El mercado de las apariencias

Esta práctica médica se populariza y expande vertiginosamente: es un negocio próspero, del cual n
Gerardo Moncada

A Uliana Dornelles Borges, apenas elegida Miss Brasil 2001, le pareció natural admitir que se había sometido a 19 operaciones de cirugía plástica. Creyó que remover grasa de diversas partes de su cuerpo, colocar implantes en sus senos y efectuar correcciones “leves” de su nariz y sus orejas no sería motivo para dudar de su belleza; sin embargo, la prensa local la bautizó de inmediato como La reina de la silicona.

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Este fue uno de los episodios culminantes del furor que en los últimos años se ha apoderado de una enorme cantidad de habitantes de Latinoamérica: la búsqueda de mejoras estéticas por medio del bisturí.

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También los mexicanos se han entregado al “frenesí mutilatorio”, como lo llama la escritora Rosa Montero. Una experiencia que solía confinarse al ámbito de la intimidad, con misteriosas desapariciones “para que nadie se dé cuenta”, se convirtió en los años 80 en práctica masiva digna de ostentación e incluso de alarde público, lo que dio origen a un pujante y vasto mercado.

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Los cirujanos plásticos más reconocidos practican, según sus propias estimaciones, unas 324 operaciones al año (seis por semana), mientras que los menos experimentados efectúan alrededor de 96. El promedio es de 210 cirugías al año (cuatro semanales) por médico. La Asociación Mexicana de Cirugía Plástica, Estética y Reconstructiva tiene 619 miembros registrados, por lo que es probable que cada año se realicen en el país cerca de 130,000 cirugías de esta índole.

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El precio de los distintos tipos de operaciones va de $8,000 pesos, en el caso de cirugía de párpados, hasta $60,000 pesos en implantes para aumento de glúteos. El precio promedio de una intervención quirúrgica en el país, de acuerdo con los cirujanos, es de $20,000 pesos.

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Aunque no hay cifras oficiales, tomando en cuenta los anteriores datos, el mercado estimado de la cirugía estética en México es de unos $2,600 millones de pesos al año, sin considerar el incierto volumen de operaciones realizadas por practicantes empíricos, los gastos hospitalarios y los tratamientos no quirúrgicos, que incluyen inyecciones de sustancias, aplicación de láser, masajes y terapias de diversa índole.

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Se trata, pues, de un área de negocios rentable, sin regulaciones sanitarias, que no decae ni en tiempos de crisis y que en condiciones estables alcanza un crecimiento anual de hasta 15%, entre otras razones porque los pacientes reinciden.

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“Yo quedé muy contenta con el resultado –relata MS, una mujer que a los 20 años decidió modificar su nariz y sus orejas, y prefiere no revelar su nombre–. A mis amigas les gustó mucho mi cambio y a partir de eso algunas se atrevieron a operarse.” Ahora, varios años después, realiza los estudios pertinentes para operarse el busto.

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Imagen, seguridad, autoestima
“No me gustaba cómo me veía”, “mis hermanos se burlaban de mi nariz”, “sentía la necesidad de un cambio” son algunos de los argumentos de personas que decidieron someterse a cirugías plásticas y que, tras la operación, percibieron   que la gente las miraba de otra manera, que la sociedad las revaloraba.

-Los cirujanos advierten que una operación no restituirá el empleo perdido ni hará que regrese el marido, aunque en el fondo están convencidos de que un cambio estético a tiempo puede alterar destinos.

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“Hoy la gente está compitiendo muy fuerte en los ámbitos económico, profesional y social. Lo mismo una secretaria que cumple 40 años y necesita conservar su trabajo, un hombre que trabaja en ventas o una actriz. Todos ellos tienen una gran necesidad de imagen y se han dado cuenta de que la pueden mejorar con una cirugía estética”, afirma el doctor Ángel Carranza, director del Centro Integral de Cirugía Estética y Reconstructiva.

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“El cirujano plástico no vende belleza; da seguridad y aumenta la autoestima. Es cierto que la sociedad recompensa la belleza, pero ésta tiene que ir acompañada por una mejor actitud emocional. Con frecuencia, es mayor el cambio afectivo que se logra en un paciente que la transformación física”, agrega.

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A juzgar por los hechos, la autoestima radica principalmente en la nariz, los pechos y el abdomen, aunque también alcanza otras partes del cuerpo, según la edad. Entre las mujeres jóvenes (a partir de los 17 años) predominan las operaciones de nariz y de senos (para aumentar su volumen). En las de 35 a 60 años lo más frecuente es reducción o levantamiento del busto; y en el abdomen, liposucción o lipectomía (tensión de la piel). Entre las mayores de 65 años, estiramiento de la cara, reducción del pecho y modulación del contorno corporal.

