El dios mercado

El lenguaje de las páginas de negocios de diarios y revistas eleva a categoría celestial al mercad
Harvey Cox

Hace algunos años, un amigo me aconsejó que si deseaba saber lo qué ocurría en el mundo real, debía leer las páginas de negocios. Aunque el interés de toda mi vida ha sido estudiar la religión, siempre estoy dispuesto a ampliar mis horizontes; de modo que seguí su consejo, vagamente temeroso de que tendría que enfrentarme a un vocabulario nuevo y desconcertante. En vez de eso, me sorprendió descubrir que la mayoría de los conceptos con los que me topaba eran bastante conocidos.

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Imaginando una terra ignota , en vez de eso me encontré en el reino del dejà vu. El léxico utilizado en The Wall Street Journal y la sección de negocios de Time y Newsweek resultaron tener una asombrosa semejanza con el que yo había leído en el Génesis, La Epístola a los Romanos de San Pablo y La Ciudad de Dios de San Agustín. Tras la descripción de las reformas comerciales, la política monetaria y los intrincados recovecos del índice Dow Jones, paulatinamente fui descifrando los capítulos de un grandilocuente relato sobre el significado oculto de la historia humana, por qué las cosas habían salido mal y cómo corregirlas. Los teólogos los llaman mitos para explicar el origen, leyendas sobre la caída de Adán o doctrinas sobre el pecado y la redención. Sin embargo, aparecían de nuevo en un disfraz poco convincente: crónicas sobre la creación de la riqueza, la seductora tentación del estatismo, el cautiverio ejercido por ciclos económicos de autoría anónima y, en última instancia, la salvación a través del advenimiento de mercados libres, con una pequeña dosis de ascetismo, apretando el cinturón a lo largo de la ruta, especialmente a las economías del sudeste asiático.

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Los devotos sostienen que los problemas de esa región se deben a su herética desviación de la ortodoxia de libre mercado: ellos fueron profesionales del “etnocapitalismo”, del “capitalismo estatista”, pero no de la verdadera fe. Los momentos de pánico financiero en Asia, los rechazos a la deuda rusa, la turbulencia financiera de Brasil y la “corrección” de $1,500 billones de dólares del mercado bursátil estadounidense, por un momento hicieron temblar la confianza en el nuevo designio divino. Sin embargo, la fe se fortalece ante la adversidad y el Dios Mercado aparece renovado después del calvario sufrido por el “contagio” financiero. Como el argumento del plan ya no demuestra su existencia, rápidamente se está convirtiendo en una deidad posmoderna en la que se cree a pesar de la evidencia.

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En octubre de 1998, Alan Greenspan reivindicó esta fe moderada en testimonio ante el Congreso. Un fondo especulativo acababa de perder miles de millones de dólares, estremeciendo la confianza y precipitando reclamos para que se establezca una nueva regulación federal. Greenspan, quien por lo general hace comentarios ambiguos, en esta ocasión fue contundente. El creía que la regulación sólo pondría obstáculos a estos mercados y que deberían seguir autorregulándose. San Pablo nos dice que la verdadera fe es la prueba de cosas no vistas.

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Pronto empecé a maravillarme ante cuán comprensiva es la teología comercial. Incluso había sacramentos para impartir un poder de salvación a las almas perdidas, un calendario de santos empresariales y un tratado de lo que los teólogos denominan “escatología”, en otras palabras, una enseñanza acerca del “fin de la historia”. Se despertó mi curiosidad y empecé a catalogar estas doctrinas que de manera extraña me eran familiares y comprendí que, de hecho, en las páginas de negocios arraiga una teología absoluta; comparable en alcance, si no en profundidad, con las de Santo Tomás de Aquino o Karl Barth. Ésta sólo necesitaba sistematizarse para configurar una nueva y completa Summa Theologicae.

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Mercado, pináculo celestial
Desde luego que en la cúspide de cualquier sistema teológico está la doctrina de Dios. En la nueva teología, este pináculo celestial está ocupado por el Mercado, que yo capitalizo para expresar tanto el misterio que lo envuelve como la reverencia que inspira en la gente del mundo de los negocios. Por supuesto que cada credo posee un punto de vista diferente sobre los atributos divinos.

