El llamado de la selva

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 “¡Escápese a la playa!”, el tradicional grito que anuncia la llegada de las vacaciones, trata de ser acallado con un susurro: “escápese de la playa”.

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En efecto, un nuevo concepto instiga a los paseantes a abandonar la rutina de la arena, el bar y la piscina, para adentrarse en un medio no más hostil que las ciudades donde habitan ni menos ilustrativo que su enciclopedia en CD-ROM: la selva tropical. Soft adventure (aventura suave) es un concepto vacacional nuevo en México, en el que el huésped paga no por lujosas instalaciones o por pasar los días sin hacer nada, sino por habitar una cabaña en medio de la selva, escalar una montaña en bicicleta, bucear en un arrecife o un cenote, pasear en kayac o cenar sobre un mantel tendido en una playa virgen, a la luz de las antorchas.

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Eso no impide que sobre ese mantel pueda servirse una espléndida langosta acompañada de un vino refinado, dice Pablo Azcárraga, el responsable de operar Kohunlich y Costa Maya, los primeros hoteles con este concepto ubicados al sur de Quintana Roo, a 60 kilómetros de Chetumal. “Hemos puesto un hotel que permite habitar la selva con las comodidades de un hotel de lujo”, afirma. En estos sitios, con los que Grupo Posadas inaugura su marca The Explorean, no hay televisores ni bares con música, sino un grupo de cabañas más o menos dispersas –40 en Kohunlich y 80 en Costa Maya– rodeadas de vegetación y, en el caso de este último, con un frente de 30 kilómetros de playa virgen. Y como se trata de conocer el entorno en un sentido amplio, en lugar de un ejército de meseros y camareras hay guías que acompañan a los visitantes desde que arriban al aeropuerto y los instruyen sobre las formas de vida en la selva, la historia de las ruinas más cercanas y la identificación de las estrellas. Este personal es bilingüe y multifuncional, y no se distrae en tareas administrativas gracias a que, desde antes de su llegada, los huéspedes hacen los pagos y seleccionan las actividades de su interés.

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Disfrutar este plan, que se puede complementar con visitas a ciudades cercanas, cuesta $200 dólares por persona al día en invierno (en verano bajan demanda y precios) y es ideal para que parejas de divorciados repongan a sus hijos –de 12 años en adelante– parte del tiempo perdido o para que los lunamieleros cohabiten un nido de amor menos metafórico.

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Un dato para los indecisos: el grupo más numeroso en la lista de espera para las próximas vacaciones vendrá de otra jungla: son financieros de Wall Street.

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