El futuro del sector energético mexican

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Pablo Mulás del Pozo

La disponibilidad de energía es condición necesaria, si bien no suficiente, para tener un desarrollo económico y social en México. Por esta razón es necesario analizar el sector energético mexicano considerando las metas deseables de crecimiento económico –más de 5% por año del Producto Interno Bruto (PIB)– indicadas por las autoridades para los próximos años.

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El sistema energético se categoriza en tres tipos de energías; las primarias, las secundarias y las finales. Los energéticos primarios son los que identificamos como recursos naturales: petróleo, gas natural, carbón, hidroenergía, geotermia, uranio, sol, viento y biomasa. Los energéticos secundarios son energéticos derivados de los primarios (a veces también de otros secundarios) como las gasolinas, el diesel, las querosinas, el combustóleo, el alcohol, el gas LP y la electricidad principalmente; en el futuro se prevén dos energéticos secundarios adicionales que son el hidrógeno y el gas sintético producto de la gasificación de los combustibles fósiles. El uso de los energéticos secundarios nos genera principalmente tres tipos de energía final que utilizamos en la sociedad directamente: movimiento, iluminación y calor.

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En la mayoría de los casos, se requieren procesos específicos para extraer las energías primarias de la naturaleza, así como para transformar las primarias en secundarias, y éstas en finales. En estos procesos de transformación se generan los desechos contaminantes.

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Una característica del sistema energético es que las inversiones para desarrollar las instalaciones son cuantiosas. Además, éstas se diseñan para que su vida útil sea de más de 30 años. Esto imprime al sector una característica importante de largo plazo en cuanto a las actividades de planeación.

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Con esta somera caracterización del sector, podemos preguntarnos cuáles son los principales eventos o fenómenos que pueden afectar al sector de tal forma que este no sea capaz de satisfacer la demanda energética, con la calidad, tanto de servicio y producto, como lo requiere el usuario final. Tres pueden ser las principales causas: la falta de recursos naturales, las limitaciones que impone el ambiente, o el problema del financiamiento de las nuevas instalaciones. Analicémoslas.

Recursos naturales, garantizados
En lo que se refiere a recursos naturales, para un sector globalizado como el energético, con grandes flujos de energía cruzando los continentes y los mares, se tiene que analizar tanto el sector nacional como el mundial. En los energéticos primarios no renovables, el sector mundial muestra que en 1998 la relación de reservas probadas a producción en años (es decir, cuántos años durarían las reservas probadas de explotarse en forma continua al ritmo de producción actual) es de 34.4 años para el petróleo; 62.1 años para el gas natural; 218 años para el carbón, y 76.7 años para el uranio. De la hidroenergía, que es renovable, sólo se explota 28% de las reservas identificadas. -

El mismo análisis, sólo para México, indica que esta relación es de 36.8 años para el petróleo, 35.5 para el gas natural y 54.8 para el carbón; en cuanto a la hidroenergía, ya se explota 39.3% de las reservas estimadas. Cabe aclarar que la incorporación de nuevas reservas probadas a través de la exploración de los recursos es un proceso que se realiza en paralelo con la producción, por lo que esta relación en años no varía bruscamente. Los recursos petrolíferos de México se estiman en varias veces las reservas actuales. Adicionalmente, los recursos naturales no convencionales como el sol, el viento y la biomasa vienen a incrementar la disponibilidad de recursos energéticos primarios.

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En este contexto, parece razonable concluir que no será la falta de recursos naturales lo que ponga en jaque la satisfacción de la demanda energética de la sociedad mexicana en los próximos 25 años. Mismo si existieran errores mayores en las estimaciones de los recursos naturales propios, ejemplos como el de Japón muestran la alta viabilidad de la importación de los mismos para satisfacer la demanda interna.