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El cristianismo, en ocasiones, ha definido a Dios como un ser omnipotente (posee todos los poderes), omnisciente (lo sabe todo), y omnipresente (está en todas partes al mismo tiempo). Es cierto que la mayoría de las teologías cristianas se salen un poco por la tangente. Predican que estas cualidades de la divinidad en realidad están allí, pero ocultas a los ojos humanos tanto por el pecado de los hombres como por la trascendencia de lo divino en sí mismo.

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De la misma manera, aunque se nos garantiza que el mercado posee estos atributos divinos, no siempre son obvios para los mortales, sino que se debe confiar en ellos y afirmarlos mediante la fe.

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A medida que trataba de seguir atentamente los argumentos y explicaciones de los teólogos-economistas (“econólogos”), quienes justifican los caminos del Señor (Mercado) para con los hombres, descubrí la misma dialéctica a la que me había aficionado en los muchos años en que he reflexionado sobre los tomistas, los calvinistas y las diversas escuelas del moderno pensamiento religioso. En particular, la retórica de los “econólogos” es parecida a lo que en algunas ocasiones se ha denominado “teología del proceso”, una tendencia relativamente contemporánea influida por la filosofía de Alfred North Whitehead.

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Según los principios de esta escuela de pensamiento, aunque Dios decreta que posee los atributos clásicos, en un momento dado no los posee en forma plena; pero es indudable que se encamina en esa dirección. Por razones obvias, esta conjetura es de enorme ayuda para los teólogos. Resuelve el molesto enigma de la teodicea: por qué suceden tantas cosas malas que un Dios omnisciente, omnipresente y omnipotente, sobre todo uno benévolo, no toleraría. La teología del progreso parece que también ofrece un consuelo importante a los teólogos del Mercado. Ayuda a explicar los trastornos, el dolor y la desorientación que provocan las transiciones al pasar de la heterodoxia económica a los mercados libres.

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Mercado, Dios verdadero
Por supuesto que desde las etapas más tempranas de la historia humana han existido bazares, distritos, establecimientos comerciales; o sea, mercados. Sin embargo, el Mercado nunca fue Dios, porque había otros centros de valor y significado, otros “dioses”. El Mercado operaba dentro de una plétora de instituciones que lo restringían. Como Karl Polany ha demostrado en su obra clásica La Gran Transformación, sólo durante las dos últimas centurias el Mercado se ha convertido en la Primera Causa.

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Al principio, la ascensión del Mercado a la supremacía olímpica reproducía el ascenso de Zeus sobre todas las demás divinidades del antiguo panteón griego, un ascenso que nunca fue bastante seguro. Se recordará que Zeus tenía que descender iracundo del Olimpo para sofocar amenazas a su soberanía en uno u otro lugar. Sin embargo, a últimas fechas el Mercado se ha convertido más en un ser como el Yahvé del Antiguo Testamento; no se trata sólo de una deidad superior compitiendo con otras sino de la deidad suprema, el único Dios Verdadero, cuyo reino ahora debe ser aceptado universalmente.

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La omnipotencia divina se refiere a la capacidad para definir lo que es real. Es el poder para hacer algo de la nada y nada de algo. La omnipotencia del Mercado, con voluntad para tenerla pero aún sin lograrlo, se refiere a que no existe un límite imaginable para su inexorable capacidad de convertir la creación en bienes de consumo. Pero insistimos, difícilmente se trata de una idea nueva, aunque presenta un nuevo giro.

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En la teología católica, a través de lo que se denomina “transustanciación”, el pan y el vino común y corrientes se convierten en vehículos de la santidad. En la misa que celebra el Mercado ocurre un proceso inverso: los elementos que se han considerado sagrados se transmutan en artículos intercambiables para su venta. La tierra es un buen ejemplo. Durante milenios, ésta tuvo varios significados, muchos de ellos misteriosos. Ha sido la Madre Tierra, lugar de descanso ancestral, montaña sagrada, bosque encantado, suelo patrio tribal, inspiración estética, césped consagrado y mucho más. Pero durante la misa del Mercado todos estos complejos significados de la tierra se funden en uno solo: bienes raíces. Al precio adecuado, ninguna tierra es invendible. Esta desacralización radical altera de manera sorprendente la relación entre los hombres y la tierra: lo mismo sucede con el agua, el aire, el espacio y pronto (se predice) con los cuerpos celestiales.

