El gastado humanismo

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Jaime Septién

El avance de la tecnología, como Jano, tiene dos caras. Una es gozosa y se resume en la frase "Mañana, el cáncer tendrá curación". La otra es triste: el orden humano establecido se derrumba y el universo de las relaciones interpersonales, el único capaz de dar al individuo un soporte existencial, amenaza con ser invadido por la erosión, el aislamiento y el olvido.

- Tomemos el caso de dos periódicos de la bahía de San Francisco que hace poco entraron en huelga. En lugar de la solución ordinaria, tanto los dueños como el personal sindicado optaron por una medida que desconcertó a los demás: iniciaron la publicación de un periódico electrónico. Quizá los diarios tradicionales resurjan de sus cenizas, lo cierto es que muchos trabajadores optaron por una salida técnica y empresarial.

- El pinchazo interactivo
Ahora, tomemos el caso de la visita al sastre. Hasta antier, era una especie de fiesta, rigurosamente estudiada por quienes creían en el traje a la medida y tenían las posibilidades económicas para llevarlo a cabo. Pero sucede que uno podrá medirse el traje por computadora. En efecto, en correo electrónico habrá sastrerías y grandes almacenes que ofrecerán una diversa gama de estilos. Sólo habrá que enviar datos como estatura, talla, peso y cintura. De inmediato, en la pantalla se verán las opciones. El resto será escoger y pedir. Sin pinchazos, sin conversación, sin nada.

- Finalmente, tomemos el caso general de las compras. En poco tiempo, los encargados de avituallar la casa no tendrán que ir al súper. Mientras ellos se afeitan y ellas se secan el pelo, podrán ordenar la despensa de la semana y esperar a que la traigan a casa. Sin colas, sin que la cajera pregunte por el catarro de la nena, y sin poder ejecutar ese deporte del soslayo que consiste en mirar los carritos de los otros y compararlos con el propio, para ver quién está peor.

- La famosa revolución telemática va a acarrear modificaciones positivas, cierto, pero también se va a cargar consigo los ya difíciles espacios de interacción entre personas (espacios que, por cierto, ya se habían reducido al núcleo cercano y familiar; de pronto, hasta éstos correrán el peligro de extinguirse). El modelo de esa sociedad consistirá en un "cada quién pegado a la pantalla de su computadora", interactuando (máquina de por medio) de manera deficitaria con otro ser humano. Incluso, hay fatalistas o visionarios que ya comienzan a ver con nostalgia la era de la televisión. Dicen, y quizá lleven razón, que cuando menos en esa era había un esbozo de reunión familiar, siquiera para hablar mal de Raúl Velasco.

- Todos los desarrollos de multimedia apuntan al corazón de las buenas relaciones interpersonales -que parten de dos principios supremos: se emprenden bajo el signo de la necesidad (yo necesito de ti) y de la complementariedad (yo estoy cierto de ser un ente inacabado, que precisa de ti para andar). Si de pronto resulta que la autosuficiencia está en el teclado de un sistema de cómputo... pues a volar los otros. Ya no tendrá que pelearme con el que pesa las frutas en el mercado (porque ya no voy a ir al mercado) y la cola de los servicios bancarios me será ahorrada por el banco en su casa. Lo malo es que en esa fila podía pensar, sonar, relajarme y de ribete establecer alguna relación con el vecino, prestándole la pluma, hablando del tiempo, de lo mal que juegan las Chivas, etcétera.

- Unas cosas por otras, solemos exclamar en estos casos. Pero hay que hacer un sincero recuento de pérdidas y ganancias humanísticas. Por lo pronto, como pérdida están los otros. En un futuro mediato podremos trabajar sin ir a la oficina, buscar lentes sin ir a la óptica, leer periódicos sin ir al kiosco (y, por lo tanto, sin platicar con el voceador ni bolearse los zapatos). Y como la tecnología es de ida y vuelta, podremos influir en lo que nos suministrarán los proveedores de servicios. Así, será posible cambiar los finales de las telenovelas, discutir las noticias con el editor del diario u ordenar un menú de programas de televisión. Aunque, en realidad, no interactuaremos ni con el editor ni con el dueño de la televisora, sino con un simulador.

- Los fines del hombre
El progreso es como una atractiva sirena que le canta a los marineros que somos los hombres de hoy. Nos embelesa saber que la eterna juventud está a la vuelta de la esquina, que ya no vamos a tener que salir al cine para ver el estreno de la última película de Stallone, que ya no tendremos que tomar carretera para ir a visitar a nuestros padres que tuvieron la ocurrencia de fincar su casa en Martínez de la Torre. Con la telepresencia y el omnímodo mando a control remoto seremos los reyes de la posibilidad. Como dicen en Estados Unidos: The world at your fingertips.

- Empero el contacto humano, físico, sensual, irá borrando su contornos. Al final, nos podría pasar como al ciudadano que vio por primera vez una proyección de cine: se enamoró de la protagonista y perdió la razón, porque su alma era intangible.

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- El progreso es un buldózer que va derribando el bosque de los sentimientos humanos. Sirve para allanar el terreno, pero siempre se corre el peligro de convertir a éste en un perfecto páramo, en una tierra baldía. Cada acto de relación que se emprende entre personas es un foco sorpresivo en la bóveda común del sujeto histórico. No se trata de una luz sombría, sino de la iluminación de lo mejor de la especie. Antes, los hombres teníamos la vocación de ir encendiendo faros y candelas. Hoy encendemos computadoras. Vivimos, pues, la era del simulacro.

- El autor es egresado de Comunicación de la Universidad lberoamericana y realizó su doctorado en Madrid. Es editor y articulista de temas de medios.

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