El jefe se divierte. Llegaron los barber

El poder es el más grande afrodisíaco
Max Clip

Comenzó muy inocentemente, con detalles casi imperceptibles pero que fueron llamando mi atención. Ahora que lo pienso, para cualquiera habría sido obvio que apenas anunciaran mi promoción los lambriscones se desataran como manada de búfalos. Bueno, a lo mejor no son tantos como para ser una manada.

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La primera fue la secretaria de mi jefe –¿o debería decir “ex jefe”?, ¿qué tal mejor “colega”?–, quien sin que se lo pidiera, una mañana llegó de lo más fresca a mi cubículo con una taza de café: con crema y sin azúcar. Me dio los buenos días, dejó la taza al lado de la PC y con un tímido “con permiso”, se retiró. “Y este café, ¿no es suyo?”, alcancé a preguntarle. “Es para usted, licenciado –me contestó, con voz mustia–. Con crema y sin azúcar, como le gusta”. Perplejo le di las gracias y, llevado por la prisa de una reunión a la que ya llegaba tarde, no le dediqué más tiempo al asunto.

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Pero muy pronto fueron surgiendo barberos con detalles increíbles. El “nuevo”, por ejemplo, con voz engolada y todo ceremonioso, me invitó a comer y al final insistió en pagar la cuenta. Marcos, nuestro administrador de sistemas, apareció la mañana siguiente para preguntarme si mi computadora funcionaba correctamente, si no me hacía falta más memoria RAM y si mi correo no tenía problemas de macro virus y “cartas de amor” no solicitadas. Vaya, incluso el poli de la entrada me abre la puerta y hasta el cuidador del estacionamiento insiste en lavarme el coche a tarifa preferencial.

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Pero, personalmente, debo confesar que el mejor de todos estos “ataques de cortesía” vino de la Chiquis, quien ni tarda ni perezosa insistió en invitarme a su departamento, a una cena “íntima”, que tendría que haberse celebrado anoche mismo. Lástima que para entonces una gripa de semanas –fruto de mis desvelos en la oficina y, quizá, también provocada por los generosos niveles de contaminación de esta Ciudad de los Palacios– hizo crisis, por lo que tuve que cancelar el ansiado compromiso. Hoy, cuando a media mañana llegué a mi lugar, me encontré una tarjeta muy mona, donde la dama en cuestión me desea un pronto alivio y promete invitarme “de reven” ahora que me alivie.

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Alguien dijo que el poder es el más grande afrodisíaco. No puedo ni siquiera imaginar cómo serán las vidas de un magnate, de un presidente, de un tirano.

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Me impresiona la velocidad a la que corren los chismes en esta empresa y creo que, si los empleados que en ella laboramos fuésemos capaces de aplicar tal eficiencia en nuestro trabajo, desde hace años ocuparíamos uno de los primeros lugares en el listado de las 500. No obstante, al dejar de lado factores como la velocidad de respuesta, creo que justo la calidad de la información deja mucho que desear, pues tengo para mí que varios de los que me andan haciendo la barba poseen una versión deformada de mi ascenso.

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Mis sospechas se han visto confirmadas hace apenas una hora, cuando encontré a mi ex jefe doblado de la risa en su oficina. Mientras hacía esfuerzos por controlar su ataque, señaló la pantalla de su PC donde pude leer un correo que le dirigía el “nuevo”, y en el que le preguntaba si era necesario que de ahora en adelante todos me reportaran (además de que se quejaba de mi “mal carácter”). Como no entendí nada, mi ex jefe me confió que se había permitido jugarles a los demás una broma. “Les informé que te habían ascendido, pero también les inventé que ahora tú eras su jefe, pues allá arriba así lo habían decidido”, me dijo. ¿Y el poli de la entrada, y la Chiquis?, pregunté. “A ellos les dije que te habían nombrado miembro del Consejo”, alcanzó a decirme, antes de ahogarse en otro ataque de sordas carcajadas.

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Ya sé que pude haber continuado la broma, pero no pude. Mi única respuesta fue una sonrisa helada.

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