El imperio electrónico

Envuelta en mitos, la producción compartida se torna cada vez más importante para el comercio exte
Gerardo Mendiola

La llamada producción compartida constituye hoy por hoy la primera fuente de comercio exterior en México. De acuerdo con  cifras de la United States International Trade Commission (USICT), las maquiladoras avecindadas en México importan $68,000 millones de dólares y exportan $85,000 millones de Estados Unidos.

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Las compras foráneas de las empresas de producción compartida (EPC), es decir, aquellas que realizan importaciones exentas de impuestos bajo el registro de Maquila o Pitex, crecieron 17.3% en 1998, en tanto que el peso de sus ventas al vecino del norte se mantuvo estable.

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A raíz de la puesta en marcha del Tratado de Libre Comercio (TLC), el intercambio comercial entre México y la Unión Americana registró una tasa media de crecimiento anual (TMCA) de 20.5%, en buena medida gracias al continuo desarrollo de la producción compartida en México. Mientras las empresas maquiladoras de exportación (EME) ensancharon su comercio a una tasa de 19.8%, las Pitex lo hicieron en 38.7%. El largo ciclo de expansión de la economía estadounidense y la mayor competencia mundial han sido los principales motores del incremento en la demanda de productos fabricados bajo el esquema de la producción compartida.

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Este efecto “locomotora” sobre la economía mexicana se presenta en varias ramas de actividad, si bien acusa mayor impulso en los rubros de equipo de transporte, productos electrónicos, maquinaria y prendas de vestir, que en conjunto representan 98% de las exportaciones totales del país.

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Electrónica: pequeño en franco crecimiento
El empuje de la electrónica reviste particular importancia, puesto que constituye la base para el desarrollo de las tecnologías de información (IT, por sus siglas en inglés) en el próximo siglo. De acuerdo con datos censales y de la Cámara Nacional de la Industria Electrónica (Canieti), el sector está compuesto por alrededor de 1,000 empresas, de las cuales 42% –sin duda las más grandes– aportaron 93% del empleo y 92% del valor bruto de la producción; los principales corredores industriales donde se localiza están en Baja California, Chihuahua y Tamaulipas, aunque Sonora y Jalisco han ganado terreno en los últimos años.

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El traslado a México de segmentos intensivos en mano de obra, en busca de menores costos laborales, sigue siendo la primordial causa de expansión de esta industria, práctica que ha ayudado a muchas compañías a mantenerse en el mercado global con precios competitivos.

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Cifras de la Secretaría de Comercio y Fomento Industrial (Secofi) indican que de la inversión extranjera directa acumulada a diciembre de 1998, 22.1% –$5,612 millones de dólares– aterrizó en empresas del ramo de la electrónica, muchas de las cuales funcionan bajo el esquema de producción compartida. Además, los datos de la USICT revelan que de las importaciones estadounidenses de productos facturados con arreglo a ese esquema, equivalentes a $20,233 millones, poco más de la mitad –$10,173 millones– procedió de las EPC mexicanas, lo que significa un crecimiento de 9.4% en relación con las cifras de 1996.

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Según dicho organismo, el valor total de las compras externas de Estados Unidos en 1997 ascendió a $862,426 millones de dólares, de los cuales $198,000 millones (23%) correspondieron a bienes de la industria electrónica. De este total, las EPC aportaron 10.3%, lo que supone un alza de 7.9% de un año al otro.

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Con todo, la participación del país en el enorme mercado de productos electrónicos es todavía marginal. Filipinas y Malasia, seguidos por Corea, son los proveedores centrales de las EPC estadounidenses del ramo, pues aportan 75% de todos los productos electrónicos que estas firmas requieren, primordialmente semiconductores, televisores, cinescopios, aparatos de circuitos eléctricos y computadoras, bienes que, en conjunto, representaron 73% de todas las importaciones del ramo hechas en 1997 por el vecino país del norte.

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Con un mercado equivalente a $65,900 millones de dólares ($36,900 en exportaciones y $29,000 en importaciones), la Unión Americana es uno de los más grandes productores y consumidores de semiconductores en el mundo y, según la USICT, en su manufactura la producción compartida juega un papel protagónico.

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Habitualmente, su fabricación –intensiva en capital y que involucra procesos litográficos, de grabado e implantación mediante equipo automatizado para colocar circuitos microscópicos– se hace en el país de origen (Estados Unidos tiene el liderazgo), mientras que su ensamblado y prueba se realiza en terceros países, ya sea a cargo de una subsidiaria o de un contratista local.