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La proporción de hombres que recurre a una cirugía muestra una tendencia creciente. Si hace 20 años de 100 pacientes no más de cinco eran varones, hoy la relación es de 75-25 y hasta 70-30. En su mayoría acuden a partir de los 35 años en busca de una liposucción, un estiramiento de la cara, implantes capilares y operación de párpados.

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Se trata de miles de personas que obedecen a lo que la escritora Lourdes Ventura califica “la tiranía de la belleza”. En su libro así titulado, la autora afirma que la sociedad de consumo –con los medios de comunicación como punta de lanza– es el principal motor de ese vasto mercado de las apariencias que orilla a la población a hacer cuanto sea necesario para tratar de tener cuerpos esbeltos y rostros hermosos.

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No es casual que en los últimos cinco años las peticiones de 2,000  pacientes que asistieron al Instituto de Cirugía Estética y Reconstructiva de Beverly Hills, en California, Estados Unidos, tuvieran como referente a conocidos artistas. Las mujeres pidieron la figura de Britney Spears, Jennifer López o Angelina Jolie; los ojos de Heather Graham, Catherine Zeta-Jones o Penélope Cruz; los labios de la ex chica Bond, Denise Richards, o los de Elisabeth Hurley. Los hombres demandaban una boca como la de Benicio del Toro, los ojos de Brad Pitt, la barbilla de Russell Crowe, el cuerpo de Will Smith, el cabello de Tom Cruise y el rostro de Johnny Depp.

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Esto perfila una tendencia a la uniformidad a la cual se opone categóricamente el doctor Ángel Papadópulos, cirujano y secretario de la Asociación Mexicana de Cirugía Plástica, Estética y Reconstructiva. Como ejemplo, recuerda las operaciones de nariz. “Había una gran influencia de los estadounidenses que hacían narices de estilo anglosajón. Era muy feo ver a las morenas con un chuchuluquito que les levantaba la punta. Todas eran iguales.” Afirma que hoy las técnicas han cambiado y los galenos ponen énfasis en el sentido de la proporción, de la armonía, a partir del respeto a los rasgos étnicos del paciente.

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Ciudadanizar la lipoescultura
“Es válido el deseo de tener lo que la naturaleza no nos dio”, sostiene un prestigiado anestesista que prefiere el anonimato. Coincide con él Maricarmen Samperio, coordinadora general de la Clínica Aspid de Revitalización Estética, y va más lejos: “A cualquiera le puede representar una barrera algún problema estético (obesidad, nariz desproporcionada, calvicie, un cuerpo no armónico). Eso afecta la autoestima.”

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Hasta los años 60 hubo diversos experimentos con sustancias inyectadas en el cuerpo para aumentar volúmenes, pero con frecuencia había resultados no deseados como rechazo orgánico, encapsulamiento de la sustancia e incluso efectos cancerígenos. En la década siguiente surgieron los implantes mamarios seguros, que no atrofiaban ninguna función natural ni ocasionaban pérdida de sensibilidad.

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Esta circunstancia, progresos en el manejo de la anestesia y nuevos enfoques estéticos en la cirugía plástica coincidieron en los años 80 para desatar una euforia por las operaciones que sigue en aumento y alcanza a muy variados sectores.

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“Lo mismo tenemos [como clientes] un secretario de Estado o gente del espectáculo, que una persona de la Central de Abastos que desenvuelve un pañuelo donde trae su dinero en efectivo; secretarias, cajeras de un banco o de la Tesorería,  personas retiradas, sobrecargos, operadoras de teléfono... Hay de todo”, refiere el doctor Papadópulos.

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También hay épocas de año de mayor demanda. El joven cirujano Ernesto Maldonado García destaca en especial el mes de diciembre, quizá por las vacaciones, el aguinaldo o el intento de empezar en forma diferente el nuevo año. El contraste es el regreso a clases, “aunque en realidad no hay malas temporadas. Mínimo tenemos una cirugía por semana”, en los meses de baja actividad, confiesa.

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Samperio añade que los procedimientos de cirugía se han vuelto más fáciles, menos traumáticos, de recuperación más pronta. “Cuando los pacientes se enteran que algunas operaciones son tan sencillas y están   al alcance de su bolsillo, se deciden.  Por eso las últimas generaciones han dado este auge a la perfección física.”

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Los polos de desarrollo de la cirugía se encuentran en el Distrito Federal, el Estado de México, Guadalajara, Monterrey y Baja California. A últimas fechas, la frontera norte ha adquirido relevancia pues los estadounidenses encuentran precios sustancialmente menores en territorio mexicano. De ahí que el Hospital Ángeles haya decidido abrir una clínica en Tijuana.

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Los riesgos irreparables
Hace pocos años murió un paciente en Cuernavaca durante una liposucción. El responsable de la operación era un profesor de secundaria asistido por una enfermera. Esta fue una evidencia trágica de las irregularidades que dominan en el ámbito de la cirugía estética.