El globalizado ambiente
La afectación al ambiente es un importante factor que pone limitaciones al sector energético. Se tienen dos tipos de afectaciones, la local y la global. En cuanto a la afectación local, los mecanismos institucionales se han establecido en nuestro país para normar los procesos con el fin de llevar la energía hasta el usuario final. Lo que falta es mejorar el cumplimiento de normas y procedimientos y continuar renovándolos a la par de la innovación tecnológica. Los principales contaminantes o procesos que pueden afectar el ambiente local son los siguientes: emisiones de óxidos de azufre, óxidos de nitrógeno, ácido sulfhídrico y partículas; la lixiviación (tratamiento con disolventes) de metales pesados tóxicos como mercurio o arsénico; desechos radioactivos; el desecho de salmueras tóxicas; y las inundaciones de grandes extensiones de tierra. Para todas estas situaciones existen normas y procedimientos que limitan o eliminan la afectación al ambiente. Como consecuencia directa, las medidas e instalaciones adicionales requeridas incrementan el costo de la energía final entregada al usuario, a cambio de reducir el deterioro del ambiente. -

En cuanto a la afectación global, la principal preocupación se centra en las emisiones de bióxido de carbono y metano que pueden incrementar el llamado efecto invernadero, con la consecuencia de un cambio climático en nuestro planeta. Al igual que en las afectaciones locales, la remoción, procesamiento y disposición de los desechos contaminantes incrementará el costo de la energía final.

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Esta afectación, cuyo impacto a nivel global identificamos sólo cualitativamente y con una gran incertidumbre, es lo suficientemente importante para que la sociedad mundial en los últimos años tienda hacía la adopción de una práctica contraria a la del póker: más vale pagar ahora para no ver después. De continuar la misma tendencia, se tendrán cambios tecnológicos importantes en el sector energético mundial, y por supuesto en México.

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Este problema global generará presiones a las cuales no escaparemos. La reducción de emisiones de CO2 se ha dado en el pasado en forma significativa. Francia entre 1964 y 1994 redujo las emisiones de CO2 por tonelada de oferta de energía primaria de 0.93 a 0.38 con base en el desarrollo de su programa nucleoeléctrico. Cabe aclarar que en Francia la electricidad es del orden de 40% del consumo de energía final y en México es sólo de 10%.

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Por ser un problema global, la comparación en este tema entre sistemas energéticos requiere que se identifiquen las emisiones de bióxido de carbono por unidad de energía producida tomando en cuenta el ciclo total de vida de las instalaciones.

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Este concepto de ciclo de vida implica cuantificar no sólo las emisiones en la operación de la instalación, sino también considerar aquellas en la extracción de los minerales para producir los materiales de las instalaciones, la fabricación de los equipos, la construcción de la instalación, y el desecho o reciclaje de la misma al final de su vida útil.

El necesario financiamiento
Los tres sectores que requieren inversión en infraestructura son el petróleo, el gas y el eléctrico. Veamos los órdenes de magnitud de los requerimientos de financiamiento para la instalación de la nueva infraestructura requerida. -

En 1997, la demanda de energía eléctrica fue de 130.3 teravatios por hora (TWh). Con crecimientos del PIB deseados de 5% anual o más, la demanda eléctrica crecerá al menos un punto por arriba del PIB, es decir 6% anual o más. Esto implica que la demanda se duplicará aproximadamente cada 12 años, o más rápido, y esperaríamos que se cuadruplique en un periodo de 25 años. Ello significa que para el 2025 debemos tener una capacidad instalada de generación eléctrica del orden de 140,000 MWe, contra los 35,000 actuales. Si toda nueva unidad de generación fuera del tipo menos costoso en capital de inversión como el ciclo combinado con gas a $800 dólares/kw, la inversión sólo en nueva generación eléctrica sería del orden de $84,000 millones de dólares. Si a esto le adicionamos las nuevas redes de transmisión y de distribución complementarias, el monto estimado requerido por el sector eléctrico es del orden de $150,000 a $200,000 millones de dólares.

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La tasa de crecimiento de la demanda de gasolinas y diesel, productos base para la planeación del sector petrolero, se estima entre 2.5 y 3.0% al año, lo que implica que se requerirá aproximadamente duplicar la capacidad de refinación en 22 años. La capacidad actual es del orden de 1.5 millones de barriles diarios. Esto implicaría una inversión para los próximos 25 años del orden de $25,000 millones de dólares. En materia de producción de petróleo, ya que en el presente se producen del orden de tres millones de barriles diarios y se exportan del orden de 1.6 millones de barriles al día, se puede suponer en el caso menos dispendioso que se utilicen las exportaciones para satisfacer el incremento de la demanda interna. De cualquier manera, se requerirán inversiones para explorar y producir en nuevos yacimientos que reemplacen a los actualmente utilizados, y con base en una relación histórica de tres años de inversión en exploración y producción contra refinación, una estimación en orden de magnitud sería de $75,000 a 100,000 millones de dólares.