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En el momento más importante de la misa católica, el sacerdote dice: “Este es mi cuerpo”, refiriéndose al cuerpo de Cristo y, por extensión, a los cuerpos de los fieles. Tanto el cristianismo como el judaísmo enseñan que el cuerpo humano es hecho “a semejanza de Dios”. Sin embargo, en la actualidad, en una muestra deslumbrante de transustanciación inversa, el cuerpo humano se ha transformado en el receptáculo sagrado más reciente a ser convertido en un producto. El proceso empezó, por adecuado que parezca, con la sangre. Ahora o en un futuro inmediato, todos los órganos del cuerpo humano: riñones, piel, médula ósea, esperma y el mismo corazón se convertirán en artículos de consumo.

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No obstante, la liturgia del Mercado no está procediendo sin cierta oposición de la grey. Por ejemplo, en Estados Unidos se está perfilando una batalla importante sobre el intento de comercializar los genes humanos. Hace unos cuantos años, haciendo causa común por vez primera que se recuerde, todas las instituciones religiosas del país se opusieron al mercado de genes.

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Alguna que otra vez los descarriados tratan de morder la Mano Invisible que los alimenta. El 26 de octubre de 1996, el gobierno alemán hizo circular un aviso ofreciendo a la venta toda la aldea de Liebenberg, en lo que era Alemania Oriental, sin notificar previamente a los residentes (alrededor de 350 personas). Los ciudadanos del lugar, en su mayoría ancianos y desempleados, no daban crédito a la noticia. Ciertamente habían detestado el comunismo, pero cuando optaron por la economía de mercado que prometía la reunificación, no esperaban que sucediera algo así. Entre los atractivos del lugar, la aldea de Liebenberg cuenta con una iglesia del siglo XIII, un castillo de arquitectura barroca, un lago, un coto de caza, dos restaurantes y 3,000 acres de praderas y bosques. De la noche a la mañana, se convirtió en una parábola viviente, ofreciendo una visión fugaz del Reino en el que se cumple la voluntad del Mercado. Sin embargo, los indignados ciudadanos de la población se quejaron a viva voz y, al final, la venta se pospuso, aunque los moradores se percataron de que en realidad no se trataba de una victoria: el Mercado, como Yahvé, puede perder una escaramuza, pero en una guerra de desgaste siempre gana al final.

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¿Cuánto vale la vida?
Uno se pregunta qué le sucedería a un Lutero moderno si tratara de divulgar sus tesis anunciándolas sobre la puerta de una iglesia, sólo para descubrir que todo el edificio habría sido comprado por un multimillonario estadounidense quien creería que éste luciría mejor dentro de su propiedad. Es reconfortante notar que, por lo menos, los ciudadanos de Liebenberg no se pusieron en subasta pública. Sin embargo, esto plantea una buena pregunta: ¿cuál es el valor de una vida humana en la teología del Mercado?

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Al llegar a este punto, la nueva deidad hace una pausa, aunque no por mucho tiempo. El cálculo puede ser complejo, pero no imposible. Por ejemplo, no debemos creer que si un niño nace incapacitado, “ente no productivo”, el Mercado decretará su muerte. Debe recordarse que las ganancias derivadas de los medicamentos, los aparatos ortopédicos para las piernas y el equipo de barrido electrónico también deben formar parte de la ecuación. Este tipo de análisis de costos podría dar por resultado que el sujeto salvara el pellejo de milagro, pero como el valor intrínseco de la vida del recién nacido no puede cuantificarse, sería difícil incluirlo en el cálculo.

