El Gordo se descarta

Basurto, el gordo auténtico, emite su opinión: Roque es el bueno
Ricardo Medina Macías

Que no va. Es definitivo. Pese a que encabeza las encuestas de opinión más confiables (es decir aquéllas que permanecen sin difusión por sus resultados “políticamente incorrectos”), Aníbal Basurto Cocuera, el Gordo, anunció a sus allegados que no competirá en el proceso abierto que realizará el PRI para elegir a su candidato a la Presidencia de la República.

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Las razones del Gordo son contundentes. La primera razón es que él no es militante del PRI y que detesta a ese partido político; por si este obstáculo no fuese suficiente, el Gordo argumenta que los presuntos candidatos tienen poderosos apoyos, no todos confesados ni confesables, lo que hace prever una competencia desigual y hasta inicua.

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En este sentido, el Gordo cita el caso del popular y querido Humberto Roque Villanueva, un político curtido en la más fina práctica parlamentaria, conocido por su elocuencia, y para quien parecen diseñadas “ex profeso” las reglas que ha dado a conocer el PRI.

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Abona los siguientes datos para su percepción: Roque es cercano al presidente Ernesto Zedillo (“su broder” dicen que dijo), Roque cuenta con la simpatía casi unánime de los 300 distritos electorales del país (la “roque señal” es imitada con fervor a lo largo y ancho del país todos los días por mexicanas y mexicanos de toda condición), Roque es un brillante economista especializado en porcentajes (sólo un ejemplo: la respuesta correcta al discutido dilema econométrico “¿qué tanto es tantito?”, la resolvió Roque en un dos por tres, o en un tres por cinco; ya se sabe, la respuesta es 15%), Roque es tan carismático que podría ser conductor de un talk show de televisión que desbancaría a la cubana Cristina; imaginen, propone el Gordo, que el programa (repleto de revelaciones escabrosas y confesiones dramáticas, como Manuelito diciendo: “no es cierto que en el 88 se me cayera el sistema, lo que pasa es que se me chispoteó la línea”) termine con Roque preguntando a su embelesado auditorio: “¿y cómo nos saludamos cada vez que nos vemos, niñas y niños del tricolor?”, y la respuesta unánime: “Así, tío Roque” y las multitudes haciendo la roque-señal.

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Por si esto fuese poco, advierte el Gordo, él no cuenta con recursos, ni con apoyos tan poderosos como otros contendientes. Mira –me explica–, en eso de las adhesiones políticas, de la cargada que le dicen, ando casi tan raquítico como el señor Labastida, ni quién me haga caso. Y por lo que hace al dinero –añade–, casi soy tan pobre como Robertico, el de Tabasco, vaya ni siquiera puedo presumir de que el profesor de Santiago Tianguistengo me pueda dar una ayudadita. (Nota para neófitos: el profesor es toda una leyenda de la política mexicana; su apellido no es alemán, sino mazahua y quiere decir: “el que vino de Alemania”; el chiste se le atribuye al fallecido Manuel Buendía).

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Los señores de la Cámara del Autotransporte Público ya pueden pasar a recoger los 750 camiones que ofrecieron, porque el Gordo no los va a necesitar. Y el Gordo deja en completa libertad al presidente de la Cámara de Mercerías –a la que tan voluntariamente tiene el gusto de pertenecer, si se recuerda su retiro a ese sector tan fiel reflejo de la globalización–, que le había ofrecido un millón de hilos para colgar su propaganda, para que apoye a otro candidato con mejor perfil y más probabilidades.

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Así las cosas, una vez que midió las circunstancias, el contexto y los contenidos (igual que el cachorro del cachorro jarocho), el Gordo dijo que no. Es inútil insistirle. Ni modo, compadre, nos ganaron. (Nota para jovencitos neófitos: esto es lo que dicen que le dijo don Adolfo, el viejo, a su amigo “el Pollo” Flores, cuando le informó que el designio digital no le había favorecido).

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