El Gordo y las matemáticas

&#34Por desdeñar la contemplación, nuestro empeño en transformar el mundo ha sido contraproducent
Ricardo Medina Macías

El Gordo Basurto dice que su etapa más productiva la inició cuando abandonó una exitosa carrera bursátil a fines de 1987 y decidió retirarse a la vida contemplativa detrás del mostrador de una mercería.

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Atención: esto significa que no establece una equivalencia entre rentabilidad y productividad y –más sorprendente aún– que encuentra más fecunda la contemplación que la acción.

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Mientras el Gordo cuenta carretes de hilo y los separa por colores y calidades, me explica: "Esto desmiente lo mismo a Marx que a Henry Ford. No es cierto que ya hayamos admirado demasiado tiempo el mundo; al contrario, la tragedia es que por desdeñar la contemplación, nuestro empeño en transformar el mundo ha sido contraproducente."

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Pregunto: "¿Quieres decir que no sabemos a dónde vamos?"

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"Sí –responde, mientras anota en un cuaderno escolar las cifras de su inventario diario de existencias–, nos conviene la imagen de esos ejercitantes obsesos que corren por correr, en el mismo sitio, pero que no saben a dónde quieren llegar."

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Cerrando la libreta de cuentas, el Gordo me narra una historia fascinante sobre René Descartes, filósofo que soñó, en 1619, con una matemática universal de certezas tan "claras y distintas" como los teoremas de la geometría analítica. Todo eso, en una noche de invierno, en la frontera entre Francia y Alemania, ante una estufa.

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Para Basurto ahí se inicia lo que llamamos "la edad moderna". Descartes había sido alumno, en el colegio jesuita de La Fleche, del padre Clavius, quien en 1611 escribió lo siguiente en sus Obras matemáticas:

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"Las disciplinas matemáticas demuestran y justifican con las más sólidas razones todo lo que traen a discusión, de forma que verdaderamente engendran ciencia y expulsan por completo todas las dudas de la mente del estudiante (...) Están las disciplinas matemáticas dedicadas con tal exclusividad al amor y al cultivo de la verdad que nada es admitido en ellas de falso o de meramente probable siquiera. No hay duda de que a las matemáticas corresponde el primer lugar entre las ciencias."

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Muy bien –exclama el Gordo tras dar lectura a la cita–, y ¿a dónde nos han llevado las matemáticas aplicadas a todo, ese afán cartesiano por encontrar certidumbres claras y distintas para todo al modo matemático?

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No sé, admito.

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Pues a la irresolución –me ilustra–. Y menciona al gran físico Werner Heisenberg y su principio de incertidumbre: "No puedes conocer al mismo tiempo la posición y la velocidad de un electrón: si quieres conocer una, tienes que renunciar a la otra."

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El Gordo calla de súbito. Toma un periódico del día y me muestra: "La economía en picada: crecimiento de 0.0 %."

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"Como tú sabes, Medina, esto son pamplinas. Tus colegas de este diario ni siquiera saben el cero por lo redondo (antes se decía que ignoraban la "o" por lo redondo), pero veneran las cifras que no entienden. Junto con el engendro de la matemática universal, Descartes sin saberlo abrió las puertas a la superstición científica del número."

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Y sigue: "Tú dices las cifras 90,60,90 y los supersticiosos exclaman: ¡Qué cuero de vieja!, aunque se trate de un adefesio o de una criatura transformada por la extracción de grasas sobrantes o la inserción de carnes faltantes. Tú dices –te recuerdo a Saint Exupery– que has visto una casa de tres millones de dólares, y los supersticiosos de la matemática concluyen: ¡Qué hermosa casa!, aunque sea una inmensa caja de zapatos forrada de concreto."

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Pues sí, Gordo, y tú dices "cero punto cero" y mis colegas –a la caza de asombros cotidianos– nos quieren convencer que de eso hablaba José Alfredo Jiménez con aquello del "abismo profundo y negro, como mi suerte".

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