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En algunos casos se dice que como bajo el imperio del Mercado todo está a la venta, nada es sagrado. Sin embargo, esto no es del todo cierto. Hace tres años, una polémica desagradable estalló en Gran Bretaña cuando un fondo de pensiones del sistema ferroviario, que poseía un ataúd incrustado de piedras preciosas en el que se dice reposaron los restos de Santo Tomás Becket, decidieron subastarlo a través de Sotheby’s. El ataúd es una pieza cuya antigüedad se remonta al siglo xii y es reverenciada no sólo como reliquia sagrada sino también como tesoro nacional. El Museo Británico hizo un esfuerzo para adquirirlo pero, como carecía de los fondos necesarios, el ataúd se vendió a un canadiense. Sólo medidas de último minuto tomadas por el gobierno británico evitaron que la reliquia abandonara el Reino Unido. Sin embargo, en principio, en la teología del Mercado no existe razón alguna por la cual todo tipo de reliquias, féretros, cuerpos o monumentos nacionales, incluyendo la Estatua de la Libertad o la Abadía de Westminster, no deban figurar en una lista de productos a la venta. El mercado no es omnipotente... todavía. Sin embargo, el proceso ha empezado y está ganando impulso.

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El mercado omnisciente
La omnisciencia es un poco más difícil de evaluar que la omnipotencia. Es posible que el Mercado la haya logrado pero es incapaz, temporalmente, de poner en práctica su gnosis hasta que su Reino y Poder lleguen a su plenitud. A pesar de eso, el pensamiento actual ya le confiere al mercado una sabiduría integral que, en el pasado, sólo era patrimonio de los dioses. Se nos enseña que el Mercado es capaz de determinar cuáles son las necesidades de los seres humanos, cuál debe ser el costo del cobre o del capital, cuánto debe pagarse a los peluqueros o a los directores de empresas, y en cuánto deben venderse los aviones de propulsión a chorro y los zapatos para correr. Pero, ¿cómo conocemos la voluntad del Mercado?

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En la antigüedad, los videntes caían en trance y después informaban a las personas ansiosas por conocer la verdad cuál era el talante de los dioses, y si el momento era propicio para emprender un viaje, contraer matrimonio o empezar una guerra. Los profetas de Israel se dirigían al desierto y después volvían para anunciar si Yahvé tenía una actitud benevolente o estaba enfurecido. En la actualidad, la veleidosa voluntad del Mercado queda en claro mediante informes diarios de Wall Street y otros órganos financieros que actúan como sensores. De este modo, podemos enterarnos día a día que el Mercado “tiene una actitud aprensiva”, “se siente aliviado”, “está nervioso” o incluso, en ocasiones “está lleno de júbilo”. Basados en esta revelación, los expertos llenos de temor reverente toman decisiones importantes con respecto a comprar o vender. Al igual que alguno de los dioses devoradores de la antigüedad, el Mercado –acertadamente encarnado en toro o en oso– debe ser alimentado bajo cualquier circunstancia. Es cierto que en ocasiones su apetito puede ser excesivo: por aquí, exige un rescate de $35,000 millones de dólares para ayudar a una empresa en dificultades, por allá requiere otro de $50,000 millones.

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Los adivinos y profetas que conocen el estado de ánimo del Mercado son los sumos sacerdotes de sus misterios. Actuar en contra de sus amonestaciones es correr el riesgo de ser excomulgado o condenado. Por ejemplo, hoy en día si cualquier política gubernamental irrita al Mercado, se hará que los responsables de la irreverencia sufran por ello. Que el Mercado de ningún modo se disguste por reducir de tamaño o por un déficit en el ingreso cada vez mayor, o que pueda regocijarse porque aumenten las ventas de cigarrillos a la gente joven en Asia, no debe hacer que nadie ponga en duda su omnisciencia suprema. Al igual que la inescrutable deidad de Calvino, el Mercado puede actuar en formas misteriosas, ocultas a nuestros ojos pero que, en última instancia, conoce mejor.

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El Mercado, en efecto, ya conoce los más profundos secretos y deseos más oscuros de nuestros corazones; o, por lo menos, le gustaría enterarse de ellos. Al igual que los dioses del pasado, cuyos sacerdotes ofrecían las peticiones y fervientes oraciones de la gente, el Mercado depende de sus propios intermediarios: investigadores motivacionales. Con capacitación en el avanzado arte de la psicología, que desde hace mucho tiempo ha sustituido a la teología como la verdadera “ciencia del alma”, los herederos modernos de los confesores medievales hurgan en las fantasías ocultas, las inseguridades y las esperanzas del pueblo.

