio de la vía pública a predios diseñados para esta actividad y en los que se le reconozca su formato de venta.

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La primera acción es, entonces, construir plazas y prohibir realmente los establecimientos en la calle.

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En segundo lugar, al tratarse de una actividad lucrativa, el ambulantaje debe contribuir a la sociedad pagando los servicios de los que hace uso, como la electricidad o la limpieza de las calles, porque de lo contrario esos gastos los tiene que hacer el gobierno con nuestros impuestos.

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En tercer lugar, se debe actuar contra quienes venden mercancía robada. No hay crisis que justifique la venta de artículos robados. Están identificados los lugares donde se concentran los artículos robados de camiones y comercios, y que van a dar al ambulantaje –su salida natural–. También se venden artículos que entran de contrabando o que son producidos en algún establecimiento informal, por lo cual no entran al ciclo económico.

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Hay quien dice que la frontera entre el ambulantaje y el comercio establecido es muy tenue. Suponen, por ejemplo, que a raíz de la devaluación de 1994, algunos comerciantes establecidos pudieron verse forzados a buscar en el ambulantaje una alternativa a la baja en las ventas.
No creo que estos ejemplos, que sí se dan, sean por la crisis. Ocurren, más bien, porque esa gente no encuentra la razón para estar en la legalidad cuando afuera campea la ilegalidad. Sienten que su posición, como comerciantes establecidos, es de mucha más debilidad porque pagan impuestos, reciben inspectores todos los días y deben cumplir con una gran cantidad de trámites. Esto ha hecho que algunos de ellos salgan a la calle, pero son casos muy contados. Le voy a explicar por qué, aunque no voy a defenderlos. No crea que el ambulantaje es una decisión individual de libertad. Lo reto a que usted lo considere: “Me voy a volver ambulante, tengo algunas prendas y las voy a vender en la calle.” Dos horas después estará golpeado, le habrán robado su mercancía y estará amenazado de muerte. Las calles están absolutamente controladas por los líderes que le dirán: “¿Tienes fondos, qué vendes y cuánto pagas?” No hay tal libertad de decisión empresarial para ser ambulante. Las calles están repartidas entre los líderes. No hay nadie que no pertenezca a una asociación. Se vende lo que los líderes quieren que se venda.

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Un comerciante que decide irse al ambulantaje tiene que entrar en esta corrupción. Si alguna vez esta fue una labor de subsistencia, eso ya quedó atrás. Hoy es una actividad extraordinariamente rentable, por eso está proliferando. Tampoco es verdad que sea resultado del desempleo. En estos momentos, en el Distrito Federal hay más gente empleada que nunca; sin embargo, hay más ambulantes. En diciembre, cuando se otorgan permisos extraordinarios en el Centro Histórico, el ambulantaje se desdobla en una forma extraordinaria.

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Hay una idea romántica que asocia al ambulante con el bolero o con aquel personaje que sale a la calle con sus tamales y su tambo de atole para recorrer las obras en construcción y darle de comer a los albañiles. Nadie en su sano juicio estaría en contra de este tipo de actividades. Pero lo que el ambulante vende, actualmente, son aparatos electrodomésticos, suéteres, casetes piratas, etcétera.

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¿Existe algún tipo de relación –por ejemplo, de proveeduría– entre los comerciantes establecidos y los ambulantes? En algún momento las autoridades delegacionales llegaron a decir que tenían documentados casos de este tipo.
No puede ser que el comercio establecido le venda a los ambulantes. No digo que no existan comercios informales establecidos, porque el hecho de que ocupen un local no implica que estén en orden legalmente. Sin embargo, últimamente se ha presentado una gran incidencia de robo de productos farmacéuticos, por ejemplo, lo que significa que existen farmacias informales, aunque establecidas, que compran lo robado.

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El comercio establecido tiene que pagar el Impuesto al Valor Agregado y el Impuesto Sobre la Renta, por lo que, aun suponiendo que no repercutiera el costo del local, sería incosteable para el ambulante comprarle al comerciante establecido. Considerando los números, eso no es factible. Hay que entender que el ambulantaje es sólo una de las formas, quizás la más visible, de la venta informal. Calculamos que esta práctica, entendida como toda aquella que está fuera de la ley, representa cerca de 40% del Producto Interno Bruto (PIB) del comercio de la ciudad, y está creciendo al tiempo que la venta formal está cayendo.

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¿Hay perspectivas con el cambio de gobierno en cuanto a detener esta tendencia?
Creo que sí. Hay perspectivas halagüeñas de que esto se pueda revertir. Óscar Espinosa, que estaba realmente preocupado por el ambulantaje, lo trató de contener, pero fue rebasado debido a que todo el sistema estaba viciado y a que es muy difícil que una persona pueda controlar eso. Cuauhtémoc Cárdenas entra con la voluntad de hacer mejor las cosas en materia de ambulantaje y de darle viabilidad social a quienes se dedican a esta actividad. Entra sin ningún compromiso y sin ningún vicio de sistema, lo que le da oportunidad de corregir ese problema. La Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP) también debe participar. Por primera vez se habla de gravar los ingresos de los ambulantes; cuando menos hay la intención de hacerlo.

