El dragón no quiere guerra

El armamento militar de China viene creciendo. Algunos sugieren de manera irresponsable que EU debe
Henry A. Kissinger

La relación entre Estados Unidos y China está plagada de ambigüedad. La ambivalencia repentinamente ha vuelto a emerger. Diversos funcionarios, miembros del Congreso y los medios están atacando las políticas de China, desde su tasa de cambio hasta el acopio militar, gran parte de ello en un tono que implica que China está, de cierto modo, a prueba. Para muchos, el ascenso de China se ha convertido en el reto más significativo para la seguridad de Estados Unidos.

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El papel emergente de China con frecuencia se compara con el de la Alemania imperial de principios del siglo pasado, implicándose que es inevitable una confrontación estratégica y que será mejor que Estados Unidos se prepare para ella. Esta solución es tan peligrosa como errónea. El sistema europeo del siglo xix asumía que sus principales potencias habrían, al final, de reivindicar sus intereses mediante la fuerza.

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Sólo los irresponsables podrían hacer estos cálculos en un mundo globalizado de armas nucleares. La guerra entre las grandes potencias sería una catástrofe para todos los participantes; no habría ganadores; la tarea de la reconstrucción dejaría pequeñas a las causas del conflicto. ¿Cuál de los líderes que entraron a la Primera Guerra Mundial, gustosamente en 1914, no se habría retractado si hubiese podido imaginar el mundo a su final en 1918? El imperialismo militar no es el estilo chino. Clausewitz, el principal teórico estratégica occidental, enfrenta la preparación y la conducta de una batalla central. Sun Tzu, su contraparte china, se concentra en el debilitamiento psicológico del adversario. China busca sus objetivos mediante un cuidadoso estudio, paciencia y la acumulación de sutileza.

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La ecuación estratégica en Asia es totalmente diferente. La política estadounidense en Asia no debe dejarse encandilar con el acopio militar chino. No hay duda de que China está incrementando sus fuerzas militares, que fueron abandonadas durante la primera fase de su reforma económica. Pero incluso en su cálculo más alto, el presupuesto militar chino es menor en 20% que el de Estados Unidos; es apenas, si acaso, poco mayor que el del Japón y, por supuesto, menos que los presupuestos militares combinados de Japón, India y Rusia. Rusia e India poseen armas nucleares. El reto que presenta China a mediano plazo será, con toda probabilidad, político y económico, no militar.

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A pesar de ventas sustanciales de armas de Estados Unidos a Taiwán, las relaciones entre China y Estados Unidos han mejorado constantemente con base en el reconocimiento estadounidense  al principio de una sola China y la oposición a un Taiwán independiente. La prueba para las intenciones de China será que utilice o no la creciente capacidad para buscar excluir a América de Asia o la utilice como parte de un esfuerzo cooperativo. Paradójicamente, la mejor estrategia para alcanzar los objetivos antihegemónicos es mantener estrechas relaciones con todos los principales países de Asia, incluyendo a China. En este sentido, el ascenso de Asia será una prueba para la competitividad de América en el mundo que ahora emerge, especialmente en los países de Asia.

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No puede ser de nuestro interés que las nuevas generaciones de China crezcan con la percepción de un Estados Unidos permanente e inherentemente hostil. No puede ser del interés de China ser percibida en América como exclusivamente concentrada en sus propios estrechos intereses domésticos o asiáticos.

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Las actitudes son psicológicamente importantes. China necesita tener cuidado con las políticas que parecen excluir a América de Asia y a nuestra sensibilidad de respeto a los derechos humanos, lo cual va a influir en la flexibilidad y el alcance de la posición de Estados Unidos hacia China.

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Junio 14, 2005 ©. Distribuido por Tribune Media Services International.

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