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La experiencia parece mostrar que trabajar con contratistas es especialmente útil para firmas medianas o pequeñas que requieren desarrollar economías de escala para mantener costos bajos e impulsar la productividad. Los contratistas-ensambladores son responsables por la operación completa, desde la instalación y operación del equipo y el desarrollo de la infraestructura necesaria para el ensamble y la prueba. De esta manera, la empresa fabricante puede concentrar sus recursos en el diseño y la fabricación.

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La experiencia de los países de Asia en este ámbito muestra la importancia de promover una industria local fuerte de semiconductores, que dé impulso a otras ramas. Al comienzo de los 70, las ensambladoras estadounidenses se reubicaron en esta región, encontrando en Malasia, Filipinas, Corea, Taiwan y Singapur a sus principales socios. Inicialmente, los fabricantes trasladaron a estos mercados partes para ensamblaje, a fin de tomar ventaja de los bajos costos laborales y un uso relativamente intenso de fuerza de trabajo. Pero, al paso del tiempo, los ensambladores de semiconductores de estas naciones han devenido más automatizados, más competitivos, y la tendencia a la disminución de los costos de ensamble, en función de un uso menos intensivo de la fuerza de trabajo, es evidente. Aún así, la decisión de mantener operaciones de ensamble en estos mercados se explica por la proximidad de la industria electrónica regional, consumidora primaria de semiconductores.

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El papel de México y Canadá también está creciendo en la cadena de producción de semiconductores, no obstante que su participación en el total de las importaciones estadounidenses de semiconductores es de apenas 9%. En 1997, la participación del primero creció 15%, hasta sumar, según la USICT, $915 millones, en tanto que la del segundo aumentó 7%, alcanzando $2,200 millones. Los demás proveedores contabilizaron un mercado equivalente a $37,700 millones, es decir, 91% del total. De ellos, Filipinas y Malasia son los dos socios más importantes. Las importaciones estadounidenses de semiconductores efectuadas con arreglo al esquema de la producción compartida registraron un crecimiento de 5%, sumando $8,500 millones de dólares.

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Intel, Texas Instruments, Motorola, Advance Micro Devices y otros fabricantes grandes de semiconductores tienen filiales en naciones donde rigen bajos salarios y su operación parece seguir un proceso de reestructura no del todo claro. Hace dos años, los insumos estadounidenses reimportados desde Filipinas se incrementaron 40%, llegando a $995 millones de dólares. En contraste, las importaciones de Malasia en el mismo rubro declinaron 19%, situándose en $893 millones de dólares. Corea y Taiwan crecieron igualmente: Corea 15% hasta totalizar $705 millones y Taiwan, 32% hasta sumar $411 millones. A su vez, México ha experimentado un avance acelerado en este aspecto y, según cifras de la Secofi, la TMCA para semiconductores en el periodo 1994-1997 fue de 26.4%.

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Al igual que en el caso de los semiconductores, los montos de inversión necesarios para la manufactura de aparatos electrónicos constituyen una barrera importante para que nuevos productores incursionen exitosamente. El camino del triunfo está determinado por la competencia de precios y, depende, por consiguiente, de la habilidad para minimizar los costos de manufactura. También aquí las etapas iniciales del proceso de producción de computadoras son intensivas en capital y se realizan en Estados Unidos. La terminación del proceso a menudo requiere de una etapa de ensamble que, si bien puede –y suele– estar parcialmente automatizada, aún exige labores manuales y uso intensivo de mano de obra.

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La participación del rubro de equipo electrónico dentro del valor de la producción compartida de acuerdo con cifras de la USICT se incrementó 14% en 1997, sumando $2,346 millones de dólares. En lo que respecta a México, las exportaciones en este campo crecieron 22%, llegando a $2,620 millones de dólares. Casi el total de la oferta (96%) se realizó bajo el sistema de producción compartida y las cifras de Secofi para el mismo año muestran que los productos incluidos en las categorías Maquila y Pitex totalizaron 98% de las exportaciones totales de hardware a Estados Unidos.

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México aún imanta a compañías estadounidenses que buscan invertir directamente; además de su experiencia laboral y su infraestructura manufacturera, el país brinda ciertas ventajas: por ejemplo, salarios más bajos que los de sus rivales asiáticos y su proximidad al mayor mercado del mundo, lo que permite una mejor supervisión y más rápida respuesta que las plantas de ensamble en Asia. Firmas como Kemet, Solectron y Motorola han ampliado sus operaciones en México debido a estos factores.

