El final feliz

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Javier Martínez Staines

No hay ciclo que no se cumpla. Nada más difícil para un homo corporativus que detectar las señales del final. Pero cuando la cabeza, el corazón y el estómago se ponen de acuerdo, más vale atender su llamado. De no ser así, se daría la peor de las traiciones: a uno mismo.

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Así lo ha vivido recientemente un buen amigo mío, que decidió renunciar a una gran posición en su empresa después de más de tres lustros de trayectoria en el mismo lugar. Llevaba al menos un par de meses sufriendo de insomnios recurrentes. Había recibido algunas propuestas de fuera, en las que no quería siquiera pensar.

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Devorado por su espíritu de kibut, no se imaginaba fuera de un lugar que se había convertido en su casa, rodeado siempre de gente talentosa, creativa y divertida.

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Aunque arrastraba varias frustraciones, su trabajo cotidiano era estimulante, lleno de retos y de planes de crecimiento, sobre todo después de la adquisición de la empresa por parte de una gran multinacional.

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Pero no podía dormir. Detrás de un aparente horizonte promisorio, en realidad se sentía confundido. Después de tanto tiempo, su sensación era la de ser un activo fijo: ya era parte del mobiliario de la organización.

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Comenzó a dudar, pues, entre permanecer en ese refugio confortable o asumir un reto descomunal y desconocido. Sus largas horas de vigilia nocturna, en la que muchas veces incluía a su pareja (presa del insomnio involuntario y compartido) se transformaron en una prolongada estadía en el infierno de la duda.

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Releyó Hamlet. Escuchó decenas de veces la Sinfonía de Canciones Tristes de Górecki. Se inscribió en clases de yoga ashtanga. Organizó talleres literarios para leer lo que quería escuchar.

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Viajó al viejo continente con un ejército de criaturas revoltosas. Roció de aceites aromáticos las almohadas de su cama. Cantó Melina en karaokes llenos de japoneses. Respiró hondo. Y renunció.

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Mi amigo nunca creyó en los finales felices. Pero cerró su ciclo en paz, navegando en la dicotomía de la nostalgia de dejar atrás recuerdos intensos y la emoción de descubrir un mundo nuevo, en donde quiere probarse y comprobarse como individuo.

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Los cortes de cordón umbilical suponen un trauma de adaptación, pero creo que este tipo cerró los oídos al ruido mundanal y atendió al sabio interno, ese que en raras ocasiones tiende puentes entre la cabeza, el corazón y el estómago.

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El resultado: se liberó de una lápida pesada que cargaba en las lumbares. Ahora se encuentra en un periodo de desintoxicación: duerme bien en las noches, suma líneas a una novela que siempre ha querido escribir, coordina al personal de servicio de su casa y a veces es azotado por ideas de Desperate Housewife.

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Ya no tiene oficina. Ni jefe. Es un cuento de hadas que, al menos, le funcionará por un tiempo. Cada mañana, al despertar, sonríe: sabe que tomó la decisión correcta.

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El autor es periodista de negocios e hizo exactamente lo mismo que su amigo, por lo que ésta es la última entrega que hace a esta revista.
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javierstaines@hotmail.com

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