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¿El plan de tres puntos que usted propone concuerda con el nuevo modelo de crecimiento de la ciudad que impulsarán las autoridades?
Lo primero que nosotros consignamos en nuestro plan es, precisamente, una visión metropolitana de la Ciudad de México. No es factible seguir viéndola como un área aislada, ajena a la influencia de las zonas conurbadas. Si estas zonas hacen su propio proyecto nunca habrá una solución de fondo. Es importante también que haya un verdadero estado de derecho, es decir, reglas claras y que sirvan para todos. En esa medida podemos planear el futuro de la ciudad. En los planes delegacionales aparentemente están fijando las reglas del juego, es decir, se elimina la discrecionalidad y ahora sabemos lo que se puede y lo que no se puede hacer. Si tenemos esa claridad en el diseño urbano, vamos a lograr orden y, por lo tanto, más eficacia.

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¿Qué es lo que puede hacer el comercio organizado para darle a la Ciudad de México capacidad de respuesta frente al entorno regional, nacional e internacional?
Preparar a los empresarios para ser más eficientes, más competitivos. Tenemos gran cantidad de cursos y seminarios gratuitos para comerciantes pequeños y medianos, para que tengan la posibilidad de competir.

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Con el fin de que esta ciudad sea más eficiente, estamos exigiendo la simplificación administrativa y la desregulación. Y de forma concreta estamos incidiendo a través del Centro de Comercio de la Ciudad de México (recientemente inaugurado). A pesar de que en el Distrito Federal se genera 25% del PIB y de ser el principal destino turístico del país, lamentablemente no tenemos suficientes espacios para alentar ferias, exposiciones y convenciones. Es una gran debilidad de la ciudad. Decidimos hacer nuestro centro de negocios con el fin de corregir de forma parcial esta carencia de oferta. Es una pena que, por ejemplo, la Asociación de Tiendas de Autoservicio y Departamentales (ANTAD) tenga que organizar sus convenciones en Guadalajara cuando su sede está aquí.

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¿Qué opinan los comerciantes de los proyectos inmobiliarios a cargo de inversionistas extranjeros en el centro de la ciudad?
Cuando nos llamaron a arreglar nuestras fachadas en las calles de Tacuba, 5 de Mayo y Madero todos participamos. Es un ejemplo –aunque pequeñito– de que los comerciantes cooperamos. Pero con el ambulantaje va a ser muy difícil que alguien se anime a invertir, porque los precios de los inmuebles se vienen al piso. El Proyecto Alameda me parece fenomenal, pero si la banqueta de 12 metros de Avenida Juárez se llena de ambulantes no creo que haya alguien que se aviente a hacer una multimillonaria inversión en dólares.

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Es uno de los grandes retos de Cárdenas. Si hace valer la ley en la ciudad, particularmente en el Centro Histórico, habrá mucha gente interesada en volver a vivir allí. Hay inmuebles en donde se requiere una inversión menor para reestructurarlos y habitarlos. Toda la zona centro podría ser revitalizada.

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¿No cree que es exagerado ver en el ambulantaje el gran obstáculo para detonar económicamente esta zona de la ciudad?
No. Sinceramente, creo que el ambulantaje es el enemigo número uno, pero eso no está sesgando mi visión. Donde hay ambulantes –y eso se ve en las estadísticas– el valor de los inmuebles se derrumba. Lo estamos viendo en Polanco.

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La Central de Abastos, por su parte, parece ser otro de los síntomas de la falta de planeación de la ciudad. ¿Cómo es posible que una sola central comercialice todo para una ciudad tan grande como ésta?
La posición de la Canaco no es hacer varias centrales de abastos, a pesar de que ésta no solamente abastece la ciudad, sino el país. Lo que se debe hacer es modernizarla. Si bien no lo va a ser en el corto plazo, la Central de Abastos tiende a ser una central virtual, en la que se comercializarán los productos sin que éstos tengan que estar físicamente ahí, pues eso produce mermas, los encarece y su traslado congestiona la vialidad de la ciudad. Es increíble que se traigan productos de Morelos para luego regresarlos a Cuernavaca.

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La solución entonces es hacer centrales de acopio en las regiones de producción y crear un completo sistema de información para que la gente pueda comprar a través de Internet. En Japón funciona muy bien: un agente subasta su producto a través de un centro de remates que trabaja bajo normas muy claras.

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¿Se ha hecho algo en ese sentido?
Hay avances, aunque todavía no se ven. Hay comerciantes de la Central de Abastos que ya tienen Internet, o cuando menos computadoras, una condición diferente a la del comerciante que quedó en La Merced, que, de hecho, ya está desapareciendo. 5% de nuestros socios están en la Central de Abastos, por eso sabemos que su forma de trabajar es distinta. No creo que se trate de un proyecto para los próximos cinco años, pero no me sorprendería si en 15 años tenemos una central totalmente distinta a la actual.

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En un ánimo de ser autocrítico, ¿considera que ha sido eficiente el trabajo de la Canaco para contribuir a darle viabilidad a la Ciudad de México?
Sí y no. No hemos roto esa apatía que tenemos los mexicanos; creo que esa es nuestra principal falla. Todavía existe la idea de ver primero qué va a hacer la Cámara por cada uno antes de comprometerse a colaborar en serio. La Canaco son los comerciantes, su participación hace que funcione o no funcione, que sea fuerte o débil.

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¿Con cuánto dinero opera?
Con alrededor de $20 millones de pesos anuales.

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¿Cómo le fue a la Canaco con la nueva Ley de Cámaras?
Tenemos una afiliación de más de 18,000 negocios. Queríamos llegar a 22,000, pero el que en el primer año se hayan afiliado voluntariamente quienes lo han hecho me parece muy bueno.

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