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En cuanto al sector gas, en forma muy gruesa se ha estimado que el proceso de incrementar su uso en lo próximos años requerirá de inversiones del orden de $1,000 millones de dólares por año para la exploración y la expansión de las instalaciones de producción, transporte y distribución, lo que en 25 años resulta en un monto del orden de $25,000 millones de dólares.

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El monto total de inversión requerida para todo el sector energético, estimado en forma conservadora, varía entre $275,000 y $350,000 millones de dólares para los próximos 25 años, lo cual es del orden del PIB nacional, o del doble de la deuda externa pública y privada de México o de 10 veces las ventas totales juntas de Petróleos Mexicanos y la Comisión Federal de Electricidad de 1998.

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Si la situación actual prevaleciera en cuanto a la dificultad para encontrar financiamiento a través del sector público, el financiamiento por el sector privado nacional e internacional requiere de dos condicionantes: tener una percepción de bajo riesgo para su inversión y una rentabilidad atractiva para la misma.

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México y los demás países de América Latina siempre han generado una percepción de alto riesgo, principalmente por los cambios de las reglas de juego en periodos menores a los estimados para recuperar la inversión; la rentabilidad es buena al principio del proyecto y en poco tiempo se invierte el panorama. Reformas estructurales al sector y al entorno parecen necesarias. Resolver esta encrucijada, es un reto básico para el sano desarrollo del sector energético de nuestro país.

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El corto plazo (el próximo sexenio)
Además de las problemáticas ya descritas, la industria energética nacional tiene que resolver problemas de calidad de servicio/producto, de tarifas/precios de producto, y de incrementar esfuerzos para reducir la demanda a través del ahorro de energía. Los esfuerzos para resolver estas problemáticas deben incrementarse en el corto plazo.

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En el sector eléctrico, la variación de voltaje y frecuencia en el punto de servicio al consumidor es un problema que se agudiza debido a la mayor utilización de tecnologías informáticas por parte de los clientes. Los tiempos de interrupción del servicio, si bien se han ido reduciendo paulatinamente en el pasado, son todavía de magnitud mayor que los experimentados en países industrializados; el principal factor se encuentra en una deficiente infraestructura de distribución y no tanto en problemas de transmisión o generación. En el sector petrolero, la calidad de los combustibles todavía tiene cierto margen de mejoría aunque, como muchas veces sucede, los últimos pasos son muy costosos.

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Los aspectos tarifarios del servicio eléctrico y de precios de los hidrocarburos tendrán que ser analizados en términos de reducir o cancelar subsidios cruzados y fijar precios más reales en forma regional. Si bien la energía es un bien estratégico, esto no justifica el precio único nacionalmente; los alimentos también lo son, pero su precio en un punto dado incluye el costo del transporte.

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Es importante destacar que el uso racional de la energía es una medida con la que todos ganan: el país, la industria y los individuos. Se reducen los contaminantes, se aminoran los costos de producción y distribución de los productos, se mejora la economía familiar, se alarga la duración de las reservas energéticas de la nación, etcétera. Los programas de ahorro energético deben ser fuertemente estimulados en todo el país. Esa es la mejor inversión en este mundo, especialmente si se incluye en el balance a los llamados beneficios intangibles.

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Así que a mediano y largo plazo, no será la falta de recursos naturales lo que limite el crecimiento de la oferta para satisfacer la demanda de energía de la sociedad mexicana. Las principales limitaciones serán el financiamiento de nuevas instalaciones y la afectación al ambiente si no se resuelve la problemática antes descrita. Cabe recordar aquel sabio dicho de que la energía más cara, es la energía no disponible cuando se necesita. Debido a la gran inercia del sector energético, es de gran importancia analizar el mediano y el largo plazo y no estancarnos en el corto plazo.

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Pablo Mulás del Pozo
es director del Programa Universitario de Energía, de la UNAM, y coordinador regional para América Latina y Caribe del Consejo Mundial de Energía.

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