El impacto de la imagen

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Sara Cuellar

El mundo es de los audaces, recuerda un dicho. Y si de triunfar se trata, hay quien jura que es imprescindible ir impecable, con una imagen seductora, elegante, que refleje poder y cause impacto sobre los demás. Quienes aseguran esto se remiten a pensar en cuántas personas han logrado un ascenso laboral sólo por proyectar una imagen segura y distinguida. Pero, ¿existe una fórmula para -ser así, o es un don con el que se nace?

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Como sea, la imagen muchas veces es importante. Por eso quien ganó la presidencia de Estados Unidos en 1960 no fue Richard Nixon sino su contrincante político, John F. Kennedy, quien atrajo el 80% de los votos sólo porque “se veía bien” durante el debate televisivo de aquel entonces. Quien recuerda este clásico ejemplo es Gabriela Vargas, directora de la empresa Imagen Ejecutiva, con 20 años de experiencia en el terreno de la creación de imagen.

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Además de ser eficiente, una persona triunfadora que pertenezca a los altos mandos ejecutivos necesita “dar el ancho” en el papel que desempeña. Pero no se trata sólo de vestir bien o traer día y noche trajes de marcas reconocidas, sino de portar una imagen completa, desde el peinado hasta los zapatos, pasando por los accesorios (anteojos, portafolios, bolígrafo, reloj, etcétera).

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Para una persona que desea ascender en su trabajo, lograr grandes negocios o atraer a determinado público, es importante que consiga a través de su imagen la empatía con el resto de la gente. Vargas otorga una ambigua clave para lograr ese “buen gatazo”: “Vestirse un punto más arriba de la persona con la que se va tratar, pero no dos puntos porque entonces se pierde la empatía”. El problema, claro, es saber cuántos puntos de menos o más nos da la corbata de bolitas que elegimos. Pero para eso está gente como Vargas, quien se encarga de dar un giro de 180 grados a la imagen de personajes del mundo ejecutivo, artístico y político del país, cuyos nombres se guarda “por aquello de la discreción”.

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En las agencias encargadas de crear “nuevas personalidades”, los profesionales llegan hasta el clóset del cliente para deshacerse de lo que opaca su estatus y su imagen. Así que se van a la basura los calcetines estampados, los zapatos color vino o azul marino, los trajes color beige y verde seco, así como las pulseritas y anillos de oro “que sólo proyectan una imagen de narcotraficante o boxeador”, a decir de Vargas.

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Si el caso no es grave, pueden ser únicamente un par de visitas, de tres horas cada una, las que el cliente requiere hacer, pagando un precio que va de $3,000 hasta $6,000 pesos, dependiendo de las necesidades de transformación.

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Los encargados de cambiar la imagen comienzan por hacer un estudio sobre los colores que le van bien al solicitante; un poco de protocolo por aquí, otro de lenguaje corporal por allá y, en un abrir y cerrar de ojos a aquella persona que llegó tres horas antes a la agencia no la reconoce ni su madre. Aprender a moverse, a saludar, a caminar y a presentarse en distintos grupos sociales influyen también para aumentar la seguridad y la autoestima. ¿El resultado? “Una persona diferente que impacta a los demás y puede aspirar a mejores niveles en todos los aspectos”, sentencia Vargas.

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Así que si hogar, escuela y viajes no lo han lograron pulir suficientemente, y si no se es un genio de los negocios (como William Gates o Carlos Slim, a quienes parece no preocuparles mucho parecer “figurines”), un viraje en la imagen puede no caer mal, sobre todo para aquellos que quieran dejar atrás su imagen -sincerota pero ruda, para encaminar su potencial personal y ejecutivo.

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