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En algunas ocasiones uno se pregunta, en esta era de religión mercantil, a dónde han ido los escépticos y los librepensadores. ¿Qué ha sucedido con los Voltaire que antes ponían al descubierto falsos milagros, y con los críticos literarios como H. L. Menckens que daban pitazos estridentes para que se pusiera freno a las patrañas piadosas? En eso radica la fuerza de la actual ortodoxia, que al poner en duda la omnisciencia del Mercado, duda de la inescrutable sabiduría de la Providencia.

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El mercado omnipresente
Por último, existe la voluntad de la divinidad para hacerse omnipresente. Prácticamente todas las religiones enseñan esta idea de una u otra manera, y la nueva doctrina no es una excepción.

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La tendencia más reciente en la teoría económica es tratar de aplicar los cálculos mercantiles en áreas que antes parecían estar eximidas de esto; por ejemplo, salir en pareja, la vida familiar, las relaciones maritales y la crianza de los hijos. Henri Lepage, un entusiasta defensor de la globalización, habla acerca de un “mercado total”. San Pablo les recordaba a los atenienses que sus propios poetas al cantar se referían a un dios “en el cual vivimos, nos conmovemos y tenemos nuestro ser”; por lo tanto, el Mercado hoy en día no sólo está a nuestro alrededor, sino también dentro de nosotros, proporcionando información a nuestros sentidos y a nuestros sentimientos.

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Solía pensarse erróneamente, como más tarde se comprobó, que por lo menos la dimensión más íntima o “espiritual” de la vida se resistía al Mercado. Parecía poco probable que en el siglo XXI ese castillo interior alguna vez se incluiría en una lista de precios. Sin embargo, a medida que los mercados para bienes materiales se saturaban cada vez más, los estados de gracia –como la serenidad y la tranquilidad, que anteriormente eran invendibles–, ahora empiezan a aparecer en los catálogos comerciales. Además, el estado de éxtasis y la espiritualidad hoy en día se ofrecen en una conveniente forma genérica. De este modo, el Mercado pone a disposición del público los beneficios religiosos que antes exigían oración y ayuno, sin la incomodidad de un compromiso confesional o la tediosa disciplina ascética que en algún tiempo limitaba su fácil acceso.

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En la religión del Mercado los seres humanos, muy particularmente quienes tienen dinero, poseen todo lo que compran y –dentro de ciertos límites– disponen de cualquier cosa según su elección.

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Los desacuerdos entre las religiones tradicionales se convierten en asuntos de poca monta comparados con las diferencias fundamentales que éstas tienen frente a la religión del Mercado. ¿Esto conducirá a una nueva guerra santa del Islam o a una nueva cruzada? Lo dudo. Parece poco probable que las religiones tradicionales lleguen a ponerse a la altura de las circunstancias y a desafiar las doctrinas del nuevo designio divino. La mayoría de ellas parece satisfecha con convertirse en sus acólitos o ser asimilada para formar parte de su panteón. Por regla general, soy un partidario entusiasta del ecumenismo. Sin embargo, las contradicciones entre las perspectivas que las religiones tradicionales tienen sobre el mundo y la que posee la religión del mercado son tan elementales, que parece no existir un compromiso posible; y secretamente albergo la esperanza de que renazcan las polémicas.

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Ninguna religión, nueva o antigua, se somete a una prueba empírica; por tanto, lo que tenemos es una competencia entre credos. Es mucho lo que está en juego. Por ejemplo, el Mercado opta enfáticamente por el individualismo y la movilidad. Como éste necesita trasladar a los trabajadores a cualquier sitio en que lo exija la producción, se enfurece si la gente se aferra a tradiciones locales.

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Existe una contradicción entre la religión del Mercado y las religiones tradicionales que parece ser insuperable. Todas éstas enseñan que los seres humanos son criaturas mortales y que existen límites para cualquier proyecto terrenal. Agonizante, un maestro zen japonés les dijo a sus discípulos: “En la vida he aprendido una sola cosa: cuánto es, es suficiente.”

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Ese maestro no encontraría ningún nicho en la capilla del Mercado para la que el Primer Mandamiento reza: “Nunca es suficiente”. Como el tiburón proverbial que deja de moverse, el Mercado que deja de desarrollarse muere. Eso podría suceder. Si esto ocurre, entonces Nietzsche habrá tenido razón después de todo. Él verdaderamente habrá tenido al Dios equivocado en mente.

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