El error del milenio

&#34La ciencia humana consiste más en destruir errores que en descubrir verdades&#34. Sócrates
Cuauhtémoc Sánchez Osio

Hay una buena dosis de valentía en insistir, en pleno periodo electoral, que la apertura económica ha sido capaz de producir un número importante de empleos y de generar oportunidades para pequeños empresarios, cuando los candidatos a la presidencia, de uno y otro partido, han tenido que enfrentar cotidianamente el clamor de que ser pequeño y mediano empresario en México significa vivir al borde de la asfixia.

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La aparente diferencia entre percepciones y realidades lleva a un constante debate  entre  globalifóbicos y globalifílicos sobre si debe o no haber mayor apertura económica en México. Esta discusión rara vez ofrece conclusiones constructivas para el país, pues se centra en el asunto equivocado. La apertura económica no es buena ni mala por sí sola. No produce riqueza automáticamente, ni pobreza necesariamente. Es como cualquier herramienta: todo depende de cómo y para qué se usa. Lo que debe preocupar a los mexicanos es si esta apertura económica se llevará con inteligencia o con ingenuidad.

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La diferencia entre una apertura inteligente y una ingenua radica en si México operará una política industrial estratégica y agresiva que prepare a sus empresas (de todo tamaño) para competir globalmente, o bien si apostará a que la libre competencia hará que las empresas mexicanas alcancen talla internacional antes de desaparecer.

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Partamos de reconocer que, en un mundo globalizado, el país que queda fuera está condenado al aislamiento y el retraso. En México, la cerrazón económica duró demasiado tiempo. El proteccionismo y la falta de competencia desarrolló un sector industrial atrasado y obsoleto, que hacía engullir a los mexicanos productos de mala calidad y precios injustos. La empresa mexicana, sin la amenaza de la competencia internacional, postergó el avance tecnológico y administrativo de sus procesos,  y soportó una serie de vicios que serían insostenibles en un ambiente más abierto.

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Es indiscutible que la mayor competencia económica ha obligado a los productores mexicanos a ser más eficientes; a ofrecer mayor calidad y mejor precio para poder subsistir en su propio mercado, así como para ganar terreno en el ajeno. Eso está bien y quizá lo debamos celebrar..., pero sin emborracharnos porque la resaca puede ser dura.

El desastre de la apertura sin política industrial
Un uso equivocado de la apertura comercial, que haría enorme daño a México, sería no acompañar este proceso de firma de tratados comerciales con una política industrial inteligente y agresiva que prepare a sus empresas para la competencia (desde las 500 de Expansión, hasta los pequeños productores del campo). -

Esto parece obvio. Después de todo, uno se pregunta: ¿qué clase de Estado puede, deliberadamente, dejar a sus connacionales a merced de una competencia para la cual la absoluta mayoría de sus agentes económicos no está debidamente preparada? Recuerdo que, no hace mucho tiempo, un connotado secretario de Comercio de corte “modernizador” aseguró que “la mejor política industrial era no tener política industrial”. Esta es una aseveración irresponsable, por decir lo menos.

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Abrir la economía mexicana sin acompañarla con una política industrial estratégica significa el abandono de sus agentes económicos, al suponer tres cosas erróneamente:

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Que la libre competencia va a lograr que sectores productivos sumamente atrasados, tras décadas de proteccionismo, podrán volverse campeones del mercado global, antes de ser devorados por sus competidores más avanzados.

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Que todos los países que abrieron su economía, y que hoy gozan de las oportunidades que ofrece la globalización, lo hicieron sin aplicar una política industrial estratégica que preparara a sus productores y a sus gobiernos para la competencia.

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Que en México no contamos con desventajas estructurales, muchas de ellas provocadas por políticas desatinadas del presente y del pasado, que dificultan competir en igualdad de condiciones, aun si se contara con el mismo grado de avance tecnológico y de cultura empresarial y laboral (¡bueno fuera!).

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Estos supuestos no se cumplen. Por lo tanto, es un grave error pensar que México se beneficiará de la apertura comercial sin contar con una política industrial inteligente. Veamos por qué:

La realidad frente a los “supuestos”
Lo que logra la libre competencia es que los recursos y oportunidades de mercado fluyan hacia las empresas o países que mejor provecho pueden obtener de ellos. Esto significa que quien esté listo para generar más valor agregado con cada dólar que se invierte estará en condiciones de atraer más recursos. De igual manera, quien más eficientemente produzca con los recursos que recibe, más logrará vender, y con ello, conquistará mayores mercados dentro y fuera de su país. -

Es de esperarse, entonces, que sean pocos los mercados que se abran y escasos los recursos que les lleguen a los productores menos tecnificados y sofisticados. Sin estos elementos, es difícil que se pueda hacer la reconversión productiva que exige la competencia global para subsistir.