-En España, el país europeo que más recurre a estas operaciones y donde existe una norma de salud específica desde 1994, se estima que por cada cirujano plástico hay cuatro personas sin la debida preparación que ofrecen el mismo servicio.

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“En México son muchos más –advierte Carranza–, basta con ver la cantidad de cursos que se ofrecen y que fomentan la enseñanza informal en este campo.”

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El tema causa alarma entre los cirujanos debido al vacío legal que impera en el país. Sólo existe una norma oficial para regular los tratamientos contra la obesidad, la cual prohíbe la cirugía como recurso para atender dicho padecimiento. Respecto a operaciones estéticas, nada.

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“Lo más conveniente es recurrir a un buen doctor, de lo contrario quedas con marcas y de inmediato la gente se da cuenta de que te operaste”, explica MR, a quien el médico Fernando Ortiz Monasterio le realizó una impecable operación de nariz y mentón.

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Por supuesto, a mayor prestigio del especialista o el hospital donde se realice la cirugía, las tarifas mayores. Una institución mediana cobra entre $12,000 y $15,000 pesos por el uso del quirófano y una estancia de pocas horas tras una operación menor (a esto se suman los honorarios del médico, del anestesiólogo y el instrumentista). Si la intervención requiere una cirugía de tres horas y dos o tres días de internación ese costo va de $25,000 a $30,000 pesos.

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Por ello mucha gente busca tratamientos baratos. TA dio su testimonio: consiguió una liposucción por sólo $3,000 pesos. La intervención fue realizada en un consultorio; no sabe si el responsable era médico; la asistente era la secretaria; padeció fiebre varios días tras la operación.

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Según Carranza, la cirugía será exitosa si reúne tres requisitos. Que el médico sea realmente cirujano plástico, certificado y con experiencia; que el paciente sea buen candidato –y para saberlo se le realizan estudios previos, valoración preanestésica e incluso una evaluación emotiva con el fin de saber si la cirugía llenará sus expectativas–; por último, buenas instalaciones.

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“Desgraciadamente –agrega–, muchos de estos servicios se ofrecen por debajo del agua, en trastiendas, a precios muy cómodos. Los problemas surgen cuando al paciente le inyectan aceites minerales o de cártamo, una serie de porquerías que producen deformidades y complicaciones.”

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El tema molesta mucho al doctor Papadópulos: “Es increíble que la Secretaría de Salud no tenga regulada esta actividad y permita que se ponga en peligro la vida de la gente. Se está convirtiendo en un problema de salud a escala nacional.”

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Explica que el cirujano plástico primero debe ser médico, luego cirujano general y posteriormente hacer una especialidad donde aprende el tratamiento de los tejidos, el sentido de la proporción, de la estética, el respeto de los rasgos étnicos. Debe revalidar su licencia cada cinco años. No sale de un diplomado en tres semanas, como ofrecen algunos cursos, acusa.

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“Lo asombroso es que la Dirección General de Profesiones esté repartiendo cédulas sin exigir los exámenes de certificación que imponen las academias de especialistas. Todos esos diplomados patito, avalados incluso por la Universidad de Aguascalientes, están formando ejércitos de charlatanes. Las autoridades, al permitir que ello ocurra, se hacen cómplices.”

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Nada es para siempre
Después de una operación, es necesario seguir una serie de cuidados indispensables. El paciente deberá tomar antinflamatorios y antibióticos; es importante que no haga esfuerzos intensos al menos durante 21 días; que no se exponga a temperaturas altas (baños de vapor, fuentes de calor, asolearse en forma directa) durante poco más de un mes. Las operaciones de abdomen, cara o busto son las que requieren mayor atención.

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Un paciente de iniciales AP se practicó una liposucción y ahora debe supervisar su peso diariamente. Si sube más de 500 gramos debe seguir una dieta estricta. Otro caso, el de SV, fue un fracaso: en unos meses perdió la figura que le habían esculpido.

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“Ninguna cirugía cambia los hábitos alimenticios”, afirma el cirujano Ignacio Lugo Beltrán. Para Samperio, estos tratamientos son el inicio de un cambio de vida, no el final. El resultado, dice, es en 30% labor del paciente (cuidados de la piel, alimentación, ejercicio).

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Por ejemplo, las mujeres que se aumentan el busto deben emplear un sostén que levante la piel, aplicarse  productos para afirmar el tejido cutáneo, hacer ejercicios específicos y  dormir con sostén, boca arriba, para que el tiempo de duración del implante llegue a 15 años, de lo contrario sólo será de un decenio.

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Pero las incomodidades no parecen poner en peligro el avance de este negocio. Por algo se practican más de 350 operaciones al día en todo el país.

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