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Televisores y TLC
En el renglón de manufactura y ensamble de televisores, monitores y tubos de rayos catódicos, el vecino del norte hace honor a su calificación como el mercado más grande en el mundo. Al mismo tiempo, es uno de los productores líderes de partes para ensamble de televisores. Se estima que las compras de estos productos efectuadas por ese país en 1997 sumaron $8,200 millones de dólares, de los cuales los televisores a color y los monitores representaron 51% y los tubos de rayos catódicos, 49%. Actualmente existen en la Unión Americana 13 compañías fabricantes de televisores (CTVS) y siete que producen cinescopios para televisores (CRTS). Todas, sin excepción, fueron compradas en la última década por firmas europeas o asiáticas, de modo que los productores locales son, en realidad, corporaciones de capital extranjero.

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Entre los factores que han empujado a las productoras de televisores a participar de manera activa en la producción compartida está la reducción de los márgenes de utilidad en aparatos electrónicos, según se desprende de información de la American Electronic Association (AEA). Este ha sido un criterio esencial para relocalizar en México las plantas de ensamble de televisores, tomando una ventaja importante por los bajos costos laborales. Este fenómeno data de finales de los 80, cuando los productores mudaron sus operaciones con alto contenido en fuerza de trabajo a la producción compartida en México.

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En 1996, por ejemplo, la coreana IG Electronics adquirió el control de Zenith Electronics, la última firma estadounidense de televisores, moviendo el ensamble a Ciudad Juárez, Chihuahua. Thomson Consumer Electronics, otro de los fabricantes primordiales, cerró su planta de ensamble en Indiana en abril de 1998 y trasladó a esa misma ciudad chihuahuense la fase de ensamble, manteniendo sólo dos plantas de televisores y cinescopios en Estados Unidos.

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Las EPC en México, filiales de compañías manufactureras de Estados Unidos, Asia y Europa, han sido por muchos años las más grandes proveedoras de televisores y cinescopios allende el Bravo. Las importaciones estadounidenses de estos productos hechos en México se incrementaron 3.8% en 1997, hasta llegar a $3,517 millones de dólares, lo que representó 66.6% del valor de sus importaciones totales de televisores bajo la producción compartida.

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Del otro lado, y según información de la Secofi, ese mismo año las EPC mexicanas aportaron 100% de las exportaciones de televisores a la Unión Americana. La mayoría de los aparatos ensamblados en México incluyen una combinación de partes de origen estadounidense y asiático. El contenido norteamericano en los televisores fabricados bajo el esquema de la producción compartida y exportados a Estados Unidos ascendió de 33% en 1994 a 44% en 1997, debido en gran parte a las reglas de origen del TLC, en virtud de las cuales los ensambladores mexicanos han podido retener una considerable ventaja impositiva sobre los fabricantes estadounidenses, ya que 15% del impuesto ad valorem sobre los insumos estadounidenses incorporados en los cinescopios a color no son gravados si cumplen las reglas de origen.

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Vista a través de las EPC, la situación de la industria electrónica arroja un balance pleno de retos y oportunidades.

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A seis años de haberse puesto en práctica, el TLC ha demostrado ser una fuente de competitividad, aunque no para todas las empresas. Tanto en México como en el resto de Norteamérica, las firmas más poderosas han sacado el mayor provecho tanto de la apertura comercial como de la desregulación económica. En este sentido, las grandes ausentes son las empresas de menor tamaño.

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Para las compañías estadounidenses, el tratado ha convertido a su país en una base de operaciones más competitiva, especialmente con los países asiáticos desde que la crisis y la ronda de devaluaciones que le siguió cortaron sus costos de producción.

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La industria electrónica es un claro ejemplo de lo que puede hacer el TLC. Para las empresas mexicanas ha significado la oportunidad de ganar experiencia en el uso de técnicas de manufactura mundial e insertarse en las redes de comercialización de insumos para esta industria, lo que, aunado a la vecindad con el mercado más grande del mundo en materia de IT, puede contribuir al avance de la industria electrónica en el país.

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Sin embargo, México no se ha esforzado lo suficiente para capitalizar su privilegiada posición geográfica y alentar la creación de infraestructura, la formación de recursos humanos y el desarrollo de tecnología que respalde el crecimiento y la consolidación de una industria integrada firmemente con el resto del aparato productivo.

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El autor es editor ejecutivo del departamento de Investigación y Desarrollo del Grupo Editorial Expansión y frecuente participante en foros sobre industria maquiladora de exportación.

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