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Lo más seguro es que, sin apoyo, los pequeños productores sucumban, antes de encontrar los medios para convertirse en campeones de la eficiencia.

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La esperanza de la pequeña y mediana empresa mexicana queda casi siempre reducida a dos mitos: la mano de obra barata y la cercanía con Estados Unidos. Cualquiera que conoce la forma de producción en los sweat shops de China y  sus vecinos sabe lo que de veras significa mano de obra barata. De igual modo, cualquiera que conoce el volumen de exportación de estos países sabe muy bien que el prorrateo unitario del costo de transporte a cada uno de sus productos es más reducido de lo que nos imaginamos. Por ello, la cercanía o distancia geográfica cada vez importa menos.

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Frente a este escenario, la falta de un plan de Estado que prepare a sus empresarios y productores para la competencia (política industrial) dejará al libre mercado hacer lo que hace mejor: premiar a los ganadores con más mercados y oportunidades, y desaparecer a los que no fueron capaces de volverse eficientes a la velocidad que exige la dinámica global. ¡En México, estos últimos pueden ser millones!

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Ningún país que hoy tiene éxito en la economía globalizada dejó a sus agentes económicos solos frente a las libres fuerzas del mercado. Japón condujo la política industrial más estratégica y agresiva del siglo, que empezó copiando y terminó innovando. Japón se levantó de la destrucción total hace medio siglo, para convertirse en el principal rival económico de Estados Unidos. Su éxito se debió al plan de desarrollo industrial que surgió de la alianza del gobierno con sus empresarios y trabajadores. Es de todos sabido que, detrás de cada empresa japonesa, se encontraba la mano (nada invisible) de un gobierno promotor y proveedor de lo que ésta requería para prevalecer dentro y fuera del “sol naciente”.

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Singapur, en menos de 50 años pasó también de ser una economía casi primitiva a un país de Primer Mundo, gracias a su política industrial. Su gobierno decidió impulsar el desarrollo industrial en dos etapas: primero serían maquiladores, y después se convertirían en proveedores de servicios financieros, comerciales e informáticos. Esto son hoy, gracias a que su gobierno alineó todas sus acciones para apoyar a sus productores en su reconversión hacia una economía competitiva.

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Ojo: el gobierno de Singapur no se dedicó a sustituir la iniciativa ciudadana con un gobierno propietario. (Eso se lo dejaron a los amantes del estatismo trasnochado.) Se dedicó, esto sí, a diseñar esquemas efectivos de apoyo a sus nacientes empresas, con centros de productividad, acceso al crédito, búsqueda de mercados y programas de adopción tecnológica. La gracia es que lo logró alineando a todas las agencias de gobierno en torno a este propósito, bajo un plan industrial bien definido. No lo hizo permitiendo que cada encargado de despacho actuara en forma aislada; o lo que hubiera sido peor: que los agentes económicos buscaran salir de su atraso sin apoyo, abandonados a su propia suerte. 

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Nuestros vecinos del norte nos aportan otros ejemplos. Ellos han practicado una política industrial estratégica desde, por lo menos, principios del siglo pasado (no confundir: estamos hablando de los 1800). Quien conoce la historia de la costa este americana sabe bien cómo hizo Nueva York para convertirse en el puerto más importante de todo el continente. Vencer a puertos como Veracruz, Río de Janeiro, Filadelfia o Boston no fue fruto de la casualidad o de las maravillas del libre mercado. Fue resultado de una decisión inteligente y audaz del gobierno y empresarios del estado de  Nueva York de construir el Canal del Erie (a $7 millones de dólares ¡de 1810!), conectando el Atlántico, a través del Hudson, con los Grandes Lagos, para que los productos provenientes de la avanzada Europa tuvieran acceso directo al interior de Estados Unidos por diversos ríos, incluyendo, por supuesto, el Mississippi. Con ello, Nueva York se convirtió en el puerto predilecto de entrada a América.

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A esta estrategia se sumó la determinación del gobierno por atraer el establecimiento de empresas financieras prestigiadas en Europa, ya que toda la actividad marítima de altura requiere de servicios financieros como seguros, avalúos, fianzas, cartas de crédito, entre otros. Sólo una visión integral de política industrial podría asegurarse de combinar todos los factores de éxito para el funcionamiento de un puerto de gran envergadura, que terminó por convertirse en el principal centro financiero y comercial del mundo. (¿Conoceremos casos de puertos en México que tuvieron grandes inversiones en infraestructura, pero que resultaron ser verdaderos elefantes blancos que no reciben embarcaciones porque no tuvieron una planeación integral?)

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Una vez fortalecidos internamente, pueblos que ahora compiten con nosotros participan encantados en la globalización, ya que el libre mercado premia las ventajas competitivas que fueron capaces de desarrollar gracias a su política industrial.

