El IV informe

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Alfonso Zárate*

El informe presidencial fue durante mucho tiempo un ritual de tintes monárquicos, el día del Presidente. El titular del Ejecutivo se trasladaba de la residencia oficial de Los Pinos a Palacio Nacional en carro descubierto y a paso lento, un verdadero paseo triunfal.

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El informe propiamente dicho era una larga enumeración de cifras y datos que concluía con el mensaje político. La respuesta, a cargo del presidente del Congreso, era también un ejercicio de glorificación al señor Presidente y una vez concluida la sesión solemne, la clase política se trasladaba a Palacio Nacional donde tenía lugar la salutación, el besamanos.

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Toda esa pompa y circunstancia alcanzó su límite con el ascenso de la oposición. Nada volvería a ser igual desde entonces.

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Este 1 de septiembre, el presidente Vicente Fox presentará su IV informe. Llegará al último tramo de su administración con varios frentes abiertos: la inminente quiebra financiera de las dos instituciones mayores de la seguridad social, el IMSS y el ISSSTE; el fracaso de la Convención Nacional Hacendaria; los riesgos que plantea el desafuero de López Obrador y el hartazgo social ante la inseguridad. Fox lo hará en un entorno marcado por los avances electorales del PRI y el riesgo de la restauración.

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Fox podrá optar por el autoelogio: delinear un país en marcha, la novena economía del mundo, como le gusta decir, sus cuentas alegres. Pero frente a ese discurso estará la realidad de una economía casi estancada; el avance del desempleo y el comercio informal; 400,000 mexicanos que emigran cada año a Estados Unidos y cuyas remesas le dan un respiro a la economía y contribuyen a desactivar la conflictividad social. Sin olvidar la impunidad que rebasa el 90 %; y el contrabando que daña a la planta productiva mexicana.

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Hace un año, al presentar su III informe, el Presidente tuvo un asomo de sensatez: se atrevió a reconocer las limitaciones de su administración. “No escapan a mi sensibilidad los reclamos sobre mayor eficacia en el gobierno y desencuentros en el equipo de trabajo.” También ofreció abonar un ambiente político propicio para la negociación de las “reformas estructurales”.

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Al día siguiente del III informe, Alfonso Durazo, investido de mayores atribuciones, anunció los ajustes en el equipo. Parecía que el presidente se había decidido, por fin, a apostar por la política y a concretar una alianza con su partido: Felipe Calderón Hinojosa, una de las figuras sobresalientes del panismo, ocupaba la Secretaría de Energía.

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Hoy Durazo no está en Los Pinos ni Calderón en el gabinete. Tampoco estará en el salón de sesiones Elba Esther Gordillo, con un discurso que alentó la posibilidad de concretar  las reformas “estructurales”. Y el tiempo se agota.

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*El autor es director de Grupo Consultor Interdisciplinario.

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