El último cierra la puerta

La tendencia al outsourcing ofrece dos caras: por un lado, mantener el foco; por el otro, cortar cos
Javier Martínez Staines*

Estoy frente a alguien que parece un doctor en ciencias rumano, intentándome explicar, en su idioma, los orígenes y la evolución de la física cuántica. En realidad, se trata de un ingeniero argentino, con lentes de fondo de botella, que pretende convencerme de la clara tendencia a la tercerización (la palabra es la tentativa en castellano del término outsourcing) de las organizaciones en todo el mundo. Me cuesta trabajo seguirlo, porque: 1. su ponencia es justo después de comer; 2. habla con una serenidad excesiva; 3. entiende el Power Point como espacio para llenar de algoritmos, modelos, argumentaciones y esquemas en una sola lámina; 4. trabaja para una compañía que le paga por obtener contratos de outsourcing.

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He ahí el meollo de todo este asunto. O soy uno de esos energúmenos resistentes al cambio, o no alcanzo aún a entender el nuevo paradigma. Lo cierto es que cada vez un mayor número de grandes empresas delegan en terceros la administración de contabilidad, recursos humanos, proveedores y manejo de clientes. Lo mismo British Petroleum que Procter & Gamble, Nextel, UPS, Johnson & Johnson, Panasonic, American Express, Marrito, Nestlé, Ryder, Xerox… O sea, sentimientos a un lado, la tendencia es rotundamente clara: más eficiencia, menos empleos. Me dicen que la gran barrera para que la tercerización avance con mayor celeridad es un factor cultural, que tiene que ver con la resistencia natural al cambio. Dicho de otro modo: la gente se resiste a perder sus empleos y, en consecuencia, se opone a la transformación del negocio. Caray, pues como que cuesta imaginar a grupos de contadores, de miembros de call centers, de atención a clientes, etcétera, celebrando jubilosos la probable pérdida de sus plazas de trabajo.

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La sobresofisticación de los negocios, me queda claro, cancela el mínimo espacio a la generosidad humana. Por supuesto, estas líneas no pretenden, ni de cerca, homenajear a monumentos a la improductividad, con excesos tan barrocos como los de Luz y Fuerza del Centro o Pemex, pero sí creo que vale la pena cuestionar algunos paradigmas del cambio de paradigmas. Porque si la verdadera eficiencia viene de que las organizaciones se enfoquen realmente en su actividad core, conozco más de un caso de confusión a la hora de definir actividades estratégicas en las firmas, que después terminan destruyendo valor.

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Esbeltos nos vemos mejor, no cabe la menor duda, pero intuyo que pronto algunos ya estarán hablando de anorexia y bulimia corporativas. El desacuerdo no es con la necesidad de una dieta balanceada (lo cual implica negocios eficientes, concentrados en el desarrollo de valor), sino con la paradoja de intentar generar empleos y, al mismo tiempo, ser premiados por los mercados por siempre hacer más y más con menos y menos. Como alguien comentaba, queremos pensar que son las propias empresas quienes definen su cadena de valor, y que esto es algo que no se deja en manos de los consultores. ¿Será? Aquí está probablemente el tema.

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Habrá que tener cuidado para no confundir aquello de “zapatero a tus zapatos” con “el último cierra la puerta”.

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*El autor sigue siendo director editorial de Grupo Editorial Expansión gracias a que no se ha outsourceado su actividad. Comentarios: -jstaines@expansion.com.mx.

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