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A la falta de un plan integral de desarrollo industrial propio, se suman diversos problemas estructurales que impiden a los mexicanos competir en igualdad de condiciones con sus contrapartes en el exterior. Cualquiera que ha tratado de iniciar una pequeña o mediana empresa en México sabe bien que simplemente sobrevivir ya es un suplicio. El empresario mexicano tiene que luchar contra cosas que en otros países se tienen resueltas. Parte importante de su tiempo lo debe dedicar a atender un enorme burocratismo, y a enfrentar revisiones y requerimientos de Hacienda, Seguro Social, Infonavit, Salud, Profepa, Secretaría del Trabajo, Gobierno del Estado y Municipio, etcétera. Pero también tiene que sortear la falta de crédito, leyes laborales obsoletas, servicios públicos deficientes, corrupción e inseguridad (factores que incrementan los costos significativamente).

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En un ambiente tan agobiante, hasta el empresario más dinámico y socialmente responsable encuentra desventajas frente a su competencia. Un desarrollo económico fincado en una política industrial coherente empezaría buscando resolver estos problemas en forma rápida y eficaz.

La política industrial que requerimos
La política industrial que México requiere para preparar a sus empresas y productores para la competencia debe tener dos características, por lo menos: ser integral y diferenciada por región y sector. -

Cuando hablamos de política industrial, no pensamos sólo en las empresas de transformación. Industria, en este caso, significa actividad económica. Así, la política industrial engloba también la producción en el campo y la agroindustria, los servicios comerciales y financieros, la industria extractiva y todo lo que sume al producto interno bruto.

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Sin duda, en México existen dependencias e instrumentos de apoyo a la producción en sus diversos sectores. Pero, ¿acaso todos estos elementos responden a una política de desarrollo industrial articulada y consistente con el potencial de cada región? Lamentablemente no.

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Una vez estabilizada la macroeconomía, la tarea tiene que ser de carácter microeconómico. Las preguntas que deben orientar la política industrial deben ser mucho más específicas y puntuales; por ejemplo: ¿Qué tipo de apoyo requiere el productor de muebles de Colima para competir en los mercados europeos o norteamericanos? ¿Diseño?, ¿tecnología de empaque?, ¿información sobre mercados?, ¿sistemas de producción en gran escala?, ¿capacitación?, ¿infraestructura de transporte? Este tipo de preguntas nos lleva a pensar de otra manera. Nos hace concentrarnos en lo que de veras determina el éxito o fracaso de cada fábrica o taller. Nos invita a pensar globalmente, actuando localmente en favor de la eficiencia.

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Al gobierno, lo obliga a pensar en forma integral. Cada sector productivo tendrá éxito en la medida que cuente con todos los elementos necesarios para asegurar la llegada de sus productos a los mercados de consumo que más valoran su producción. Si faltan elementos, habremos hecho un buen esfuerzo, pero no mucho más. Y los mexicanos seguiremos igual.

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Resulta evidente, entonces, que la política industrial sólo será estratégica si es diferenciada: ¿Cómo atraer inversión para el aprovechamiento de las vocaciones productivas de las zonas marginadas del país? Sabemos que el libre mercado lleva inversión donde le da mayores beneficios. Por ello es improbable que la mano invisible del mercado financiero por sí sola haga llegar dinero a las zonas donde no existe energía eléctrica, ni carreteras, ni personal acostumbrado a trabajar en una fábrica.

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En esos casos, por ejemplo, ¿no sería conveniente una política de incentivos fiscales diferenciada por región? Le hemos temido durante décadas a los incentivos fiscales por los riesgos de evasión que pueden conllevar, o por las “distorsiones de mercado” que pueden ocasionarse entre regiones.

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Pero, mientras contemplamos el asunto, y tratamos de ser parejos en nuestro país (con políticas de brocha gorda, “igual para todos”), el dinero se va a regiones que ofrecen incentivos. Así, en lugar de favorecer a la Mixteca oaxaqueña, a la Huasteca hidalguense o a la Montaña guerrerense, dejamos que las inversiones se vayan a regiones hermanas como Belice, Costa Rica, Honduras o Indochina.

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Si México no emprende un esfuerzo de política industrial de estas características, para preparar a los mexicanos a la competencia global, estaremos cometiendo el gran error del milenio. Es comprensible que los candidatos a la presidencia no hayan gastado muchos minutos de su discurso público a esta materia, pese a su importancia. No es el tipo de tema que gane el voto de las masas. Pero ya que el candidato se convierte en gobernante, la política industrial debe ser tema central de su plan de gobierno. De lo contrario, será muy difícil que se cumpla el ya viejo anhelo de convertir las buenas finanzas nacionales en buenas finanzas familiares.

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*El autor tiene Master en Administración de Empresas y Master en Administración Pública de la Universidad de Harvard. cuauhtemoc@psi.net.mx

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