El ego traidor

¡Alguien trataba de piratearme!
Max Clip

La voz era ronca, como si de una persona que sufriera la etapa final de un catarro. Pero era voz de mujer. Habló casi en susurros, como temiendo ser escuchada. Fue rápidamente al grano: me preguntó si podía hablar o estaba muy ocupado. Como contesté que tenía tiempo (las mañanas de los lunes las paso leyendo el diario, relativamente sin mayores sobresaltos), expuso de manera sucinta su asunto: “Alguien nos ha referido su nombre como potencial candidato para ocupar un puesto en una compañía de probado prestigio. No estoy en condiciones de revelarle más detalles o el nombre de la empresa. ¿Le interesa discutir más ampliamente esta propuesta?”

- No sé cuánto tiempo tardé en reaccionar. Por mi mente pasaron sables, cañones, velas hinchadas de brisa marina, banderas negras con calaveras y huesos cruzados; los gritos de “¡Al abordaje!”, bloquearon el ruido de la línea telefónica. ¡Alguien trataba de piratearme !

- Me encanta esta época del año: tras el quiebre emocional de las fiestas de diciembre y en plena cuesta de enero –que, ¡ay!, por los misteriosos hados que gobiernan a las economías en vías de desarrollo, se extiende hasta febrero y marzo–, nada se compara con recibir una llamada de una firma de reclutadores (los llamados headhunters ) para que me ofrezcan trabajo en otra empresa y, de paso, le den un merecido masaje a mi vapuleado ego.

- Pero, además, la llamada que describo tuvo un ligero aire de seducción. Imaginé a mi reclutadora en traje sastre, camisa blanca, el cabello corto, medias negras, aretes y collar de perlas, en una magnífica oficina viendo al Bosque de Chapultepec. Preso de esta imagen, intenté alargar la conversación. Le pregunté quién me había recomendado. “Esa información no puedo dársela”, me contestó la headhunters .

- Yo necesitaba saber más detalles: ¿cuáles serían mis responsabilidades?, ¿cuál es el giro de la empresa?, ¿qué sueldo ofrecen?, ¿y las prestaciones?, ¿y los bonos de desempeño?, ¿tendré secretaria y oficina propias? Ni siquiera pude terminar la segunda pregunta; mi cazadora de traje sastre me paró en seco: “Si quiere saber más, necesita venir con su currículum a entrevistarse en persona. ¿Quiere una cita para hoy por la tarde?”

- A regañadientes, accedí, aunque no es mi estilo aceptar tantas condicionantes. Por un momento consideré la posibilidad de ir al día siguiente, pero luego me dije que si lo hacía por la noche no podría dormir. Lo dicho: el ego es un amo difícil de complacer. Como pude, anoté una dirección que la ingrata me dictó rápidamente, antes de colgar.

- Aproveché la hora de la comida, cuando todos salen, para imprimir mi currículum sin necesidad de plantarme como guarura de candidato presidencial frente a la impresora. La cita era a las cinco y media. A las cuatro, las manos me sudaban y apenas me podía concentrar en el reporte de ventas que tenía enfrente. A las cuatro y media salí de la oficina, argumentando un dolor de muelas insoportable.

- Pero lo que realmente fue insoportable fue la cita con mi headhunters . La fastuosa oficina que me había imaginado, era un pequeña casa habilitada como oficina y farmacia. El parque más cercano quedaba oculto tras las filas de archiveros que, inevitablemente, cubrían cada una de las ventanas. En medio de la penumbra, pude distinguir un escritorio y detrás de él a la misteriosa mujer que me había entrevistado (vestido floreado de poliéster, grandes arracadas y pulseras). Me ofreció café instantáneo en una taza despostillada. El trabajo resultó ser la gerencia de una zapatería en León, Guanajuato, con un sueldo básico más comisiones. Creo que no paré de reír hasta que me subí a mi auto.

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- Lo mejor de todo es que la mujer volvió a llamar, esta vez con otra oferta, “aún más atractiva”. Como le dije que no me interesa, me ha pedido el nombre de alguien que pudiera calificar para el puesto. Le he dado los datos de “el nuevo”, con la condición de que no revele mi nombre.

- Hoy, “el nuevo” se fue temprano. Dijo que le dolía una muela. Santito...

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