El jefe veleta

No navegaba contra la corriente, iba siempre hacia donde los&#34vientos corporativos&#34 soplaban.
Max Clip

Es inevitable. Siempre que a esta majestuosa Ciudad de los Palacios llega el mes de febrero, con su cauda de ráfagas, recuerdo a don Martín, uno de mis jefes que más dolores de cabeza me dio y que, quizá por primera vez, me enfrentó a los insondables misterios del alma humana. Digo quizá porque, con el tiempo, me di cuenta que también otras personas cambian de opinión. Y es lícito hacerlo, no critico el hecho, errare est humanum. Pero cuando se trata de tomar decisiones en una oficina, cuando hay que marcar el rumbo claro e inspirarle seguridad a la tropa, el peor de los escenarios posibles tiene por principal protagonista a una persona que, literalmente, cambia de opinión cada cinco minutos.

- Don Martín era, en sí mismo, todo un personaje: siempre equivocaba la combinación de los colores de su camisa, la corbata y los calcetines. Incluso llegué a verlo con calcetines de distinto par en cada pie. Para explicarme tan rara costumbre, al principio me armé la obvia explicación de que mi jefe era distraído. Pero no, era algo peor que eso. Y cuando comprendí de qué se trataba, recordaba aquella cancioncita que hiciera famosa la célebre Lucerito, esa que dice: “Eres una veleta/no sabes a dónde vas…”, etcétera.

- En efecto, mi jefe era una veleta: no navegaba contra la corriente, iba siempre hacia donde los “vientos corporativos” soplaban. La más mínima insinuación de un colega, un amigo, un proveedor o incluso de su mujer, lo hacía dar marcha atrás y cambiar de opinión. Incluso, algo tan insignificante como una nota en un diario, firmada por un perfecto desconocido –celebridad, quizá, dentro del gremio, no lo niego– influía en su juicio y lo hacía cambiar de parecer. ¿Pueden creerlo? ¡Le hacía caso a la prensa! ¡En México! Si tuviera que ser sincero, tendría que aceptar que a veces don Martín hasta me inspiraba ternura… Si no hubiera sido porque en sus cambios de creencias me hacía trabajar el doble, le guardaría mejor recuerdo.

- Por ello, por el mes de febrero y por el recuerdo de don Martín, he decidido dedicar este espacio a ese cáncer de la humanidad, los jefes veletas, para que quienes se sientan aludidos se miren en su espejo, recapaciten y dejen de comportarse como lo hacen. Que si hoy es bueno gastar, gasto; que si hoy es bueno ahorrar, ahorro. Y así se van, sin una posición definitiva sobre las cosas, flexibles al grado de parecer hombres con un temperamento hecho de hule y una piel tornasolada como la del camaleón… y con las mismas propiedades, a saber: que se pintan del color necesario. En última instancia se parecen, sospechosamente, al eco: piensan lo mismo que su jefe, repiten lo que su jefe dice y, maravilla de maravillas, escuchan lo que el jefe escucha. Lo malo es que son terriblemente aburridos.

- Señores, un poco de seriedad: ¿qué no se dan cuenta que desgastan inútilmente a su personal? Ya sé que “es de sabios cambiar de opinión” pero tantos cambios impiden elegir el camino correcto, y como todo mundo sabe: elegir es renunciar. O estás con melón, o estás con sandía, y no hay vuelta de hoja.

- Desde mi ventana puedo ver que el viento arrastra las hojas del desecado camellón de la avenida. Me imagino que debe ser maravilloso ser como ese viento que va a donde quiere, cuando quiere, que no está sujeto a nada, que no mantiene compromisos. Pero luego me acuerdo de las pobres hojas, de la zarandeada que se llevan, la sensación de impotencia, los mareos, la frustración. La próxima vez que cambien de opinión, recuerden a esas pobres hojas. Y pregúntense: ¿cómo se sentirían?… Ah, ¿verdad?

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