El inalcanzable dinero

Mientras el dinero siga siendo inaccesible, no podemos esperar mejoras reales en la economía

En todas las mesas de planeación de las empresas mexicanas, el mayor dolor de cabeza de los altos ejecutivos es encontrar los mecanismos idóneos para incrementar flujos y financiar proyectos de crecimiento. En otros países, las jaquecas disminuyen al mismo ritmo de las tasas de interés. En México, el costo del dinero provoca migrañas.

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No podemos aspirar a un crecimiento económico sólido mientras el fantasma de la inflación persista y los préstamos más “accesibles” de la banca supongan un costo anual superior a 30%. Cualquier otro indicador macro, por más eficiente que sea su manejo, será mirado muy de lejos por los actores de la economía real mientras los recursos financieros sean inalcanzables.

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En este país, el crédito –permítasenos parafrasear a los clásicos– se ha vuelto un mito genial. El anhelo de contar con una economía más fuerte y justa se desmorona cuando los empresarios acuden con sus ejecutivos de cuenta en los bancos. Y si bien existe la opción de recoger dinero de otros mercados, esta alternativa se entorpece debido al efecto de pánico que crean asuntos tan lamentables como los de Altos Hornos de México y Bufete Industrial.

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El costo del dinero es un antídoto contra el desarrollo. Por desgracia, con el manejo actual de la política económica, se ve difícil que México logre llegar al siglo XXI con inflaciones de un dígito. Esto supone que las empresas deben sustentar su competitividad en controles rigurosos de gastos para crecer con base en sus propios flujos de efectivo.

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La única otra alternativa es exigir mayor eficiencia y algo de imaginación a nuestras autoridades. Es un hecho que 1999 presenta condiciones mucho más favorables que las que todos vaticinaban meses atrás. Por ejemplo, contra todos los pronósticos, los precios del petróleo llevan una clara tendencia alcista, que necesariamente incide en el presupuesto gubernamental. No obstante, nadie ha percibido una mínima intención del gobierno federal de proponer medidas que realmente ayuden a disminuir los elevados costos financieros. Una dosis pequeña de creatividad, un poco más allá de la ortodoxia tecnocrática, podría funcionar. Algunos importantes empresarios han planteado opciones, como el cese inmediato de aumentos (incluso reducciones) a las tarifas de servicios públicos, como la gasolina y la electricidad. Una medida de esta naturaleza, por su impacto en todo el sector productivo, crearía un efecto en cadena en los precios de múltiples bienes y servicios, lo cual ayudaría a restar puntos a la inflación –que sigue y seguirá siendo el enemigo público número uno– y, por consecuencia, las tasas de interés irían a la baja.

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El efecto en la confianza de quienes desean invertir su dinero en actividades productivas sería inmediato. Entonces sí las reuniones de planeación en las empresas mexicanas derivarían en planes de crecimiento benéficos –y urgentes– para todo el país. Sería una contribución real al prometido bienestar para las familias.

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